La autonomía, delito de leso capitalismo #FueraParamilitaresDeTerritoriosZapatistas

Babel

La autonomía, delito de leso capitalismo

Javier Hernández Alpízar

Los aficionados a imaginar complots dicen que si Chiapas es el estado más militarizado, es porque ahí hay uranio, un elemento químico radiactivo muy útil para las potencias nucleares. Como toda mentira, esa teoría del complot tiene una parte de verdad y un gordo cuerpo de mentira: Chiapas es el estado más militarizado del país y, desde el poder, han reactivado a los grupos paramilitares contra las comunidades indígenas, porque hay ahí algo muy valioso, pero eso no es el uranio, es la autonomía.

La autonomía no es útil al sistema capitalista, es un obstáculo, algo que el capitalismo tiene que combatir y destruir. ¿Por qué? Intentaremos responder sucintamente a esa pregunta.

¿Qué es la autonomía? Definirla es fácil, pero comprenderla no tanto, porque la autonomía es un concepto vivencial, si no la hemos vivido, experimentado, no podemos comprenderla, aunque podamos entender su definición.

Literalmente, autonomía significa darse ley a sí mismo, darse reglas a sí mismo, autorregularse o autogobernarse. En definitiva, significa libertad, autodeterminación, gobierno de sí mismo. Pero en el mundo capitalista, eso es lo que menos vivimos y conocemos por experiencia.

Jean Robert es uno de los alumnos que asistieron a la Escuelita Zapatista. Los materiales de lectura que dieron los zapatistas a los alumnos entonces se llaman La libertad según los zapatistas. Y como ése es el tema, cuenta Robert, les pidieron escribir qué significa para cada uno la libertad.

Haciendo esa tarea, Jean Robert reflexionó que, pese a no tener comodidades, como un baño con WC en vez de una letrina, los zapatistas tienen más libertad que nosotros, porque colectiva y comunitariamente están decidiendo su futuro, su camino, su ruta a seguir.

En los lugares donde no tenemos autonomía, como cualquier país o ciudad bajo el capitalismo, las decisiones acerca de nuestro futuro no las tomamos nosotros. Por eso no podemos decidir iniciar una radical disminución del uso de combustibles fósiles o un programa para gastar menos energía y emitir menos gases de efecto invernadero. Los fenómenos globales, como las pandemias, el cambio climático o calentamiento global y la extinción masiva de especies nos ponen en riesgos graves, incluida la posible extinción de la especie humana, pero las decisiones las toma menos, pero mucho menos, del 1% de la humanidad: el resto somos sus reos, estamos atados a las decisiones de ellos sobre la guerra y la paz, el uso de agroquímicos o incluso, todavía, el posible uso de armas nucleares.

Cuando los publicistas y propagandistas ideológicos del capitalismo altamente tecnificado usan expresiones como “el riesgo es nuestra profesión”, ocultan tanto las verdaderas dimensiones del riesgo: destrucción de millones de vidas, extinción de muchas formas de vida, pero sobre todo ocultan de quién es la profesión o el negocio del riesgo: del capital.

El negocio del capital consiste en que la mayor parte de la humanidad no podamos subsistir sin trabajar para él, sobreexplotando a la naturaleza y sobreexplotando a nuestro propio cuerpo, nuestra vida. Para que no tengamos libertad frente al capital y aceptemos que el capital ponga las reglas, las normas las leyes (heteronomía: que otro nos dicte leyes), lo primero que el capital tiene que hacer es destruir nuestra autonomía, nuestros lazos comunitarios o colectivos, nuestra producción social de lo que permite reproducir nuestras vidas.

A cambio de quitarnos la posibilidad de ser libres, autónomos, y de tener comunidad, el capital nos ofrece individualismo, comodidades y consumo (a unos, pero a otros, solamente hambre y muerte).

Jean Robert lo reflexionó muy bien: vivimos en entornos urbanos, rodeados de comodidades: tenemos internet, agua y hasta café caliente y música a la carta, pensamos que esas comodidades son nuestros derechos, y confundimos esas comodidades con nuestra libertad: de la libertad, el capitalismo nos ofrece solamente la limitada experiencia de comprar, consumir o no trabajar y morir de hambre.

