La reconstrucción… ¿qué reconstrucción? #CIG #CNI #EZLN

Babel

La reconstrucción… ¿qué reconstrucción?

Javier Hernández Alpízar

Para comprender qué clase de reconstrucción necesitamos, hace falta aclararnos qué es lo que está destruido.

Hasta ahora, la mejor formulación que he escuchado al respecto dice más o menos: “Lo que fue dañado no son edificios sino la vida social de las comunidades”.

Y es exacto: hay miles de viviendas derrumbadas o dañadas de modo grave o moderado, pero los cientos de muertos (y sus cientos de deudos, ¿cuántos huérfanos, por ejemplo?) y las y los miles de damnificados quedan no solamente sin un refugio material para vivir, sin un lugar donde cocinar, comer, bañarse, descansar, donde guardar sus pertenencias, muchos de ellos han perdido casi todo, algunos sin el casi, y lo que está roto es el mundo de la vida. Rota la economía, la vida familiar y comunitaria, el tejido social, el orden diario en el que nos orientamos para vivir y para producir y reproducir nuestro mundo humano.

Sin embargo, los huracanes y tormentas, los socavones y grietas geológicas en la Ciudad de México (delegaciones Iztapalapa y Tláhuac) y los sismos del 7 y el 19 de septiembre con sus miles de réplicas, son apenas el golpe más reciente a una sociedad mexicana devastada por casi 40 años de neoliberalismo, es decir, de destrucción de la producción social anterior, la que tuvo su momento menos ingrato para algunos en el “estado de bienestar”, en los años setenta.

Lo que las políticas neoliberales impuestas por el orden mundial reaganiano- tatcheriano hicieron en México fue destruir la economía nacional: destruir y devastar el campo mexicano y su incipiente industria (hoy hay que importarlo casi todo); expulsar población despojada, proletarizada del campo a las ciudades y del sur al norte, incluso a los Estados Unidos, bajo formas de control criminal de la migración de mano de obra; iniciaron una guerra contra la población mexicana reflejada en la violencia extrema contra las mujeres (feminicidios y violencia estructural y sistemática de género), contra las y los jóvenes (destruyó el “bono demográfico” y ahora la tendencia es inversa: a un futuro México de población anciana sin jubilación, pensiones ni derechos sociales y una menor población económicamente activa); destruyó todos los derechos sociales, laborales, y prácticamente también los derechos humanos elementales: derecho a la vida y a la seguridad personal, negando también la eficacia de nuestros derechos políticos; ha sido una inmisericorde guerra violenta, armada y psicológica contra la población, violencia que ha dejado miles de muertes y cientos de desapariciones, el empoderamiento de poderes de facto criminales sumamente agresivos e impunes; además de las mujeres y los jóvenes han sido diezmados los pueblos indígenas y campesinos, las y los luchadores sociales y defensores y defensoras de derechos humanos, las y los comunicadores; parte de lo mejor de las y los nuestros fueron asesinados, desplazados, o forzados a ir al extranjero a buscar un horizonte de sobrevivencia; y junto con el Estado y sus instituciones, al tiempo que este proceso ha atacado severamente a la población civil, ha devastado el medio ambiente, ha colapsado prácticamente el sistema hídrico nacional y no se puede hallar cuerpo de agua dulce no contaminado, y ha entregado parte del territorio nacional al extractivismo criminal de mineras canadienses y de otros capitales extractivistas.

Ahora, las y los damnificados todos, tanto los damnificados por los recientes eventos naturales (en realidad socio-ambientales) como las y los damnificados de casi 40 años de guerra del capital contra los pueblos y comunidades mexicanos (como ha conceptualizado acertadamente el zapatismo actual: guerra del capital contra la humanidad) tenemos que enfrentar la reconstrucción no meramente de unos miles de viviendas y patrimonio edificado que produjeron generaciones de trabajadores y trabajadoras, sino reconstruir nuestro organismo social (y su metabolismo pueblos- naturaleza): se trata de reconstruir la economía- ecología, el tejido social, las relaciones entre comunidades, grupos, familias, personas, generaciones, y todo el mundo de la vida: cultura, arte, ciencias, praxis, ética, política (otra forma de hacer política que sea controlada democráticamente por los gobernados y no por los señores del dinero y de la guerra).

Y además del esfuerzo titánico que esa reconstrucción de nuestro mundo cultural-social-económico.-político, lo tendremos que hacer contra el trabajo sistemáticamente saboteador y colonizador del Estado mexicano que está totalmente entregado a los capitales, y tendremos que lograrlo sobreponiéndonos a la fuerza represora de gobiernos, fuerzas armadas de diverso tipo (legales y no), corporaciones y megaempresas capitalistas.

Se trata de volver a la lógica de la producción social, la que tiene como fin la vida humana y la vida en general, la cultura humana, la civilización, frente a la lógica de la producción- destrucción capitalista que en su decadencia se ha vuelto una espiral de destrucción de los seres humanos y del planeta para explotar la lógica terrorífica de la “doctrina del shock”.

Desde la albañilería hasta la poesía, desde la agricultura y la industria hasta la educación, la ciencia, el arte y el pensamiento crítico, todo hay que levantarlo desde abajo y en abierta confrontación contra los megaproyectos de muerte del poder.

El reto es enorme, pero no podemos evadirlo, porque de lo contrario el futuro es de devastación socioambiental en una sociedad de esclavitud y consumo de chucherías (consumo vicario).

El capitalismo solamente puede seguir teniendo atractivo si renunciamos a la más elemental conciencia y consentimos seguir serruchando la rama en que estamos parados.

Por lo pronto, una opción clara es sumarse a la iniciativa de los pueblos indígenas autónomos organizados en el Congreso Nacional Indígena: que el gobierno sea un gobierno autónomo, un autogobierno, mediante el Concejo Indígena de Gobierno. Sacudirnos de la heteronomía de seguir subordinados a la élite político empresarial sería de gran ayuda para reconstruirnos como pueblos desde abajo, desde la raíz.

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