La palabra de abajo

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Babel

La palabra de abajo

Javier Hernández Alpízar

Ha iniciado el Primer Festival de las Resistencias y las Rebeldías contra el Capitalismo y la palabra central, la que como convocantes tendrían los representantes del EZLN, les ha sido cedida a los familiares de los normalistas desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa. Es un hecho significativo porque para los zapatistas, como para mucha gente de abajo y a la izquierda (usamos la frase, porque tiene mucho sentido como ahora veremos, no es un mero eslogan) la palabra es acción.

Aunque para muchos sectores de la población mexicana, de todos los niveles sociales, pero sobre todo los adaptados y aun sobreadaptados a la dominación, la palabra es una mercancía, y por ello en muchos casos su mayor crítica de la realidad es una suerte de nominalismo, un escepticismo frente a las palabras, las cuales perciben como instrumento de dominación, o como meros instrumentos de intercambio y de simulación, para algunos de los sectores que desde abajo se oponen a la dominación la palabra propia es compromiso: los zapatistas comunican con su palabra y con sus acciones, incluso con su silencio. Por ello ahora guardan silencio y ceden la palabra a los familiares de las víctimas y piden a todos los interesados en el Festival de las Resistencias y Rebeldías que la escuchen.

Mientras que para los profesionales de la política no sólo la palabra sino la acción misma son sólo propaganda, diseñada para mantener la marcha a la próxima elección (por ello ponen en su agenda solamente los temas que pueden ser trendig topic y cuando las víctimas dejan de ser centro de atención, les dan la espalda como elementos electoralmente inútiles), para los zapatistas, los indígenas organizados en el Congreso Nacional Indígena y los sectores comprometidos con una lucha desde abajo contra la dominación, la palabra es acción, es compromiso.

Ha sido muy difícil para muchos entender la propuesta zapatista de escuchar, porque esperaban que salieran a ordenar, a decir qué había que hacer, pero poco a poco el oído de abajo se ha ido entrenando para escuchar, para poner atención. Por otra parte, no es la primera vez que los zapatistas dejan el foro a las víctimas y a quienes están protagonizando una lucha por sus presos, sus muertos, sus desaparecidos, ya lo hicieron antes cuando se reanudó la caravana de la Otra Campaña, tras el intento fallido de liberar a los presos de Atenco con movilizaciones inmediatamente después del conflicto: en el recorrido por el norte del delegado Zero iban representantes de Atenco y luego también de Oaxaca explicando a la gente lo que estaba pasando con su lucha. Por otra parte, la Otra Campaña fue un recorrido para escuchar la palabra de abajo, los medios nunca pudieron reflejarlo porque la palabra de la gente de abajo no es noticia y esa caravana no llevaba “padrinos” que tradujeran esa palabra al lenguaje de los mass media. Luego, en una de las festividades de diciembre (2006) por el aniversario del alzamiento zapatista, la prensa internacional y los visitantes llegaban a los caracoles zapatistas y se encontraban que estaban poniendo videos sobre la lucha de Oaxaca, que era en ese momento la que convocaba la movilización como hoy lo hace Ayotzinapa.

Los zapatistas conocen por experiencia la arrogancia y el oportunismo de la izquierda electoral, la manera como pretenden ser los dueños de la “agenda nacional”, los depositarios de la representatividad universal y vitalicia de la izquierda, y cómo pueden dar la espalda a las víctimas de la dominación (incluso sus víctimas, en la medida en que los gobiernos de la izquierda se han vuelto funcionales, parte de la dominación) pero pretenden ser los herederos de todos los movimientos sociales, desde 1968 o desde las luchas del siglo XIX. Conocen el hábito de esa izquierda despótica de reconocer solamente su agenda y sus acciones como la lucha social en México y acusar a quienes no se subordinan a ella de “haber dado la espalda a la lucha popular”.

Por ello decidieron dar la palabra a los familiares de los normalistas de Ayotzinapa, porque saben que la palabra de abajo es clara y directa, que no necesita de quienes se arroguen su representación o el ser sus albaceas. Así mientras la izquierda de arriba se empeña en borrar toda disidencia, silenciar toda crítica, negar todo lo que no se le subordina y fagocitar las luchas para convertirlas en el valor de cambio de su capital electoral, los pueblos indios de México, especialmente los organizados en el zapatismo, ceden el foro a los normalistas.

Si el lector no los ha escuchado aún, sería recomendable que buscara los audios en la red de sus ruedas de prensa e intervenciones en mítines, o mejor, que busque las probables transmisiones en vivo de la palabra de los normalistas por los medios libres. Encontrará que ahí no hay confusión acerca de quiénes son sus compañeros y contra quiénes luchan por sus desaparecidos, por justicia, por defender sus escuelas, su dignidad, su derecho al futuro.

En México, falta llevar la rabia, la indignación y el compromiso con las movilizaciones a la organización; falta elevar el nivel del debate y el discurso desde las consignas tuiteras como “Ya me cansé” a una palabra más clara. Una pista para poder comenzar esa decantación de la palabra y de la acción está en el camino y en las palabras de la gente de abajo. Porque arriba todos quieren que las cosas se olviden (“supérenlo”) y se callen, que todo regrese a la normalidad electoral, negocio de los partidos y de la clase de los profesionales en capitalizar las luchas para su permanente campaña electoral.

Lo que arriba se percibe como un mercado de voluntades para los próximos comicios, abajo se vive y se padece como una guerra que ha dejado ya una cauda de miles de muert@s, desaparecid@s y desplazad@s y está dejando sin territorio a los pueblos y los barrios de México. Por ello mientras arriba se empeñan en ordenar, normar, reglamentar y controlar el movimiento social, abajo los rebeldes se empeñan en no subordinarse, en desbordar esos controles, en abrir paso a la palabra y la acción de quienes han soportado esa guerra para cambiar su destino de muerte por uno de vida.

Arriba no pueden comprender eso: para ellos, incluso las víctimas son monedas de cambio electoral y de cambio a secas o no son nada. Toda la energía social que no puede capitalizar su candidato es para ellos energía “desperdiciada”. El tiempo dedicado a la reflexión y la crítica es meramente tiempo gastado o perdido. La lucha que no se cristaliza en una credencial de elector es simplemente inexistente.

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