Unos pocos deciden por todos, pero nos entretienen con una sociedad de espectáculos, de glamour, de pequeños placeres y diversiones como los que nos dan las redes digitales.

Es probable que por eso muchas personas sean indiferentes ante el hecho de que los proyectos de desarrollo destruyan hábitats, ecosistemas, comunidades rurales e indígenas. Toda esa destrucción nos parece muy ajena y lejana de la pantalla de nuestro aparato conectado a internet. En lugar de autonomía y libertad tenemos la realidad o la promesa del consumo y en lugar de información verdadera, teorías de complots y conspiraciones.

Incluso si esta situación pudiera seguir indefinidamente, vivir así no sería digno, porque más que seres humanos, pensantes, libres, bajo el sistema capitalista somos esclavos productores o consumidores, pero el problema se agrava porque el capitalismo produce en masa y consume vorazmente el planeta.

El planeta es solamente uno, éste, la Tierra, un mundo finito. Pero el capitalismo, un sistema que funciona en beneficio de menos del 1% de la especie, está acabando con las fuentes de energías, minerales, agua, y de toda materia prima para sostener el nivel de vida al que una pequeña parte de la humanidad accedió.

Cuando estas reservas de materia y energía apta para reproducir nuestra actual forma de vida se vayan agotando una por una, la opción de sobrevivencia será la autonomía: pequeñas comunidades, lo más rurales posibles, capaces de producir su alimento, de tener agua y fuentes cercanas para extraer energía, pero sobre todo: comunidades capaces de vivir de su producción social local, comunidades con un sano tejido colectivo, una cultura propia, contacto cara a cara, lengua, tradición, arraigo, herramientas que no los esclavicen, sino que permitan a los seres humanos ser fines y no medios.

Las autonomías indígenas en todo el mundo son reservorios de vida y de energía y cultura humana. Tal vez por eso Óscar Chávez decía que los zapatistas son de lo poco decente que le queda al país, y agrego yo: al mundo. Porque son una de las más organizadas y avanzadas construcciones de autonomía en el planeta Tierra.

Esa autonomía les permite no solo decidir colectivamente su destino común como colectividades y pueblos, también les permite pensar, reflexionar y analizar colectivamente la realidad mundial y nacional. Muchos se asombran de que las conclusiones a que llegan los zapatistas no sean las mismas a las que llegan las elites políticas “progresistas”, pero es porque los zapatistas piensan desde y para la autonomía, desde y para la libertad. En cambio las elites intelectuales progres piensan no desde una perspectiva reformista (reforma significa cambio, pequeño pero cambio) sino conformista: se resignan a que no puede haber más ruta que el capitalismo, y cómodamente aceptan la militarización del país (hoy mayor que con Calderón o con cualquier otro gobierno) y los proyectos desarrollistas que destruyen el pedazo de planeta que defienden los zapatistas y otras comunidades indígenas, afro descendientes, rurales.

Nos piden “madurez”. Pero es una madurez con mucha mala conciencia, porque para un pequeño sector de la población son las comodidades y para la mayor parte de la humanidad son los sacrificios: ni siquiera les conmueven las muertes, por la pandemia de Covid, por la pandemia de violencia, de feminicidios y homicidios ni las desapariciones. Las han normalizado.

Están dispuestos a negociar su silencio y su apoyo político (adornado con el espectáculo mediático de “combate a la corrupción”) para permitir el genocidio, los feminicidios, el ecocidio, porque no conocen la autonomía. Solamente conocen el trabajar para un patrón, y les parece que el actual es el menos malo que han tenido: nada importa que allá fuera haya muertes, como las de Samir Flores. Esos muertos no cuentan para quien abraza la gran transformación de los últimos sorbos de capitalismo y consumo antes de un final desastroso.

Por el contrario, una conciencia ética de la situación nos llevaría a pensar, como Italo Calvino, que podemos ubicar dentro del infierno aquello que no es infierno y dejarlo crecer y darle espacio. Las autonomías zapatistas son un poco de lo que en medio del capitalismo no es infierno, por eso el capitalismo no puede ni quiere dejarlas crecer y quiere arrebatarles su territorio, su espacio social.

Ante esa situación, no se puede ser neutral. O se defiende la autonomía o se abraza el suicidio colectivo de consumir los últimos sorbos de comodidad del capitaloceno.

Esta entrada fue publicada en babel. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s