Yucatán

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Javier Hernández Alpízar

Las opiniones en la Ciudad Universitaria se dividieron aquella mañana. Todos comentábamos esa luz en el cielo, tan intensa que Venus, la “Estrella de la Mañana”, no podía ser.

Los más racionales y fríos hablaban de un meteoro, un cometa o un asteroide. Los creyentes veían un ángel o una legión de ellos. Los “realistas” lo atribuían a algún poder humano, la publicidad de una corporación.

Horas después, la información fue espectacular, confusa e inquietante. La península de Yucatán fue el centro de atención de los noticieros y agencias de prensa del planeta. No era una luz, sino un enjambre de ellas. Y se posaron en el lugar donde hace miles de años se estrelló el meteorito que extinguió a los dinosaurios.

Yo desayunaba en una cafetería de Copilco cuando escuché que la programación de Radio UNAM se interrumpía para anunciar que habían descendido en Yucatán treinta objetos cilíndricos, aparentemente metálicos.

Pensé que era un promocional para anunciar un nuevo radioteatro de XEUN. Pero jamás aclararon el sentido de la cápsula radiofónica, así que pareció una nota informativa o ¿un homenaje a La guerra de los mundos?

Al llegar a la Facultad de Filosofía y Letras, no se hablaba de otra cosa. Yucatán estaba rodeada por una operación conjunta de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y el Ejército Mexicano, bajo las órdenes del Comando Sur.

Otra vez las expectativas se bifurcaron: los utópicos imaginaban un grupo de seres espirituales que venían a compartirnos luz, sabiduría y, quizá, la cura de todos los males. Otros vaticinaban negros presagios: los aliens eran, como los humanos, seres malvados que vendrían en plan de conquista, colonización y saqueo, piratas intergalácticos en Yucatán.

Esa noche, los terrícolas — por primera vez llamarnos así tuvo mucho sentido– no dormimos. Conversamos de la posibilidad de vida en planetas lejanos, de las teologías y mitos del mundo, esperanzas y temores atávicos. Recordé uno de mis memes favoritos: “La pregunta no es si hay vida inteligente en otros planetas, sino ¿hay vida inteligente en la Tierra?”

A la mañana siguiente, todos hablábamos de los extraños y compartíamos en las redes digitales informaciones mezcladas con rumores y presagios. Los escépticos nos aguaban la fiesta poniendo en duda que hubiera tales seres del espacio, a quienes, hasta ahora, nadie había visto.

A mediodía, la noticia fue que un “mensaje” había salido de los cilindros metálicos. La Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de los Estados Unidos (NASA) hacía esfuerzos para descifrarlo. Cada terrícola, en cada punto del globo, se inventaba una traducción en la que ponía sus terrores o sus ilusiones mesiánicas.

Para este momento, el cerco militar alrededor de la Península había sellado toda entrada por aire, mar y tierra. En inglés y en español, los militares disuadían a quienes pretendían llegar a Yucatán para celebrar rituales de paz. También rechazaban a quienes pretendían enrolarse como voluntarios para “combatir a los invasores”. El chauvinismo, que tan molesto puede ser en el caso de una nación, afloraba ahora como patriotismo planetario.

Gobiernos de todo el globo cerraron sus fronteras, impidiendo a sus ciudadanos salir de su país y usando las armas de su Defensa Nacional para resguardar sus territorios.

La ola de desconfianza inclinó mi ánimo a creer que los gobiernos exageraban. Tararear el cha cha cha “Los marcianos llegaron ya” fue mi respuesta humorística a la rigidez militar de los gobiernos.

Las agencias de noticias informaron de jóvenes que se rebelaron pacíficamente contra esa escalada militarista y padecieron represiones. Una teoría de la conspiración atribuyó los cilindros “espaciales” a una estratagema de los gobiernos para imponer un estado de sitio y quitarnos nuestras libertades.

Al llegar a clases, encontré asambleas masivas en los patios de las Facultades y en las Islas. Reuniones en las que se discutía que “había que hacer algo”, pero nadie atinaba a convencernos de un curso de acción, pues las ilusiones pacifistas y las paranoias belicistas nos dividían y enmarañaban las discusiones.

