La petición de principio de la izquierda electorera

Ustedes no son Ayotzinapa

Babel

La petición de principio de la izquierda electorera

Javier Hernández Alpízar

El año 2014 fue marcado por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y por la dignidad firmeza y determinación con la que sus 43 familias han luchado por justicia y para que les devuelvan a los suyos. Esa firme y digna lucha logró despertar a una nación que más que dormida estaba pasmada ante su propio dolor, el horror, la rabia, el desconsuelo. Los normalistas han dicho que el caso de sus 43 compañeros es un parteaguas, que divide todo en un antes y un después.

Y en gran medida lo es, en un país donde los parteaguas han sido ignorados por un sector de la población empeñado en una forma de hacer política que por donde quiera que se le mira hace agua. No debiera ser ningún orgullo y más bien debiera ser una gran vergüenza para la izquierda electoral y para quienes se empecinan en medir todo desde el rasero de sus candidatos, líderes y campañas, que han sido esa izquierda y sus gobiernos una comparsa más al lado de los partidos de la derecha en estos años sangrientos desde 2006 a la fecha: sus territorios gobernados, municipios, estados y el Distrito Federal, no han sido la excepción en el avance del colonialismo rampante, la acumulación por desposesión, la corrupción y la connivencia con el crimen, la violencia impuesta por la visión de la derecha del control social de la población mediante el terror: a los nombres de Fox, Calderón y Peña se pueden agregar con toda justicia los gobiernos contrainsurgentes que las alianzas del PRD- PT y Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano), en ocasiones con el PAN, y en más de un caso con la participación de la franquicia electoral llamada López Obrador (hoy Morena), llevaron al poder en estados con fuerte presencia indígena, luchas por la autonomía y el territorio, como en Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán. En todos los casos, chuchos y pejes se pusieron al servicio de los viejos cacicazgos priistas, así como en el DF mantuvieron el status quo de los empresarios del salinato y hasta de sus gobernantes (Ebrard, Mancera, Ortega, los policías encargados del orden social neoliberal en el DF, bajo el esquema comprado por Carlos Slim y AMLO al derechista Rudolph Giuliani). El resultado ha sido una política contrainsurgente para sofocar, o al menos intentarlo, a las resistencias indígenas, populares, campesinas y urbanas. Quienes no se han dejado cooptar y se han empeñado en construir un sujeto social autónomo han pagado su obstinación con dura represión como los estudiantes de la UNAM, los zapatistas actuales, Atenco, la Oaxaca de la APPO, las autonomías indígenas de Guerrero y Michoacán e incluso el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (especialmente el linchamiento de Javier Sicilia por los columnistas de López Obrador).

De manera que no es un hecho aislado, la complicidad de esa izquierda PRD- PT- Convergencia- Morena y especialmente AMLO con Aguirre, con el precandidato de Morena Mazón y con el presidente municipal de Iguala: Abarca, llegado al poder con el arrastre electoral de AMLO. Así como esa izquierda es cómplice de los criminales, por el hecho de haberlos llevado al poder, antes fue cómplice de la contrainsurgencia paramilitar de los gobiernos de Salazar Mendiguchía y de Juan Sabines (a quien AMLO apoyó directamente en campaña, lo mismo que a Aguirre en Guerrero) e incluso de los paramilitares del PRD que existen desde 2003 y que jamás se molestaron en investigar ni mucho menos separar del partido, al grado que formaron parte de las redes de AMLO en 2006. Todos estos hechos, graves, fueron ocultados, minimizados, simplemente ignorados por los políticos de esos partidos y por el contrario, sus propagandistas, especialmente en La Jornada, se sumaron a la ola de calumnias contra el EZLN solamente por el hecho de que los zapatistas denunciaron a esa izquierda hipócrita y le dieron la espalda desde 2001, por su la traición a los Acuerdos de San Andrés, pero con escándalo de esa clase política corrupta en 2005- 2006 ante la palabra de los zapatistas retando a esa izquierda a un debate que jamás aceptaron. Gobiernos cercanos a AMLO, como el de Baja California Sur, privatizaron y extranjerizaron las playas, y en el DF han entregado la ciudad a los capitales de toda clase (especialmente a Carlos Slim) para el proyecto de ciudad de clase mundial o ciudad mercancía que hoy muestra las costuras con su represión, brutalidad policiaca, presos políticos y uso de la policía para defender la política del PRI en el gobierno federal, además de la corrupción que se oculta bajo el tapete y sale en costuras como la línea 12 del metro.

