EL CAPITALISMO COMO GUERRA CONTRA LA MADRE TIERRA

Babel

El capitalismo como guerra contra la Madre Tierra

Javier Hernández Alpízar

 

Hoy lo utópico no es la lucha anticapitalista: lo utópico es el negacionismo o la fantasía de que el capitalismo encontrará la forma de sobrevivir sin cambiar el sistema de acumulación y despojo que constituye su dinámica esencial.

 

 

Uno de los secretos criminales del funcionamiento del sistema capitalista es la violencia, la permanente guerra, la represión, el estado policiaco, el campo de concentración de facto para los trabajadores y para el “ejército industrial de reserva”, o incluso los que “sobran”, los que no pueden tener cabida en la cadena de producción-explotación.

Esta situación de ocupación territorial, colonización, separación entre los trabajadores-productores y sus condiciones de producción (tierra, materias primas, maquinarias, herramientas, tecnología, instalaciones industriales) no solamente es la base para la relación capitalista asalariada, donde el acicate para el trabajador explotado es el hambre, el miedo al desempleo y la inanición, sino que el fin del capitalismo (la ganancia) implica la reproducción e incluso ampliación de esa situación: propiedad privada del capital y masas sin propiedad, obligadas a vender su fuerza de trabajo.

La narrativa socialista de la lucha de clases, con todo el fondo y trasfondo de verdad que implica, dejó en la sombra, intocadas o apenas mencionadas, otras identidades de los expropiados, víctimas y explotados del sistema capitalista. El feminismo se encargó de cuestionar la ausencia del tema de la mujer y su trabajo impago en la reproducción de la vida, la reproducción del productor en el proceso de explotación capitalista, y también el papel de las mujeres en la lucha de clases.

Además de una guerra represiva, de conquista, de colonización, de represión o simplemente de contención y disciplinamiento contra los trabajadores y contra las mujeres, ni siquiera reconocidas como trabajadoras incluso en las narrativas clásicas, el capital tuvo siempre otra a la cual violentar, expropiar, dominar y oprimir: la naturaleza, entendida como insumo, como materia prima, como recursos naturales, como pasiva reserva de materia y energía.

La lucha de clases de las masas trabajadoras, de los pueblos colonizados y de las mujeres, como trabajadoras y como seres humanos que luchan por su reconocimiento, como sujetos en construcción de autonomía, no sería posible si no existiera también un conflicto entre el capital como proceso de producción y como “modo de destrucción” (Jean Robert dixit) y la naturaleza: la Madre Tierra.

Así como la dinámica social y el conflicto que la atraviesa como opresión de los más por una élite (burguesa, masculina, blanca, occidental, moderna, adulta) tiene sus reglas, las cuales el sistema ha aprendido a manipular para tener formas de contención que alternar con la nuda violencia represiva, así también el conflicto socioambiental con la naturaleza tiene sus reglas, y también ´éstas las ha intentado manipular el capitalismo.

Sin embargo, las leyes de la naturaleza son incorruptibles: no se puede dominar a la naturaleza sin respetar sus leyes, y una de ellas es que existe siempre un límite, la naturaleza no es inagotable, y mucho menos, si se la maneja solamente como insumo de material y energía.

Cuando los capitalistas parecían haber llegado a un triunfo no reversible (su ideología del fin de la historia, por haber derrotado a su enemigo de clase) se encuentran con una naturaleza que muriendo, extinguiéndose, agotándose como reserva, modificándose radicalmente en cuanto a clima, temperatura, distribución de masas de tierra y agua, corresponde al saqueo, a la violencia con que ha sido tratada.

El negacionismo de los grandes poderes y voceros visibles de ese poder capitalista, así como el negacionismo de sectores sociales más o menos amplios, son casi una confesión de impotencia.

La naturaleza y sus leyes físicas no son corruptibles, sobornables. Probablemente el límite que su lucha con los trabajadores y pueblos explotados parecía haber sorteado exitosamente el capital sea, en el caso del límite físico, planetario, un límite infranqueable.

Como dijeron los zapatistas actuales en un comunicado de 2019: hay una guerra entre el capital y la Madre Tierra y, en ese conflicto, no se puede permanecer neutral.

El negacionismo es sólo un deseo de cerrar los ojos y desear que al abrirlos todo haya sido una pesadilla apocalíptica, como cuando veíamos el Armaguedón en el cine y al salir comprobábamos que seguía existiendo el mundo, la ciudad, el caos urbano, la muchedumbre.

Ser anticapitalista tiene ahora un motivo más urgente, perentorio, no solamente liberar al ser humano de la esclavitud hacia su propia obra, el producto de su trabajo y producción social, sino, sin metáfora ni romanticismo: defender la vida, la de la especie humana y la del entramado de especies vivas de las que depende.

Hoy lo utópico no es la lucha anticapitalista: lo utópico es el negacionismo o la fantasía de que el capitalismo encontrará la forma de sobrevivir sin cambiar el sistema de acumulación y despojo que constituye su dinámica esencial.

Una convocatoria para tomar partido por la Madre Tierra hoy mortalmente agredida por el capital es la del EZLN y el CNI. La indiferencia no es una alternativa seria.

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