La confusión se multiplicó cuando organismos de científicos, militares y académicos dieron traducciones, diversas y contradictorias, del comunicado, que alguien había filtrado a los medios. Hace cinco siglos, los españoles arribaron a Yucatán, literalmente llegados de otro mundo. Los visitantes del espacio también llegaron a la Península y, nuevamente, la comunicación era equívoca, pues, como escribió Hernán Cortés, la voz maya “Yucatán” significa: “No entiendo nada”.

La versión del gobierno de los Estados Unidos y la Unión Europea se impuso: No se trataba de seres pacíficos, sino de una expedición de conquista, por lo que se aprestaban a responder militarmente.

En ciudades de los cinco continentes, nuevas protestas fueron reprimidas. Los halcones impusieron su visón belicista. ¿En verdad, no tenían alternativa? La mayoría oscilábamos entre el temor y la negación.

Comencé a desear que encontraran los cilindros metálicos vacíos y una explicación lógica, ahora sí, terrenal, para los sonidos que los militares habrían confundido con “un mensaje”.

Alrededor del cerco militar, oleadas de pacifistas fueron atacados con gases lacrimógenos y dispersadas mediante la fuerza, así se vieron impedidos de acercarse a una zona de la que ya habían evacuado a poblaciones enteras para alojarlas en campamentos militarizados.

Traté de alejarme de la confusión mediática. Me dediqué a hojear los viejos libros de ciencia ficción que acompañaron mi adolescencia. Con H.G. Wells, me esperancé en que si nos invadían, la vida microbiana impediría que los “europeos” de otra galaxia prosperaran. No podía dejar de cavilar en la casualidad de que fuera Yucatán adonde llegaron los españoles y ahora los desconocidos con sus crípticos mensajes. ¿Por qué esa Península?

De la melancolía de las Crónicas marcianas, en las que Ray Bradbury imagina que los invasores somos los terrícolas y el Planeta Rojo es la América indígena que sucumbe ante nuestra barbarie, me sacó la lectura de un texto en un ejemplar viejito de la revista ¿Cómo ves?

El artículo “Mensajes a las estrellas” describe una placa de aluminio  de 15 x 23 centímetros recubierta de oro, elaborada por Linda Salzman, esposa de Carl Sagan. La placa fue parte de los mensajes que los terrícolas enviamos al espacio, como una botella en el mar sideral, en el Pionero 11, en 1973.

El noticiero en la televisión mostraba justamente esa placa, hallada en el cilindro metálico capturado por los militares del Comando Sur, antes de que los otros despegaran y se dedicaran a circunnavegar la Tierra.

Fue cuestión de minutos para que quedaran paralizados los comandos de control de las armas de los ejércitos terrestres. NI las nucleares ni las convencionales pudieron ser utilizadas.

Como fichas de dominó, los gobiernos de todos los países se rindieron entre promesas de que habría negociaciones de paz. ¿La paz de los derrotados? ¿Bajo qué condiciones?

Ahora trabajo en una “aldea estratégica- polo de desarrollo”, para dar plusvalía a los extraterrestres, a quienes no he visto jamás, porque nos impusieron capataces terrestres. Los militares, incapaces de impedir que nos conquistaran, funcionan muy bien como “correas de transmisión” de los nuevos amos.

Con sentimientos de culpa, recuerdo que fui de los pacifistas que imaginaban hermanos de espíritu en alguna galaxia lejana.  Me maravillaba la reflexión de Carl Sagan: “A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa”.

Cuando la leí en la revista ¿Cómo ves?, encontré genial la idea de Carl Sagan y los suyos de enviar una señal al espacio, con detalles que indicaban la posición de nuestra galaxia, nuestro sistema solar y nuestro planeta.

A nuestros nuevos amos, cuya apariencia imagino humanoide bajo el traje espacial que los protege de nuestro planeta y sus gérmenes, les mandamos la clave de nuestra existencia, ingenuidad, debilidad tecnológica y civilizatoria. Todo para encontrarnos.

Los aztecas regalaron ricas joyas de oro a Hernán Cortés para disuadirlo de avanzar, aumentando así su ambición de conquista. Nosotros atrajimos nuestra desgracia con una placa recubierta de oro y enviada al océano de la piratería sideral.

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