La obsolescencia programada de la especie humana

Hotel Abismo

La obsolescencia programada de la especie humana

Javier Hernández Alpízar

Podríamos continuar la fábula de Juan José Arreola “El prodigioso miligramo”. Ella termina cuando todas las hormigas, fascinadas con el objeto maravilloso que tanto prestigio dio a la porteadora del prodigioso miligramo, en lugar de buscar comida para almacenar, se dedican a buscar y llevar al hormiguero los objetos más exóticos en busca de la gloria y el glamour, dejando de lado la supervivencia del hormiguero.

Podríamos dramatizar describiendo una comunidad de hormigas alienadas que compiten en un mercado especulativo del prestigio por los objetos más inútiles y bizarros, despreciando y burlándose de las “mediocres” que solamente llevan víveres y comestibles, con el pretexto de la “soberanía alimentaria”.

Ilustraríamos la represión de las primeras hormigas obreras que llaman a la cordura y piden trabajar por alimentos y no seguir la loca búsqueda de inútiles miligramos que no se comen y atiborran el espacio donde deberían almacenar reservas para sobrevivir el invierno o una sequía.

La loca carrera a la extinción alcanzaría su clímax cuando hormigas guerreras matan a toda hormiga disidente que busca comida y no se comporta como una hormiga-cigarra cuyo hermoso e inútil canto consiste en llevar al hormiguero objetos no comestibles, hermosos, inútiles, glamorosos, en desaforada carrera a la inanición en masa.

Ya Petronio, en el Satiricón, en los fragmentos que se conservaron del texto, narra la anécdota de un ingenioso inventor de un vidrio irrompible. Le lleva uno de regalo al César. Finge que se le cae, pensando en el asombro que causará en el emperador ver caer un aparentemente frágil objeto de vidrio y que no se rompa.

El sorprendido es el audaz fabricante, cuando escucha que el César llama a los guardias y les ordena ejecutar el inventor. El infeliz alcanza a preguntar por qué es condenado a muerte y escucha al rey decir: “Porque tu invento llevaría a la ruina a los fabricantes de vidrio”.

Antes del capitalismo todas las cosas tenían de por sí una caducidad: nada dura para siempre. Pero el capital, su insaciable sed de ganancias, su psicópata-sociópata personalidad de Rey Midas, aceleró la caducidad de todos los productos que pudieran ser duraderos. Bajo la misma premisa del César romano de Petronio: los bienes duraderos llevarían a la ruina al capital ávido de ventas, grandes realizaciones.

El problema creció con la civilización del petróleo y todos sus derivados, un mundo tan plástico como el de la canción de Rubén Blades Se combinó la caducidad, la obsolescencia programada de todas las mercancías falsamente llamadas “no perecederas”, con la excesiva duración de desechos plásticos, químicos (por ejemplo: los que incluyeron cloro en compuestos orgánicos) y radiactivos.

Ojalá Günther Anders viviera, para que pudiera escribir el ensayo La obsolescencia programada de la especie humana. De todos modos la especie entera, uncida nuestra suerte al modo de destrucción capitalista, estamos escribiendo el ensayo de ese crimen, ese experimento que estamos haciendo con nuestra propia humanidad y con la vida el planeta. El juego puede llamarse: “¿qué pasará si vamos matando todo lo vivo en el planeta?” El resultado llegará puntual, pues las leyes de la naturaleza son insobornables e indiferentes a las mentiras de la posverdad.

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