Violencia y poder

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Violencia y poder

Javier Hernández Alpízar

La discusión sobre la coyuntura actual, especialmente después de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el movimiento masivo por su presentación con vida, merece una revisión que trate de acercarse a las heladas aguas de la teoría. Un amigo me dice que hasta ahora se han hecho sólo consignas tuiteras, tipo #FueElEstado, que son verdaderas pero muy abstractas, hace falta detallar muchas cosas. Los zapatistas han anunciado que sacarán comunicados, algunos de ellos con consideraciones teóricas, así que, dejando de lado el epistemicidio y el pensar colonizado que es incapaz de reconocer elementos teóricos en el zapatismo actual, habrá que leer esos apuntes para todos, pero también hay que esforzarnos por pensar qué es lo que parte las aguas en una coyuntura de rispideces y personalización al grado del insulto: qué entendemos por política, por Estado, por participación, por acción política, por violencia, por no- violencia, por acción directa, por consenso, por gobierno, por anarquía, por ideología, por cambio social o revolución o reforma o qué estamos pensando y queriendo construir.

Es un momento en que debería a estar a debate en México todo, o casi todo, para comenzar: qué es ser de izquierda, qué es la dominación, cómo oponernos a ella, la posibilidad de acabar con ella antes de que sea ella la que acabe con nosotros.

Deliberadamente elijo para una reflexión inicial los conceptos de violencia y poder porque han sido elementos no reflexionados pero dados por supuesto, como si fueran obvios, en discusiones sobre las marchas, la acción directa, los compas encapuchados, la obsesión de la izquierda clasemediera progre por controlar al movimiento social, normarlo, disciplinarlo y encauzarlo al voto, etcétera.

La falacia con la que asustan a quien se deja es que solamente existen dos vías políticas: la pacífica, que equivale a las urnas, y la violenta, que equivale a la sangre y muerte. O nosotros o el caos. Este argumento es de derecha: con él obligaron a votar a los nicaragüenses contra su revolución y elegir a Violeta Chamorro. Ahí, además de la corrupción del FSLN que estaba convertido en el PRI centroamericano, como dijera un cronista de los noventas, contó el hecho de que los USA prometían guerra si perdía su candidata, y la guerra ya llevaba años, muchas muertes, lisiados, hambre, destrucción. En México ha sido caballito de batalla de los hipócritas panistas, le reprocharon al EZLN alzarse en armas y usar capucha y se negaron a escucharlos en el Congreso de la Unión en 2001, alegando que no escucharían a gente encapuchada y violenta, pero eso sí, desde que llegaron al poder con Fox siguieron el modelo de “justicia penal”, de investigación policiaca y luego de militarización del país impuesto por los Estados Unidos, este proceso inició con Zedillo y sus planes y programas de contrainsurgencia, la modificación de la policía y su militarización, pero Fox y luego sobre todo Calderón lo llevaron al extremo: más de 80 mil muertos, cientos, quizá miles de desaparecidos, desplazados, feminicidios, agresiones sistemáticas a migrantes, trabajadores, jóvenes, niñas y niños, viudas, huérfanos, saldos de guerra en tiempos formalmente de paz y supuestamente bajo una democracia normalizada y con alternancia de partidos en el poder a todo nivel.

Bastaría la reflexión sobre esa experiencia para mostrar la mentira de que las urnas son la alternativa pacífica a las armas. Como señala un compa marxista: la dictadura es parte de la arquitectura constitucional de cualquier república o democracia capitalista, está ahí en los artículos que hablan de suspensión de garantías y estado de excepción. Esa suspensión de garantías comenzó, si no es que antes, en Atenco, en mayo de 2006, pero a muchos no les importó porque tenían el triunfo asegurado en las urnas (sonríe, ya ganamos). Sin embargo, desde entonces este país es gobernado más por las armas y el poder del dinero y el crimen que por el poder civil y “pacífico”, sin embargo, la izquierda hace como si nada pasara e insiste en ir a las urnas, donde imperan el fraude y la trampa, y como candidatos, políticos extraídos de las fuerzas reaccionarias, pero además han comprado modelos, conceptos, prejuicios y teorías del compló de la derecha. Citaremos a un escritor que no es santo de nuestra devoción pero a quien tenemos que mencionar precisamente para no incurrir, como él no desdeña hacer, en el plagio: Eduardo Galeano ha señalado que cada vez que la izquierda se corre hacia el centro se aproxima a la derecha. Ese corrimiento a la derecha de la izquierda electoral mexicana es sintomático en muchas formas, una de ellas es la importación de sus retóricas e ideología o al menos su fraseología:

