¿Quién y cómo administrará el casino después de la disputa electoral?

Babel

¿Quién y cómo administrará el casino después de la disputa electoral?

Javier Hernández Alpízar

En 2005 o 2006, durante una caravana que realizó la Promotora de Unidad Nacional contra el Neoliberalismo, en una plática de café después de la comida ofrecida por activistas anfitriones a los activistas que iban en trayecto, un obrero jubilado me explicó: “El triunfo de López Obrador sería muy útil para la burguesía mexicana, tendrían un presidente legítimo con toda la fuerza legal y el carisma popular, eso les permitiría impulsar las reformas neoliberales sin oposición fuerte”.

Sin embargo, primero el sainete del desafuero y la reversa respecto al mismo, que solamente hizo crecer la popularidad de Obrador, y luego el fraude de 2006, mostraron que la burguesía mexicana no aceptó la oferta de una administración eficiente, moderna, del neoliberalismo, que ya Obrador había puesto en marcha en el Distrito Federal (así se llamaba entonces), beneficiando a Carlos Slim y los empresarios del salinismo.

La burguesía quiso su propia ruta, hizo el fraude y la pelota quedó en la cancha de Carlos Slim, quien apoyó la campaña a Obrador de 2006 y esperaba beneficiarse de un gobierno suyo. Cuando Slim aceptó el fraude, y con él a Calderón, se volvió el gran elector. Su aceptación de Calderón fue definitiva.

Dos sexenios sumamente violentos, el de Calderón, el más violento hasta entonces, superando al de Zedillo, el que tenía récord de masacres en su gobierno, y luego el de Peña, que superó en violencia al de Calderón y sigue subiendo en el récord macabro, han desgastado al PAN (el segundo partido en cifras negras de muertes) y al PRI (indiscutible campeón del terror).

De manera que hoy PAN y PRI no hacen más que hundirse a cada declaración o movimiento para tratar de alcanzar a Obrador. Las encuestas son como arenas movedizas en las que PAN y PRI (y sus aliados, predadores carroñeros menores) más se hunden mientras más intentan salir de ellas.

En 2005 y 2006 parecía que Obrador había alcanzado el apoyo de un sector importante del capital, especialmente el de Slim, como dijimos; pero el fraude mostró el rechazo de la mayor parte de la burguesía mexicana.

En 2012, Obrador protestó legalmente contra “la imposición” y no habló abiertamente de fraude ni motejó a Peña de “espurio”, hizo una manifestación de protesta protocolaria y fue dejado atrás por el protagonismo de los “#YoSoy132”.

Obrador se replegó a esperar el registro de su nuevo partido, mientras los gobiernos perredistas, delfines de Obrador: Ebrard (en su último día de gobierno) y Mancera (en su primer día de gobierno) reprimían a quienes protestaban contra la toma de posesión de Peña. Hubo muertos como el maestro de teatro Juan Francisco Kuykendall y desaparecidos como Teodulfo Torres Soriano, de quienes los seguidores de AMLO no tienen memoria.

Hoy la burguesía tiene otra vez la misma disyuntiva: repetir el fraude o aceptar la propuesta de una administración eficiente del neoliberalismo, con un gobierno carismático, apoyado por la mayoría del electorado, y con un Obrador que viene rompiendo sus propios records de corrimiento a la derecha, rebasando sus derechizaciones de 2006 y 2012. Obrador por tercera vez hace campaña con un doble discurso: el Dr. Obrador que abre los brazos a los empresarios y promete no tocar intereses y Mr. López que enciende las pasiones con una palabra mágica, “corrupción”, como diagnóstico y panacea universal (totalmente inverosímil, cuando se ve la cantidad de priistas, panistas y perredistas beneficiaros de la corrupción y los fraudes, incluso autores y operadores de los fraudes, que hoy son sus candidatos, asesores y aliados).

No obstante, no hay signos claros de que la burguesía quiera aceptar maduramente que su candidato favorito (Anaya) no saldrá electo y que puede sacar mucho provecho del candidato al que ella misma ha hecho crecer con la impresentabilidad de sus partidos y candidatos usuales, con el descrédito de sus gobiernos y con campañas que acusan de “izquierdista” (en su lenguaje: “populista”) al candidato de derecha “moderada” que está cosechando los beneficios del hartazgo.

El escenario de un fraude implicaría una imposición mediante el estado policiaco- militar, un lapso de suspensión de garantías (la inconstitucional ley de seguridad interior, que Bárbara Zamora impugnó exitosamente aunque casi nadie se dio por enterado) y la represión contra toda disidencia y oposición, sean o no bases de Obrador: con especial peligro para las oposiciones antisistémicas.