Sin embargo, una suerte de autismo y cinismo combinados de esa izquierda y de sus incondicionales los ha convertido en lo que Ramón I Centeno ha llamado muy bien, usando conceptos del sociólogo Max Weber, una “comunidad carismática”, comunidad que ha sustituido todo pensamiento racional, toda autonomía de pensamiento y acción, y todo interés por un debate de hechos, información verificable, fenómenos políticos e ideas, por la simple arrogancia de llamarse a sí mismos la izquierda y pretender acallar toda crítica arguyendo que criticar a su líder fetiche o a sus figuras consagradas es equivalente de apoyar a la derecha: cinismo mayúsculo cuando precisamente son sus líderes y sus estructuras partidarias quienes han cogobernado con la derecha, participado de su contrainsurgencia, compartido su corrupción e impunidad y ha sido la derecha priista la principal proveedora de candidatos y candidatas ayer de sus coaliciones PRD- PT- Convergencia y hoy de Morena, como ya se ve con la candidatura de la política de extracción priista Layda Sansores.

Cuando los defensores de esa política de la resignación, la comparsa y la autocomplacencia nos invitan a ver al verdadero enemigo, el PRI y el PAN, olvidan que el primero es su proveedor de líderes y candidatos y el segundo ha sido su frecuente compañero de fórmula electoral.

Una exhortación a un debate más profundo, o más de altura o más de fondo o la metáfora espacial que les guste, suena forzada cuando parten de la petición de principio de definirse como la izquierda, y definir su agenda electoral como la agenda política nacional. No se puede partir de esas consideraciones precisamente porque son falsas para nosotros: qué es ser de izquierda en México es algo que está en crisis, está por debatir: no se puede cerrar los ojos a la complicidad de AMLO y Morena en el caso Ayotzinapa y simplemente hacer como si nada hubiera pasado. Antes lo han hecho ante la contrainsurgencia perredista en Chiapas y en otros estados, pero ese silencio cómplice es ya insostenible.

Los familiares de los desaparecidos de Ayotzinapa van a llamar a un boicot electoral en Guerrero y muy probablemente la red de solidaridad con ellos extienda ese boicot a otros estados e incluso lo intente hacer a todo el país. ¿Qué van a hacer en respuesta, difamarlos y calumniarlos como antes hicieron con los zapatistas y con Sicilia? El argumento falaz de que criticarlos es hacerle el juego a la derecha ya no funciona porque han sido precisamente ustedes y sus coaliciones quienes le hicieron el juego a la derecha y a la contrainsurgencia, y fue precisamente la total ausencia de crítica y hasta el linchamiento de los críticos de su líder, lo que los ha hundido en la complicidad con la corrupción, el crimen infiltrado en sus filas y el autismo político y moral que los ha convertido en comunidad carismática, el equivalente de los rezanderos, como llaman sus críticos al sandinismo corrompido que está en el poder en Nicaragua.

Si no reconocen que la izquierda en México está a debate y que no pueden partir del dogma de que AMLO y su franquicia electoral son la izquierda, cualquier propuesta de debate será como esos memes que circularon en los últimos días del 2014 y que decían: “se busca relación seria por lo que queda del año”. Si parten para su propuesta de debate de que AMLO es la izquierda actuarán como quienes para convencer a un ateo de la existencia de Dios le argumentan: “la Biblia lo dice”. Piensen que somos, a su fanatismo electoral, lo que fueron los ateos y escépticos a la teología tradicional: el carisma de su líder no hace efecto en nosotros, y si no pueden debatir los hechos que señalamos, porque son incapaces de reconocer los errores de sus líderes, los escucharemos con la paciencia con la que un ateo furibundo oye a un predicador religioso una mañana de domingo. De hecho, escribe todos los domingos uno de sus columnistas de La Jornada, Rodríguez Araujo (profe de AMLO), que a menudo citan como evangelio y que nosotros leemos con la seriedad con la que se lee a un embustero poco simpático.

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