El derecho de suspirar por Yves Montand no es para todos

Estado de sitio

El derecho de suspirar por Yves Montand no es para todos

Por Malú Huacuja del Toro

Especial para Zapateando Medios Libres

Como si el antipopular gobierno de Peña Nieto no estuviera entrenando a grupos armados y mandando policías estatales para desalojar ahora mismo de sus tierras a la comunidad indígena tzeltal prozapatista de San Sebastián Bachajón —que vive desde tiempos prehispánicos a la entrada de las hermosas Cascadas de Agua Azul—, para instalar ahí centros turísticos, probablemente casinos (con su equipaje de rigor: el narcotráfico), y convertir en maleteros empleados por los hoteles a los campesinos que hoy resisten, esta semana se inauguró en San Cristóbal de las Casas el Primer Festival Internacional de Cin(e)ismo (FIC). Y, como si los zapatistas no le hubieran declarado la guerra al gobierno de México el día que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC) hace 21 años, la ceremonia de apertura fue conducida con el mismo presidente de la misma institución creada por Salinas de Gortari para combatir la oposición de intelectuales y artistas al TLC… No es broma: Rafael Tovar y de Teresa, el presidente del Conaculta de ayer y hoy que en nada ha cambiado y sigue becando a los mismos de hace 20 años, inauguró el FIC de San Cristóbal de las Casas.

Además, como si en Chiapas no acabara de ser detenido por tortura y abuso de autoridad Enoc Díaz Pérez, alcalde perredista de Pueblo Nuevo Solistahuacán, Tovar y de Teresa le entregó primera Medalla Cineteca Nacional al legendario director griego Costa-Gavras, autor de películas de denuncia contra las dictaduras (entre las más famosas, Z, sobre la dictadura en Grecia, Estado de sitio sobre la dictadura uruguaya y Missing sobre la dictadura chilena).

Tampoco es broma.

No sólo eso, sino que el Festival incluyó un foro sobre cine y “compromiso social” en el que participaron los directores Diego Luna por aquello de que dirigió la cinemonografía César Chávez, ya es experto en cine de compromiso, se supone), Rodrigo Plá, Nicolás Philibert, Diego Quemada-Díez y Juliano Ribeiro Salgado, con la conducción de Jean Christophe Berjon.

Rossana Barro con Diego Luna en el Festival San Cristóbal

Tal vez por eso, en la inauguración, el público asistente coreó consignas en defensa de los estudiantes de Ayotzinapa, a lo cual el secretario estatal de Turismo, Mario Uvence, contestó una mentira: “Todas las voces son bienvenidas”, dijo, y continuó con el acto, a pesar de que el mundo entero sabe que eso no es verdad; que, en Chiapas, en un acto organizado por el gobierno, no todas las voces son bienvenidas. Las de los famosos que no van a arriesgar sus privilegios, sí, y las de los farsantes, también. Las de los parásitos del sector cultura estatal y federal, más. Y hasta las de los indígenas prehispánicos. Y hasta las de los zapatistas, siempre y cuando sean vistos como historia antigua: de ellos, para que no se diga que no van incluidos, el Festival exhibió un documental del siglo pasado (Un lugar llamado Chiapas, Nettie Wild, 1998), esto es, cuando ni siquiera había tenido lugar la Marcha del Color de la Tierra exigiendo el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés ni la formación de los caracoles zapatistas.

Supongo que no importa porque, a fin de cuentas, el invitado de honor, Costa-Gavras, es un cineasta de izquierda por excelencia y se exhibieron películas de “contenido social” además de las suyas, como Thule Tuvalu de Mathias Vonguten sobre el cambio climático, aunque ahí mismo en Bachajón se esté dando la lucha por la preservación del planeta. Tal vez no importe que la diferencia es que la comunidad prozapatista de Bachajón arriesga lo único que tiene —la vida— contra el sistema que provoca el cambio climático, mientras que los organizadores del Festival de Chiapas cobran del gobierno por preparar el transporte de los cineastas, la estancia y la proyección de una película sobre el calentamiento global. Ya con eso se sienten satisfechos porque consideran que cumplen con una responsabilidad ciudadana. En verdad, la sala de los gorjeos virtuales está hoy llena de aplausos a los funcionarios de cultura y artistas (que en México muchas veces son lo mismo), felicitándose por la buena idea que tuvieron de hacer este festival en Chiapas.

César Chávez, el mexicano que desafió a EU anuncian

Aunque, claro, para ellos no todos somos iguales. Hace apenas un mes, una de las organizadoras encargada de atender a los artistas invitados, Rossana Barro, quien aparece en fotografías muy sonriente junto a Costa-Gavras, ante una información incontestable que le envié sobre los políticos represores en México, me respondió:

Malú yo creo que tú estás enferma. Absténte de mandarme mensajes. Supéralo.*

Lo que demuestra que no siempre está tan interesada por la crítica social como parece estarlo junto a Costa-Gavras.

Porque sí: esa gente que trabaja para el gobierno en el sector cultura no es tan amable como parece. Pero supongo que eso tampoco importa mientras se siga haciendo “más cine” como ellos dicen, y los blogueros aspirantes a becarios tengan boleto pagado para ir a codearse con los famosos.

Rossana Barro no siempre se interesa por la crítica social

Supongo que no importa nada de eso, porque la sociedad chiapaneca está muy dividida y los coletos no siempre tienen la oportunidad de ver buen cine. Tal vez ni conocían Estado de sitio (1972) ni suspiraron nunca como yo en mi juventud por Yves Montand. La prueba quizás de que no importa es que no hubo un solo cineasta mexicano ni extranjero, ni un solo artista, ni una sola figura famosa —que son las únicas que importan, por lo que se ve—, que se negara a asistir a un estado que en guerra contra los pueblos originarios, en un momento tan doloroso para el país. No hubo ni un director que retirara su película del festival cuando se anunció el caso del alcalde acusado de tortura en Chiapas (¡al contrario!).

