¿Quiénes llaman tontos a los que no opinan como ellos?

Babel

¿Quiénes llaman tontos a los que no opinan como ellos?

Javier Hernández Alpízar

La falacia de que criticar a AMLO por su proyecto y su gabinete neoliberales y neocoloniales (“Zonas Económicas Especiales”) es llamar “tontos” a quienes votaron por él y le dieron el triunfo dice más de quien la enarbola que de quienes criticamos a Obrador.

Primero: equipara dos cosas distintas: “equivocarse” con “ser tonto”. Los seres humanos nos equivocamos todo el tiempo, pero eso no nos hace esencial o sustancialmente “tontos”. Incluso cuando cometemos un error podemos decir que fue una “tontería”, pero eso nos define como enteramente y totalmente tontos.

Segundo: los seres humanos somos falibles en lo individual y en lo colectivo, e incluso en lo masivo. Se pueden equivocar 30 millones de personas o el doble o el triple. ¿Quiénes defenderían ahora que no hay que criticar a quienes votaron por Fox porque fueron millones? El único sujeto a quien una institución ha definido infalible es al papa romano y… ustedes me dirán. Además, probablemente hay millones de personas en el mundo que siguen siendo católicas: ¿son tontas, no lo son? Es una discusión ociosa.

Criticar a un gobernante no es llamar “tontos” a sus votantes, incluso si explícitamente se dijera: “sus votantes se equivocaron”. Cuando alguien decide participar en la vida pública, y máxime si es candidato y aún si gana y se vuelve gobernante, todo el tiempo, antes, durante y después de asumir esa responsabilidad pública es y debe ser sujeto de la crítica.

En democracias de tan baja intensidad como la mexicana, donde están fuera de las urnas el modelo económico (autonomía del Banco de México, tratados de libre comercio y compromisos con organismos mundiales, libre mercado: garantes de la continuidad neoliberal), donde los votantes solamente van a las urnas a optar entre lo que ofrece el monopolio de los partidos (las candidaturas independientes han sido cooptadas por la misma clase política) y no pueden ni decidir los candidatos ni los programas de gobierno (neoliberales), prácticamente, después de votar, el único recurso que tienen es criticar, presionar, protestar y resistir, o resignarse y dar un cheque en blanco a los gobernantes.

Algunos de los votantes pro AMLO han considerado siempre su decisión una prueba de inteligencia superior: muchas veces han manifestado un desprecio por quienes no comparten sus opiniones llamándolos tontos, vendidos, bots, sectarios, “influenciados por mestizos” y otros epítetos con los que se adjudican a sí mismos el monopolio de la verdad y le conceden a quienes disienten el monopolio del error.

Se identifican con AMLO, porque al defenderlo defienden su opinión, su verdad, su inteligencia y su ego, el de ellos, esos votantes. Por eso hacen la inferencia: no piensan como yo, que AMLO es la solución, por ende: me están llamando “tonto”. Hacen esa inferencia porque es el razonamiento con el que ellos han condenado “la ignorancia, la falta de lectura, la estupidez o el mercenarismo” de quienes no piensan igual que ellos.

Eso denota una mentalidad rígidamente dogmática que no puede aceptar que alguien (y menos una “minoría”) piense distinto que ellos: por eso llaman “secta” a quienes no se unen, para usar ese lenguaje, a su iglesia y pastor (Solalinde dixit).

Criticar es un signo de inteligencia. Una crítica que es inadecuada, errada o infundamentada debe corregirse y a su vez criticarse con información o con argumentos racionales: una apelación al número no es un argumento racional sino una  falacia de apelación a las emociones (¡somos muchos, waa!) y de apelación a la fuerza (“somos mucho más que ustedes, ¡cuidado!”).

La discusión de si un gobernante hace bien o mal es independiente de su legitimidad democrática formal: así como hoy Obrador ganó la mayoría de votos, lo hicieron antes Fox y Zedillo, y eso no garantiza ni la infalibilidad de los votantes ni la infalibilidad de quien resultó electo. Por ello, criticar a un gobernante, o en este caso un político aún, con votación mayoritaria no debería llamar a sorpresa.

Decirle a alguien que un gobierno que va a entrar (o ha entrado ya de facto) va a “decepcionar” no supone decirle “eres un tonto”. Incluso lo contrario; para decepcionarse, desilusionarse y desengañarse hace falta inteligencia, poca o mucha, la que a cada quien le guste adjudicarse, porque supone superar una opinión errada, una ilusión o engaño, y alguien verdaderamente “tonto” no sería sujeto a quien pueda exigírsele esa corrección de opinión (y emoción).

Quienes criticamos a AMLO por las políticas públicas que están anunciando sus secretarios de Estado, presentados ya públicamente como gabinete, y por los sujetos mismos que han sido anunciados para asumir el gobierno, estamos suponiendo una discusión informada entre personas inteligentes (hayan o no votado, o hayan votado por quien quiera). Solamente a una persona que intelige se le ofrecen informaciones y argumentos, no solamente emociones.

Muchas de las respuestas a las críticas han sido emotivas: llamados a la fe y la esperanza. Pero incluso esas emociones pueden estar basadas o no en un fundamento racional: por eso suponemos que (salvo grave fanatismo) 30 millones de mexicanos, y aún más, son susceptibles de decepcionarse.

Ya dejemos de hacer la identificación Mi opinión/ Mi inteligencia/ Mi ego y aceptemos y normalicemos la crítica.

Todos y todas solemos querer mucho nuestras opiniones y tendemos incluso a buscar acomodar los indicios que encontramos para no renunciar a ellas, pero tratar de entender las opiniones contrarias antes de rechazarlas o acusarlas de subestimar nuestra inteligencia es mucho más útil que sumar el número de opiniones para ver quién gana y quién pierde.

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