La generación límite

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La generación límite

Javier Hernández Alpízar

Se dijo que la nuestra era una generación perdida. La generación equis, con el nombre de una incógnita, nacida entre los últimos años 60 y los primeros 70 para llegar a la juventud en los 80 y 90, era una generación sin expectativas.

En algún viejo número de la revista Nexos, Boaventura de Souza Santos reflexionaba en que las generaciones anteriores, al menos en los países del capitalismo central, habían crecido con la expectativa de alcanzar un nivel de vida más alto que sus padres, pero después del triunfo global de la revolución conservadora llamada “neoliberalismo”, las generaciones que crecieron con ella tuvieron la expectativa de que su nivel de vida descendería respecto al de sus padres.

Y así fue. Para los Estados Unidos, lo documentó Michael Moore en Roger y yo: sus padres tuvieron un mejor nivel de vida que sus abuelos, pero su generación vio cerrar miles de empleos y su ciudad convertida en una maquila desmantelada, casi un pueblo fantasma. En Inglaterra, los Sex Pistols dijeron que no había futuro. El presente es el cumplimiento de esas palabras.

La demagogia cantó el triunfo del neoliberalismo, el capitalismo depredador vuelto a sus orígenes de “acumulación originaria” o “acumulación por desposesión”, como si hubiera sido el triunfo de la democracia y de la libertad.

Hubo, y de ello sobreviven actores importantes, resistencias, tendencias contrahegemónicas que se pusieron a contracorriente siguiendo la más profunda corriente de la defensa de la vida, como el zapatismo en México y las grandes manifestaciones que un ex presidente mexicano llamó “globalifóbicas”. Pero la hegemonía del capital se impuso, la contrarrevolución triunfó. El presente de Apocalipsis reservado es el fruto maduro y en plena etapa de descomposición de ese triunfo del capitalismo. Triunfo del capitalismo, derrota de los seres humanos y de la vida.

Como dijera el filósofo anarquista y compañero de viaje del zapatismo Jean Robert, la frase marxista de que el capitalismo es un modo de producción, habría que corregirla como “el capitalismo es un modo de destrucción”. A nuestra generación perdida, nos arruinó la vida. Nos llevó a envejecer sin más expectativa que tener una vejez más desamparada que nuestras generaciones precedentes.

Y no solamente en los países del capitalismo periférico, dependiente, o neocolonias del sistema, incluso en Estados Unidos, Reino Unido, Europa. El Covid solamente está desnudando la destrucción humana, social, civilizatoria que el capitalismo trajo en esas décadas. La decadencia actual, reflejada en los gobernantes como Trump y en derechas cavernarias que reivindican nacionalismos rancios, es el fruto de esa fermentación.

La transición generacional nos hizo, como cantaba Miguel Ríos una “generación límite” sin sueños, sin utopías, sin más refugio que el opio del individualismo y la evasión de la realidad.

Pero las generaciones que llegaron después de nosotros: hermanos menores, hijos, nietos nuestros, ya no solo tienen, como tuvimos nosotros, la certeza de un nivel de vida más bajo que sus antecesores: tienen cuestionadas sus expectativas de futuro.

La pandemia es sólo el síntoma, la enfermedad es la destrucción del equilibrio y de la capacidad de autorreparación del sistema, de la simbiosis o metabolismo entre seres humanos y planeta. La hiperproducción capitalista es hiperdestrucción de la vida. Hoy desarrollismo es ecocidio y etnocidio, producción en masa de inadaptación, desequilibrio y muerte.

Por eso las generaciones contemporáneas tienen todo para reprocharnos, y las palabras airadas de Greta Thunberg están plenamente justificadas. Las supuestas respuestas críticas, sean las burdas de Trump o Bolsonaro o las más sofisticadas e intelectuales, son demagogia e impotencia.

Heredamos a las generaciones actuales un mundo que se cae en pedazos. Los militarismos y los autoritarismos, populismos de derecha e izquierda, son nada más las confesiones de impotencia disfrazadas de omnipotencia o de “humanismo”.

Es mentira que no sea resultado de lo que como seres humanos hicimos y de lo que dejamos de hacer: Todos los abusos sobre los otros, sobre las otras, sumados, produjeron este resultado de disfuncionalidad y catástrofe.

Solamente hay minorías que fueron a contracorriente, pequeñas comunidades, pueblos, microrregiones que construyeron algo contrahegemónico. No es casual que hoy la hipocresía “progre” ataque a las autonomías zapatistas: es el ataque contra aquello cuya sola existencia, incluso silenciosa y fuera de foco, desnuda la mentira del desarrollismo disfrazado de “regeneración” o “transformación”.

Ya que no fuimos capaces de frenar la destrucción y la guerra del capital contra la vida y el planeta, al menos debemos asumirlo sin demagogias y no querer endulzar las cosas a las generaciones victimas de nuestra derrota: nosotros los embarcamos en este Titanic sin suficientes botes salvavidas. Quien les dice que todo va bien, que la muerte está bajo control, miente.

Después de librar las fauces de la pandemia vienen ya la otras las de la pobreza, la miseria, el desempleo, el hambre y las del calentamiento global, la injusticia climática, la extinción masiva de especies.

Hoy la utopía no es construir un mundo mejor. Ya bastante utopía es rebasar, aunque sea un poco el sálvese-quien-pueda y enfrentar el colapso lo mejor unidos posible. La utopía es sobrevivir y seguir defendiendo la vida. Pero incluso contra esa utopía están en guerra los demagogos de esta hora.

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