¿La seguridad de quién?

Babel

¿La seguridad de quién?

Javier Hernández Alpízar

 

Cuando ocurrieron los atentados letales contra las torres gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001 se trató de un acto tan sorpresivo que por un buen rato volvió verosímil que fuera apenas el inicio de un ataque que tendría más blancos.

En la transmisión masiva mundial, por la televisión, repetían cada tanto el mensaje de que el presidente de los Estados Unidos se encontraba a buen resguardo bajo protección militar.

En ese momento la sensación era que nadie en los Estados Unidos estaba a salvo de una sorpresiva muerte violenta, excepto el presidente Bush.

Años después, cuando quedó bajo el agua Nueva Orleans, el ejército yanqui tardó días en llegar al lugar de la tragedia, mucho más de lo que había tardado (horas) en llegar a bombardear Panamá, Irak o Afganistán.

Queda claro que la seguridad que le importa al poderoso aparato bélico estadunidense es la del presidente y la de sus intereses políticos y militares.

La seguridad del capital es lo que se llama “seguridad nacional” (y aun “seguridad internacional”) y, por supuesto, no incluye, e incluso excluye, la seguridad de las y los ciudadanos, aun de los países metropolitanos, cuantimás los de las colonias, protectorados y patios traseros del imperio.

La Bestia, ese tren de la muerte que lleva a sobrevivientes al trabajo semiesclavo en el norte, es una imagen clara del “nuevo (viejo y decrépito) orden mundial”:

En los contenedores, seguras y aseguradas, las mercancías, sujeto de todos los derechos otorgados por las metaconstituciones de los tratados de libre comercio, la Organización Mundial de Comercio, el derecho internacional, y vigiladas si es preciso por fuerzas armadas: pero por fuera, trepados en las tapas de los vagones, las y los trabajadores, incluidas niñas y niños, centroamericanos expulsados por la miseria y la violencia que el imperio sembró en sus países expulsores, viajando expuestos a caídas, mutilaciones, represión, desaparición forzada, trabajo esclavo, violencia sexual, de género y violencia a secas, objeto de las violaciones a todos los derechos humanos que las legislaciones internacionales prescriben, pero la real politik proscribe,

Carlos Montemayor comentó alguna vez que el concepto de “seguridad nacional” podría ser leído de una manera más amplia, generosa e incluyente:

Los estados tendrían a científicos, especialistas, profesionales estudiando, analizando, recopilando datos para inteligencia, ante cualquier posible amenaza a la seguridad ciudadana: terremotos, inundaciones, plagas, epidemias, ataques extranjeros, hambrunas, y el estado podría disponer recursos para prevenir y evitar esos desastres o para actuar de manera pronta y eficaz en caso de una contingencia: pero esa seguridad no existe.

Los ejércitos se dedican a cuidar la seguridad de las mercancías, su mundo, sus derechos y la burguesía que custodia su hegemonía.

Y eso no implica prevenir ni mitigar riesgos ciudadanos, por el contrario, implica producirlos al externalizar los costos de toda previsión social o ambiental para que los capitales no sufran por impuestos o regulaciones, mucho menos por huelgas, sindicatos, luchas obreras, derechos ciudadanos o insumisiones.

Por el contrario, “seguridad nacional” (e “internacional”) implica fiscalización, espionaje y represión a los ciudadanos, implica inseguridad ciudadana: basta observar cómo, en México, cada vez que los operativos de las fuerzas armadas se dirigen a un nuevo estado o región, precisamente ahí, crecen los índices de violencia, muertes y desapariciones ciudadanos.

El blanco favorito de esa guerra transexenal han sido los y las mexicanos: mujeres, jóvenes, pobres, campesinos, indígenas, activistas, periodistas, organizaciones de derechos humanos.

La seguridad del capital y de la clase político empresarial y militar que vigila sus intereses no incluye sino excluye y pisotea los derechos y la seguridad ciudadana.

Por eso, al igual que en 1985, en 2017 la verdadera solidaridad es entre pares, entre la gente de abajo. Esa solidaridad es la semilla de un mundo diferente y posible: un mundo de la ayuda mutua y la autogestión, de la autoorganización desde abajo.

Si la violencia del capital no destruye esas resistencias y si estas luchas logran acumular fuerzas para cambiar el sistema desde su raíz, algún día las personas, todas, podrán viajar más seguras, mucho más que los productos (¿aun mercancías?).

En ese mundo la seguridad será para las personas, y las cosas, los productos materiales, solamente serán un medio, y no un fin en sí mismos.

Esa jerarquía nueva de valores está en juego en la solidaridad para los estados afectados por el temblor como Chiapas y Oaxaca. La imagen de trabajadores centroamericanos trabajando en el rescate y la reconstrucción es una imagen de la semilla de ese futuro.

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