La autonomía, el mundo otro y los conservadores #EZLN #ElConservadorEsAMLO

Babel

La autonomía, el mundo otro y los conservadores #EZLN #ElConservadorEsAMLO

Javier Hernández Alpízar

“Lo que me preocupa es que esa casa, que es un mundo, no vaya a ser igual que éste. Que la casa sea mejor, más grande todavía. Que sea tan grande que en ella quepan no uno, sino muchos mundos, todos los que ya hay, los que todavía van a nacer.” Subcomandante Insurgente Moisés. Subcomandante Insurgente Galeano. Citados por Raúl Zibechi en Movimientos Sociales en América Latina, El “mundo otro” en movimiento, Ediciones Desde Abajo, colección Primeros Pasos, Bogotá, Colombia, 2017, pág. 7.

En su libro Movimientos Sociales en América Latina, Raúl Zibechi hace una autocrítica, en el mejor sentido de la palabra: no un estalinista mea culpa que reniegue de su pasado, sino un regreso a un tema que había analizado años antes en un texto breve, el cual ofrece como apéndice en el libro, y que revisita y actualiza no solamente porque el autor ha aprendido nuevas cosas o ha mejorado su conocimiento, sino porque el objeto de su reflexión, los “movimientos sociales” en nuestra América, en el curso de varios años, han cambiado, y esos cambios han permitido ver tendencias que antes el autor no sopesó con mayor detenimiento, de manera que los movimientos tienen que repensarse a la luz de lo que han ganado y perdido, lo que han crecido y lo que les impide crecer en la construcción de esa “nueva casa” que mencionan los subcomandantes del EZLN citados en el epígrafe.

Como lector y militante, encontrar hoy este libro y comenzar a leerlo significó asomarme a un nuevo balance frente a lo más cercano en la construcción de este nuevo mundo, en este caso, en México, en lo que ya casi como cliché llamamos “abajo y a la izquierda”. Hay muchos temas que podemos ver, debemos ver, con nuevos ojos, autocríticamente y a la luz de la experiencia de nuestra lucha en México, por ejemplo, al igual que en todo nuestro continente, la lucha de las mujeres.

Sin embargo, me centraré en el tema de la autonomía, uno de los varios que Zibechi aborda. Los zapatistas han ampliado sus caracoles  y centros de resistencia. Se trata de un crecimiento exponencial, aunque se hace a contracorriente de la izquierda masiva que apostó a la vía electoral y logró llevar a AMLO a la presidencia para encontrarse que el poder político no construye una nueva casa, solamente pone orden en una casa capitalista con los mismos dueños y administradores, aunque con nuevo amo de llaves.

Frente a ello, los zapatistas construyen autonomía, expropiando tierra y territorio, defendiendo tierra y territorio, pero no solamente la tierra como “medio de producción”, sino como la Madre Tierra que se ama y se defiende frente a la guerra de exterminio del capital contra los pueblos para seguir el proceso de acumulación por desposesión (megaproyectos, extractivismo, militarización, patriarcado feminicida, cooptación de organizaciones para imponer esos planes del capital yanqui e internacional, incluido el capital mexicano representado por Slim, Romo, Salinas Pliego, Azcárraga, etc.)

Por el ejemplo zapatista mexicano, uno de los más importantes en el planeta de construcción de alternativas al capitalismo, en México los anticapitalistas (una minoría en este momento en que predomina el “pueblo bueno” cliente del paternalismo y populismo de raíz centenaria en el país, el cual se dejó gobernar tantos años por el PRI que hoy no tiene más clase política que la que el PRI le heredó) tenemos como uno de nuestros conceptos centrales y banderas de lucha la autonomía.

Zibechi había mostrado ya hace años que las recuperaciones de tierras por indígenas y campesinos y las de fábricas abandonadas por obreros en las ciudades eran fenómenos ampliamente extendidos en América Latina, pero no todas las prácticas de los ocupantes son anticapitalistas: las hay autogestivas, asamblearias y con tendencia a defender su autonomía, pero hay otras que retoman las jerarquías y el esquema del asalariamiento, el producir para el mercado, que las insertan funcionalmente en el capitalismo.

En México, los zapatistas no solamente se reapropiaron de la tierra, también están construyendo autonomía en todos los órdenes: económico, político (autogobierno), social (reproduciendo su vida y su subjetivación política: la mayoría de las y los zapatistas son jóvenes), cultural, militar y ecológico. Sin embargo, para otros movimientos que revindican la autonomía puede repetirse la merma que ocurrió en América del Sur con los gobiernos progresistas: la cooptación, la pérdida de autonomía, la institucionalización, la refuncionalización y sustitución de sus antiguas formas de organización por nuevas, estatales o paraestatales y capitalistas.