Se proponen como alternativa moral, como si el sistema capitalista (“capitalismo de compadres”, lo llaman algunos desarrapados teóricos) pudiera funcionar solamente con poner gobernantes honestos. Ese fue el discurso del PAN por sexenios, es el discurso de la derecha empresarial y cuando De la Madrid lo compró desde Los Pinos, Carlos Pereyra se lo criticó: la derecha pretende hacernos creer que sólo el Estado es corrupto, que ella (los empresarios de la oligarquía) es moral por definición y que un cambio de siglas y de personal hará la diferencia: ese discurso panista lo asumió AMLO y se puso el apodo de “Honestidad valiente”, tratando de vender el cuento de que con sólo quitar la corrupción el capitalismo será ahora en México por el bien de todos. Es mentira vil, además de que no son honestos ni los gobiernos de derecha ni de izquierda que ganaron al PRI diversos niveles de gobierno para repetir sus saqueos de los bienes nacionales, latrocinios, corruptelas y acomodo con las oligarquías y el crimen.

El otro argumento de la derecha que la izquierda ahora usa como petate del muerto es que si no vamos religiosamente a las urnas, solamente queda como alternativa la violencia, las armas, la guerrilla y la montaña. Como si las urnas en México no hubieran sido hasta ahora una de las armas del poder para seguir imponiendo un modelo predador del medio ambiente, colonizador de mentes, territorios y del “mundo de la vida” y además, perfectamente compatible con la violencia de muchos tratados de libre comercio, terapia de shock para la reforma neoliberal, la acumulación por desposesión (como llaman elegantemente los teóricos al despojo), y la violencia tanto de Estado como la semiprivada del crimen, densa, promiscua y complejamente entrelazada con el Estado.

No obstante, pretenden hacernos creer que si no votamos por ellos habrá caos, habrá anarquía, habrá ingobernabilidad y violencia, como si no fueran gobiernos de todo el espectro ideológico electoral (por los que unos u otros votaron) los que han mal gobernado a nuestros pueblos, territorios, ciudades y comunidades mediante la violencia y han traído sobre nosotros la desgracia y las miles de víctimas, de las cuales los 43 desparecidos en Iguala son solamente el botón de muestra hologramático.

Además, como antes hacía el PAN, ahora los comisarios del pensamiento, ligados a Morena y a la clase media lópezobradorista, pretenden condenar la acción directa y hasta el encapucharse. Me recuerdan a los embajadores en México de Guatemala, que se negaron a recibir de Superbarrio una carta porque “no hablaban con encapuchados”. Eso que antes solamente podía escucharse de Fernández de Cevallos es ahora diatriba de personajes sedicentes de izquierda como las Poniatowskas y Aristeguis: con esa “izquierda” ya para qué queremos a los panistas, pueden jubilarse y dejarles a ellas el changarro.

Detrás de toda esa confusión, agravada por la pereza mental y el temor, así como el autoritarismo contra toda crítica, está un prejuicio acerca de lo que es el poder, definido por la violencia. Max Weber define el poder político como el “monopolio de la violencia legítima”, es lo que el imbécil de Calderón defendía cuando decía que al Estado mexicano le corresponde el “monopolio del poder” (sic, y hip) o lo que Fidel Herrera decía en una conversación telefónica filtrada por panistas a Aristegui: “estoy en la plenitud del pinche poder”. Esa definición es correcta, pero no es toda la verdad. Una mujer formada en la izquierda y que desde ella retoma a Heidegger, Hannah Arendt, en una reflexión Sobre la violencia[1], invita a ir más allá de esa definición del poder (que viene de una tradición que se remonta a muchos clásicos, Maquiavelo y Hobbes nomás por poner los más conocidos), pero es insuficiente.

Luego ella misma propone una definición más profunda del poder: el poder es lo que podemos hacer todos juntos, la capacidad de producción, de acción, de praxis de un colectivo que puede ser desde una comunidad local hasta una nación.

Si el poder es lo que podemos hacer todos juntos, la violencia, las funciones represivas y el poder de declarar la guerra son apenas un poco de lo mucho que un colectivo puede hacer: Así como la guerra podemos hacer la paz, que es quizá más difícil, podemos tratar de producir la justicia, de ejercer radicalmente la democracia. (El uso de “radical” como una mala palabra me ha parecido siempre un claudicar del pensamiento crítico ante la derecha, algo como el querer ser “centro izquierda”.)