Ante el grave proceso violento de imposición, está también el riesgo a que se exponen las protestas callejeras: ¿debe la población enfrentar a las fuerzas armadas del Estado para defender a Manuel Espino, Alfonso Romo, Esteban Moctezuma, Wilfrido Robledo, Eduardo Ramírez Aguilar, Gabriela Cuevas, Germán Martínez, Salinas Pliego, Lilly Téllez, Cuauhtémoc Blanco, Ricardo Sheffield, Joaquín Díaz Mena, Álvaro Suárez Garza, Eduardo Ramírez Aguilar, Miguel Barbosa, Napoleón Gómez Urrutia, los operadores de Elba Esther Gordillo, Tatiana Clouthier, Canek Vázquez Góngora, Miguel Ángel Chico Herrera, Carlos Lomelí Bolaños, Américo Villarreal Anaya, Alejandro Armenta Mier y Nancy de la Sierra Arámburo, y demás oportunistas que se han subido al éxito electoral del hartazgo?

Además de esa grave situación: la burguesía mexicana consagraría con el fraude la fetichización de Obrador. Si ahora sus seguidores más fanatizados están dispuestos a linchar a quien quiera que se exprese críticamente sobre él, después de un nuevo fraude se volvería un tótem ya definitivamente intocable, o casi.

Otro escenario es que la burguesía acepte a Obrador porque entienda que el traído y llevado “combate a la corrupción” no es realmente peligroso para los intereses creados (parece que en cuanto a confrontaciones el PRI teme más y desconfía más del candidato el PAN; después de tanto cogobierno, el divorcio se ve más serio de lo que pensábamos) de “la mafia”, parte de la cual hoy se sube al exitoso tren de Morena.

Si ocurre así, lo que me dijo ese obrero jubilado en 2006 se cumpliría en 2018: un presidente legítimo, carismático, con el apoyo de grandes masas, para operar, eficiente y modernizador, el neoliberalismo, la administración del conflicto con represión selectiva (especialmente hacía quienes no lo han apoyado, tal vez) y con una política de megaproyectos (Aeropuerto en Texcoco con dinero privado), extractivismo (mineras canadienses), transgénicos (Monsanto en el gabinete), continuidad de la militarización (desayunos con Obrador incluidos) y con una masa de electores triunfalistas dispuestos a linchar a quien ose criticar, disentir u oponerse.

Esas políticas, más que “populistas” son neoliberales y predadoras del medio ambiente y violatorias de los derechos humanos, así traicionan a una parte de las bases de Obrador, que esperaban una política de izquierda, para favorecer la ampliación de sus votos, sumando electores conservadores que vienen de los tradicionales votantes del PAN y el PRI, y sobre todo, buscando la aceptación de la “mafia del poder” y los poderes fácticos (Salinas Pliego ya está, Elba Esther Gordillo, también).

La burguesía mexicana no podría pedir mejor administrador del conflicto, pero la burguesía de este país es ciega a sus oportunidades, si le pareció que Portillo nacionalizó la banca por comunista, Obrador le ha de parecer un ultraizquierdista.

Y por encima de todo está la puja por el dinero, quién administra los negocios, y como dice una canción de Serrat: “no me toques el dinero”. Ahí está la raíz de la violencia, la disputa por el control de los negocios: por eso no hay geometría política que valga, alianzas de izquierda-derecha se enfrentan a alianzas de derecha-izquierda; en un país en donde la distinción entre ambas consiste en que la izquierda besa la mano zurda del obispo, porque la mano derecha ya la besó el contrincante electoral.

¿Vale la pena atizar una resistencia física de los de abajo, jamás organizados para eso, por la disputa de los dineros y negocios arriba?

Más que eso, es necesario prepararse para una resistencia en escenarios todos adversos: con la continuidad del neoliberalismo, bajo un estado policiaco- militar y un presidencialismo que, sea del color partidario que sea, tendrá que obedecer a las directrices de los señores del dinero. Una primera promesa de la propuesta económica de Morena es respetar la autonomía del Banco de México: el intocable baluarte de la continuidad neoliberal.

Sin resistencias organizadas de manera autónoma e independiente, este país será avasallado por un capital voraz, genocida y ecocida. Nadie en las campañas electorales aborda ese tema: el capitalismo es un tabú intocable por la vía electoral.

La resistencia a esos escenarios tiene que organizarse sin subordinarse a esa clase política que, usando el neologismo acuñado por Michelangelo Bovero, podemos llamar, “ekistocracia”; el gobierno de una clase política (y empresarial) despreciable.

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