La autonomía que no se entiende y ejerce en forma integral (como la hay ya, en otros casos además del zapatismo actual), la autonomía que solamente es antipartidos, pero que sigue mirando hacia el estado, corre el riesgo de ser capturada por el gobierno que cobija bajo su ala al “pueblo bueno” para corporativizarlo, como en tiempos de la hegemonía priista.

Otros proyectos que no solamente son antipartido e incluso anti estado, y que se reclaman nominalmente anticapitalistas, no dejan de responder al mercado capitalista: producen para el mercado, reproducen relaciones asalariadas y de patrones y empleados (con el peligro de deformar las relaciones horizontales en lo político y volverlas clientelares, en un país donde el clientelismo es pan de cada día, desde el PRI hasta Morena).

La autonomía integral (económica, social, territorial, política, cultural, etc.) puede llamarse anticapitalista solamente si no se convierte en una nueva relación salarial y obrero patronal o clientelar político-salarial. A veces puede cobijarse bajo la aspiración de ser cooperativa, colectiva, pero sigue inmersa en el capitalismo y el mercado la puede refuncionalizar.

Esto no significa que el anticapitalismo no sea posible (ejemplos, principalmente indígenas pero no solamente, también campesinos, afromestizos, de mujeres, trabajadores, etc., los hay en América Latina), significa que no basta con ponerse el rótulo: autónomo, independiente, anticapitalista, antipatriarcal, antisistémico, cooperativo, libertario, etc.: de la declaración verbal y nominal a la construcción de otra casa-mundo falta todavía mucho esfuerzo y dolor de parto.

En México, el capitalismo afianzó su hegemonía durante el neoliberalismo. Nombre desorientador con el que llamamos a la acumulación por desposesión extractivista, militarista y feminicida, porque parece que fuera una decisión de políticos malos que puede ser derogada por el decreto de políticos buenos. La hegemonía capitalista es tal que hoy sus dos principales instrumentos: los megaproyectos rebautizados con nombres “nacionalistas” y la militarización rebautizada como “Guardia Nacional”, son defendidos por quienes apenas hace poco más de un año los criticaban porque eran las políticas de los “malos”.

La desorientación es tal que un gobierno iliberal, confesional, procapitalista, extractivista, militarista, patriarcal, es adorado como becerro de oro tropical y al mismo tiempo a las víctimas las calumnian (les gritan “traidores” y “asesinos”). Obrador, una suerte de Garrido Canabal reeditado con humor negro, convirtiéndolo del antiteísmo militante al evangelismo, llama a sus críticos y a los opositores “conservadores”.

Ricardo Flores Magón ya había criticado a esos líderes con lenguaje patriótico y populista que encantan masas como flautista de Hamelin para venderles el progreso capitalista. En un artículo escrito para Regeneración (la de verdad, no las falsas imitaciones que hoy pululan), escribió lapidariamente: “El líder no es un avanzado: tiene que ser un conservador para que la masa pueda entenderlo y pueda aceptarlo como jefe, pues es bien conocido, por todos los que han estudiado a las masas, que éstas son conservadoras, que no aceptan las ideas innovadoras sino hasta que se han hecho viejas las ideas, esto es, cuando hay otras nuevas, y así sucesivamente.” (Ricardo Flores Magón, “El espíritu de las masas”, Regeneración (1910), Vol. VII, Dirección General de Publicaciones, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2011, pág. 102)

Si bien es posible que no todas las masas sean conservadoras (podemos imaginar masas que se autoeduquen en el anticapitalismo, masas antisistémicas, al menos no es un concepto contradictorio), lo cierto es que ese capitalismo que puede hacer de empresas que quieren ser autónomas, empresas capitalistas con relaciones obrero patronales y clientelares, ese mismo capitalismo produce masas que quieren alcanzar mejores dádivas y tener capataces y, si se pudiera, amos benevolentes, pero que con ello afirman el capitalismo, salarial, becario, corporativo, neopopulista, pero capitalismo al fin.

Por lo pronto, tenemos este sexenio el romance de un “pueblo bueno” (que no es tan bueno, como bien dijo Roberto Blancarte, porque es un pueblo que puede linchar a las víctimas como “traidoras”) y, como diría Alejandro Solalinde, su pastor; o Víctor Toledo, su luz.

No es conservador quien critica a un sistema capitalista que tiene a más de un millón de especies animales y vegetales en riesgo de extinción para las próximas dos o tres décadas, lo cual pone en riesgo incluso a la especie humana. Es conservador cerrar los ojos a ese capitalismo en el nombre del mito de un amo bueno y de un pueblo bueno que, por pura benevolencia, hacen el capitalismo un poco menos malo.

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