Por ende, decir que la política es una moneda de dos caras “urnas o violencia” es más que una falacia una suerte de idiotismo político. (Cf. Qué significaba para los griegos “idiota”, por ejemplo en un texto sencillito de Savater: Política para Amador.) Y una consigna de las teorías de contrainsurgencia estadunidenses, que usan sin empacho ambos recursos: armas y urnas, como instrumentos de contrainsurgencia y de dominación. Vean la experiencia de Guatemala, de todo Centroamérica de los ochentas a la fecha.

Esa suerte de primitivismo teórico político está detrás de “la histeria como método de análisis” que han criticado los zapatistas: se trata de controlar al movimiento social y ponerlo siempre detrás, debajo, subordinado y obediente al líder fetiche y santo patrono abogado de que no se rompa un solo cristal. Frente a ese simplismo político, los jóvenes que defienden la acción directa (violenta o no) hacen uso de su derecho a decidir y ejecutar ellos mismos sus acciones políticas (eso es lo que hace “directa” a la acción: que no hay una división entre los sujetos que deciden y quienes ejecutan; no hay una elite que elabora el programa, un candidato que convoca a una asamblea informativa ni una estructura burocrática que reparte los afiches, los volantes, las tortas, las playeras y los refrescos). Y es precisamente la irritación contra la gente que se organiza por su cuenta la que lleva a esa izquierda a pedir la represión contra esos jóvenes. Es un discurso altamente hipócrita, por un lado los llama “idiotas útiles” (cuando su mayor dolor es que no sean zombis útiles a sus candidatos) y los acusa de ser culpables (causantes) de la represión, desviando la crítica que debería recaer sobre la policía (de paso le hacen el favor de quitarle el reflector a Mancera, el brazo armado represor de EPN) y por otro lado, al acusarlos de “infiltrados”, “vándalos”, “violentos”, pide la represión policiaca para ellos.

Además de la hipocresía criminal de esa izquierda autoritaria y represiva, está su pobreza teórica: piensan el poder como “monopolio de la violencia legítima” y piensan que ese monopolio es como un objeto, por ejemplo un edificio con mobiliario todo inventariado, que se puede ganar por las urnas. Luego, cuando un héroe moral lo detente, el poder servirá para joder a los malvados. Es decir, la represión se justifica cuando viene de la izquierda porque es legítima y sólo es reprochable cuando viene de la derecha espuria. Barrabasadas, así han escrito palabras más palabras menos, o las han filtrado entre líneas, algunos de sus sinsajos.

Contra toda esa telaraña mental de la derecha y la izquierda podemos distinguir:

El poder no es lo mismo que la violencia: el poder como lo que todos juntos podemos hacer (consenso, autonomía, soberanía, poder popular, democracia directa, participación, asambleas, palabras más o menos, pero, ojo, no todas llevan al mismo modelo de acción política) incluye, como una de las muchas cosas que podemos hacer el uso de la violencia para defender los intereses del colectivo, de la legítima defensa a la guerra, pero no es lo único, y siempre se trata de ella cuando no queda otro recurso.

Además no todos los poderes son el mismo poder. Podemos distinguir el poder del pueblo como lo que todos podemos hacer juntos (construir el socialismo, tomar el cielo por asalto, intentar la anarquía, o decidir otra forma de vivir juntos como sujeto político) del “poder- sobre” que es siempre una dominación, como diría Enrique Dussel nunca puede ser legítimo, y se debe llamar siempre por su nombre: “dominación”. Dice Luis Villoro que izquierda es por definición estar “contra la damnación”, claro, como diría Dussel la dominación nunca es legítima, porque está contra mí (diría el individualista) o está contra nosotros (dirían los comunitaristas, por ejemplo los pueblos indios). Además, como toda dominación siempre genera resistencias y rebeldías (lucha de clases, para que se asusten los macartistas) necesita siempre de lo que sus teólogos, perdón, sus teóricos, llaman “monopolio de la violencia legítima”, es decir la represión.