Pero a los demás, a los que no cobran de organizar y aparecer en estos festivales en un México convulso, les pregunto: si desalojan a la comunidad prozapatista que sostiene una resistencia pacífica, activa y real contra el cambio climático en las Cascadas de Agua Azul y el próximo festival que se inaugure sea en Bachajón, ¿ustedes están de acuerdo en ir a contaminar las lagunas, en votar para que haya casinos y circule la droga, y que los campesinos que antes trabajaron esas tierras ahora trabajen para Diego Luna como meseros en los hoteles, mientras él hace películas de cómo se organizan y se defienden los campesinos?

Costa Gavras recibe medalla de manos de Marina Stavenhagen

A mí muchos de los coordinadores del FIC de San Cristóbal de las Casas, además de acusarme de “enferma”, como la señora Rossana Barro, me consideran una ignorante, pero ya que de cine estamos hablando, les voy a explicar unas coordenadas históricas que no aparecen en los folletos turísticos de los artistas invitados al dicho Festival: uno de los guionistas de cine más renombrados y experimentados del mundo, Jean-Claude Carrière, le dedicó a Luis Buñuel —para quien trabajó en algunas de sus más famosas películas, como Bella de día y El discreto encanto de la burguesía— un libro que versa precisamente sobre Chiapas y, en particular, el origen del nombre de la ciudad donde hoy ellos brindan con vino rojo y comen opulentamente. Se trata de un nombre compuesto: San Cristóbal no fue de las Casas nunca. La ocupación militar de la Corona Española es su nombre de pila, y la compasión, su apellido, puesto así en honor a “ese nombre tumultuoso” —dice Carrière—, el fraile dominico Bartolomé de las Casas.

El libro se titula, simplemente, La controverse de Valladolid (La controversia de Valladolid, Belfond – Le pré aux Clercs, 1992, adaptado para la televisión el mismo año). Antes de que se apresuren a buscar el enlace en YouTube, permítanme platicarles algo al respecto para que puedan disfrutarlo. Escrito como solo uno de los mejores dialogadores del mundo puede hacerlo, este libro imagina un encuentro (que históricamente no tuvo lugar) entre los protagonistas de la famosa Controversia de Valladolid en la que la Corona y la Iglesia discutieron si los indígenas son o no seres humanos. Obviamente, a los conquistadores españoles, cuyo vocero fue el doctor universitario, Ginés de Sepúlveda —pues también para eso sirven los títulos universitarios— le convenía demostrar que no lo son, para evitarse lidiar con problemas religiosos al extraer sus recursos naturales —como los que se encuentran en la Selva Lacandona hoy en día, en las Cascadas de Agua Azul, por ejemplo, y como el petróleo— y al tratarlos como animales.

Costa Gavras con Tovar y de Teresa por si no hay otra foto

La contraparte del debate estaba a cargo de “un hombre inevitable”, apunta el autor, “ya muy célebre”: el gran defensor de los derechos humanos de los indígenas, nacido en Sevilla ocho años antes del “descubrimiento” de América.

La escenificación ficticia está basada en una disputa epistolar que sí ocurrió entre Las Casas y Sepúlveda en 1550 y que fue retomada en 1551. No es seguro que los adversarios se hayan conocido jamás en persona. Hoy, en la era digital, la Controversia de Valladolid habría tenido lugar en los foros virtuales y se habría hecho resonar en Twitter. El debate es una recreación de los textos intercambiados (“seguí escrupulosamente todo lo que pude leer y aprender —indica Carrière en su prólogo—. No inventé ninguna de las consideraciones teológicas, raciales y culturales”). Sigue, además, una forma de moda en aquel entonces: la del diálogo, que es la que a su vez utiliza Sepúlveda en su libro De las justas causas de la guerra, para dictaminar que los indígenas no tienen alma humana. En la discusión, Sepúlveda se troleaba a Las Casas con una argumentación asombrosamente similar a la que hoy se usa en redes sociales para descalificar la lucha zapatista y seguir defendiendo que a los pueblos originarios se les despoje de sus tierras: “No entienden el bien que les hacemos con nuestro progreso —con nuestros hoteles, con nuestro turismo, con nuestros festivales de cine, diríase hoy—; no son como nosotros, tan civilizados; son violentos —o vándalos, diríase hoy, secuestradores de camiones y anarquistas, anunciaríase hoy—, y practican sacrificios humanos”. Bartolomé de las Casas le responde con lógica igualmente aristotélica al traductor de Aristóteles:

—Si para vosotros los indígenas no son “humanos”, ¿cómo es posible que practiquen sacrificios “humanos”? Si no tienen alma “humana” y son animales, ¿por qué les cubrís los genitales y pedís decoro?

Sepúlveda pone en labios de Demócrates justificaciones para las acciones de Hernán Cortés a la manera como hoy Rafael Tovar y de Teresa y Marina Stavenhagen con sus premios ponen en boca de Diego Luna o de Costa-Gavras una justificación para que haya más hoteles en Chiapas y, con “suerte”, en un futuro, casinos que atraigan más narcotráfico, sin cambiar de raíz el sistema que no solamente está acabando con el campesinado mexicano sino con el planeta. Son el rostro “razonable” de la guerra de exterminio.

La pregunta, una vez más es: si ganan ellos, ¿estarían ustedes dispuestos a asistir al Festival Internacional de Cine de las Cascadas de Agua Azul o de Comitán donde les proyecten un re-make de La Controversia de Valladolid muy bien filmado y un documental sobre cómo fue la rebelión zapatista en 1994?

Rossana Barro con Costa Gavras

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