Yo no creo en Australia. ¿Y tú…?

Hotel Abismo

Yo no creo en Australia. ¿Y tú…?

Javier Hernández Alpízar´

A propósito de los roles de género y del amor romántico de pareja, comentamos que “constructo social” o “construcción social” no es sinónimo de mera percepción o de creencia subjetiva: lo socialmente construido existe como fenómeno social con raíces en la estructura y las jerarquías sociales, en las relaciones desiguales de poder y de opresión.

Entender que es un constructo social no lo elimina automáticamente como si fuera un falso fantasma que desaparece cuando encendemos la luz. Lo que sí hace es ayudar a entender que no es una situación absoluta, inmodificable, sino que por el contrario, evoluciona con los cambios sociales e históricos.

Sin embargo, estábamos tan acostumbrados a las creencias dogmáticas que el solo hecho de reconocer que una forma de relación social no es absoluta, no es eterna e inmutable por voluntad divina o por “la naturaleza de las cosas”, puede llevarnos  situar el fenómeno “constructo social” al extremo opuesto: la mera opinión, el mero creer o no en algo.

Es verdad que si comenzamos a desmantelar el patriarcado, por ejemplo, dejamos de creer que es absoluto y deja de ejercer en nosotros la autoridad dogmática de lo incuestionable, pero no deja de existir en la sociedad, en las relaciones de poder opresivas que existen aunque no sea con nuestra aprobación.

Tal vez la raíz de ese subjetivismo dogmático es el cambio en la manera como concebimos, pensamos, y nos relacionamos con la idea de verdad, cambio operado en el paso del mundo antiguo al mundo burgués e individualista moderno, un paso dado filosóficamente por René Descartes con el “cogito”, y analizado por Martin Heidegger y autores posteriores que han sido influidos por el autor de Ser y tiempo.

Si para los antiguos y medievales europeos la verdad no era equivalente a la certeza subjetiva, sino que tenía un fuerte sentido de realismo, de independencia de que la conozcamos, para un individuo moderno una verdad en sí, independiente de mi certeza subjetiva, prácticamente carece de sentido. Descartes no se proponía reducir la verdad a mera opinión individual, porque suponía un sujeto pensante universal, que después Kant llevó a su desarrollo formal “trascendental”.

Sin embargo, el capitalismo y su “mercado” se dirigen, como consumidores, a los más infantilizados y narcisistas sujetos: a cada uno le quieren hacer creer que el paraíso de las mercancías “fue hecho justo para ti”.

En estos sujetos narcisistas producidos por el mercado-alcahuete, la certeza subjetiva moderna se deslizó cuesta abajo al subjetivismo dogmático: por ejemplo: “yo no creo en el Covid, ¿acaso tú sí? Ese solipsismo reduce los fenómenos a mera opinión.

“Yo no creo en Australia” no produce la inexistencia de Australia. A lo más, hace patente la ignorancia de quien lo enuncia. Pero el dogmático de sus propias creencias casi imagina que, en el momento en que él dice “no creo en Australia”, canguros y koalas se ahogan en el mar.

Esa comodidad de reducir todo a opiniones y negar verdades con el simple alzarse de hombros del “yo no lo creo”, o afirmar mentiras y refugiarse en el colectivo, la secta dogmática que cree los mismos absurdos, es lo que algunos han llamado “posverdad”, es decir, el imperio narcisista de la mentira, la falsedad y las afirmaciones engañosas.

La ignorancia, la desinformación, los prejuicios ideológicos y el imperio narcisista donde todo es “yo creo o yo no creo” hacen proliferar teorías de la conspiración y falsedades como: “el Covid no existe”; “los zapatistas son una creación de Salinas”; “la Tierra es plana” o “al mundo lo gobiernan reptiles extraterrestres”.

Si no hay verdad ni mentira y todo es mera creencia, basta que un sinvergüenza diga “yo no creo en Australia” para que montones de sujetos se empecinen en la creencia de que si ellos no creen, entonces “Australia no existe” o que, si lo creen, “el área 51 existe”.

Redujeron el cogito ergo sum de Descartes a una bufonada de Donald Trump. Es el ejercicio desvergonzado del “yo tengo otros datos”. Es dar la espalda a la verdad y creer que la verdad se evapora porque “yo no creo en eso”.

Por suerte, a los australianos no les afecta que yo crea o no crea en Australia, pero en cuestiones morales, éticas y políticas, el imperio de la mentira es pasto para los autoritarismos, la violencia, las dictaduras. Todo lo contrario al aire supuestamente libertario del narcisismo dogmático de creer en lo que cada uno quiera.

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