El poder como lo que podemos hacer todos juntos es la fuente de legitimidad de un poder popular, diluido en el cuerpo social; y por otro lado, su alienación es la concentración de ese poder en uno solo (monarca o presidente) o en unos pocos, oligarquía, elite, especialistas en mandar. Una grave falla de muchas organizaciones sociales, de derechas e izquierdas, que pretendieron alguna suerte de democratización es que nunca han tenido un control de los delegados o representantes por medio de mecanismos como la revocación de mandato y otros controles de los líderes, que debieran ser meros delegados provisionales y rotativos, mandados por las bases, los verdaderos soberanos. En un país de caudillos, líderes “morales”, gurúes y candidatos vitalicios (y hasta hereditarios) todo eso suena a herejía extrema, pero sin ese control de los delegados por las bases no hay democracia posible, dejarlo todo a la “moralidad” (a cual más dudosa) de un líder es algo más que ingenuidad (en mi pueblo lo llaman con palabras un poco más fuertes).

Oponerse a la dominación implica cuestionar la legitimidad del poder, cuestionar la legitimidad del “monopolio de la violencia” que ¿por qué es legítima?, y eso se puede hacer de muchas formas, violentas y no violentas. La raya que divide las aguas no es entre violentos y pacíficos, sino entre quienes se oponen a la dominación y quienes la apoyan abierta o hipócritamente. El mayor cuestionamiento al poder que existe hoy en México son las autonomías indígenas, dentro de ellas están las más organizadas, y otras menos organizadas, pero la más preocupante para el poder, y por ello ha mantenido la militarización de su territorio bajo gobiernos panistas, priistas, perredistas, verdes, lópezbradoristas, los que quieran, es la de los territorios autónomos zapatistas en Chiapas.

Pero no es un modelo que se proponga a seguir como mero copiar: lo que nos invita a hacer es a revisar, cuestionar a fondo lo que entendemos por poder, por Estado, por ser de izquierda, por autonomía, por libertad, por desarrollo (si es que seguiremos usando ese concepto, con o sin adjetivos como el hipócrita y alcahuete “sustentable”).

Una propuesta para revisar críticamente todo eso y para construir una izquierda que asuma esos conceptos críticos es lo que está detrás de las críticas mordaces a sus líderes y sinsajos de la izquierda electorera. No los criticamos por “envidia del Peje” como dijera la mensa de Poniatowska. A crítica iconoclasta cumple la función de ir quitando obstáculos, si quitan del escenario a esa basura ideológica y a sus personeros, probablemente vean un vacío. Pero si ven ese vacío ya adelantaron mucho: entonces, podrán llegar a la conclusión de que la izquierda está por construirse. Ya en ese camino, puede que se encuentren a otros que caminan en esa dirección: los pueblos indios por ejemplo.

Será casi imposible evitar un lenguaje irónico, pero si tratan de ver más allá de él tal vez vean una discusión de ideas. Y si el lenguaje irónico y hasta satírico les molesta, recuerden las caricaturas mercenarias contra los zapatistas que algunos de ustedes circularon como el colmo de la agudeza, o las caricaturas verbales como otra campaña en Baja California Sur constituida solamente por leones marinos (irónicamente cuando el gobierno lópezobradorista que ustedes llamaban de izquierda privatizaba y extranjerizaba playas y maravillas naturales). Comparada con esas caricaturas contra nosotros, nuestras caricaturas contra sus líderes son bastante respetuosas, de ustedes y de los hechos, es decir: las nuestras sí están basadas en hechos públicamente constatables y no sólo en las calumnias de plumíferos despreciables como Rodríguez Araujo, Jaime Avilés o Julio Hernández Astillero. Hasta en eso podemos decirles con Cri Cri: “nosotros no somos así”.

Finalmente, esta vez promoverá un boicot electoral un actor central en el movimiento social hoy, los padres y familiares de los 43 normalistas de Ayoztinapa desaparecidos en Iguala, por cuerpos armados del Estado, bajo gobiernos perredistas (y el apoyo de un AMLO que ya estrenaba playeras de Morena) y el federal priista. Si los mercenarios que antes han calumniado a los zapatistas y luego a Javier Sicilia se dedican a calumniar a los guerrerenses abstencionistas, esperen de nuestra parte críticas mordaces contra todos esos plumíferos, de La Jornada o de donde sea, y chistes de tonos subidos contra toda esa izquierda momificada. Como decían los niños de mi época: no respondemos chipote con sangre.

[1] Se puede entontrar en pdf on line: http://bello.cat/Sobre%20la%20violencia-H.%20Arendt.pdf

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