La falsificación de la participación

Hotel Abismo

La falsificación de la participación

Javier Hernández Alpízar

Uno de los más flacos favores que se le puede hacer a la democracia participativa es permitir que se le troque por la falsificación de la participación, una “participación” inducida, manipulada con la imposición de consensos fabricados desde el poder. Y las perversiones de la participación, que lo reducen al asistencialismo, el populismo y el culto a la imagen de líderes carismáticos.

Es muy necesario evitar todo resabio de una actitud paternalista o asistencialista, completamente contraria la responsabilidad y la conciencia democrática, como acertadamente señala Paulo Freire, en La educación como práctica de la libertad:

“El gran peligro del asistencialismo está en la violencia del antidiálogo, que impone al hombre mutismo y pasividad, no le ofrece condiciones especiales para el desarrollo o la “apertura de su conciencia que, en las democracias auténticas, ha de ser cada vez más crítica.”

La participación política puede proponerse generar conciencia crítica y democrática y no clientelismo y asistencialismo. Es sintomático que en sociedades no habituadas a la democracia se demonice a la crítica y se intente desacreditar e inhabilitar a los críticos.

Además del asistencialismo, otro riesgo para la democracia son los gobiernos que usan ese asistencialismo para sostener modelos clientelares de relación con los gobernados. Donde el clientelismo puede definirse como:

“Aquellas relaciones informales de intercambio recíproco y mutuamente benéfico de favores entre dos sujetos, basadas en una amistad instrumental, desigualdad, diferencia de poder y control de recursos, en las que existe un patrón y uh cliente: el patrón proporciona bienes materiales, protección y acceso a recursos diversos y el cliente ofrece a cambio servicios personales, lealtad, apoyo político o votos.” (Irma Campuzano Montoya, Sobre el populismo.)

Tales relaciones, que México conoce muy bien desde la era del Partido Revolucionario Institucional como partido de Estado, se presentan en los llamados gobiernos “neopopulistas”, encabezados por un líder carismático que establece un gobierno con un ejecutivo fuerte, quien fetichiza la relación con “el pueblo” mediante un estilo plebiscitario y de democracia delegativa.

Suele llamarse “populismos” a estos regímenes y tampoco propician democracia, al igual que no lo hacen el asistencialismo y el clientelismo con el que se instrumentan:

“El populismo, incluso si se somete a las reglas de la democracia, no sólo divide a la sociedad, sino que no pretende crear ciudadanos sino seguidores, que no es lo mismo.” (Irma Campuzano Montoya)

En tiempos de Antonio Gramsci, lo que hoy conocemos como populismo, los marxistas lo llamaban “bonapartismo”. Gramsci lo explica como “demagogia” así:

“«Demagogia» quiere decir muchas cosas: en sentido peyorativo significa utilizar a las masas populares, sus pasiones sabiamente excitadas y alimentadas, para los propios fines particulares, para las pequeñas ambiciones propias (el parlamentarismo y el eleccionismo ofrecen terreno propicio para esta forma particular de demagogia, que culmina en el cesarismo y el bonapartismo con sus regímenes plebiscitarios). […] El «demagogo» en sentido peyorativo se presenta como insustituible, crea el desierto a su alrededor, destruye y elimina sistemáticamente los posibles concurrentes, quiere entraren relación con las masas directamente (plebiscito, etc.), gran oratoria, efectos teatrales, aparato coreográfico fantasmagórico, se trata de lo que Michels ha llamado el «jefe carismático».)” (Antonio Gramsci, “El príncipe moderno” en El Estado y lo político.)

Como puede apreciarse, la participación y la democracia pueden falsificarse y simularse. Su adulteración por demagogias, populismos y asistencialismos clientelares es un peligro frente al que hay que permanecer vigilantes.

No es fácil generar una conciencia y una cultura democrática, como la que han buscado promover los educadores populares de inspiración freireana. Se oponen a ella atavismos de una sociedad salida del colonialismo y el vasallaje.

Pero sin una cultura democrática, los clientelismos, los populismos, los gobiernos bonapartistas y la búsqueda de hombres providenciales, caudillos y líderes carismáticos cerrarán la puerta una y otra vez a la democracia y la simularán mediante la falsificación de la participación.

No es lo mismo participar que pertenecer, dice Fernando Savater; o como dice Irma Campuzano: no es lo mismo ciudadanos que seguidores.

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