Vicente Leñero, los sanos vandalismos y las Inquisiciones

Ya desencapuchamos a esos vándalos

Babel

Vicente Leñero, los sanos vandalismos y las Inquisiciones

Javier Hernández Alpízar

La Talacha periodística de Leñero

Por diversas razones, recientemente me he acordado de algunos artículos periodísticos de Vicente Leñero, compilados y publicados con el popular título de Talacha periodística. El volumen incluye un cuento, publicado originalmente en la revista Claudia, donde la voz narrativa la lleva una chica fresa, la protagonista de la historia. Dicen que es hoy una suerte de moda que autores hombres escriban en voz femenina, pero en ese cuento de los setentas Leñero lo hace excelente: una fan de Raphael, cantante ídolo de masas de aquellos años. En una línea, un personaje secundario, un pariente español de la niña, tío o algo así, hace el único comentario político del cuento, una cápsula de política en la revista Claudia: “esa clase de verdaderos cantantes populares solamente pueden florecer bajo un régimen como el del generalísimo Franco”. Pobre cantante, con un elogio breve lo hizo talco. No se me ocurre una línea así, breve y rotunda, para los rock stars o los cómicos que alcanzaron éxito y fortuna mientras sus países vivían dictaduras o gobiernos autoritarios en nuestra América.

Los sanos vandalismos

Recordaba esa breve antología de trabajos periodísticos porque hace una crónica de cómo Miguel Alemán Valdés está a punto de pasar a la historia bien calificado por una obra faraónica, la Ciudad Universitaria, pero en el último momento alguien decide incluir en el campus una efigie del presidente, encontrada de manera tan improvisada que se parece a Stalin y queda ahí para la ignominia, porque frecuentemente es pintarrajeada, manchada, cubierta de huevazos y usada como objeto de escarnio cuando los estudiantes necesitaban simbolizar su aversión al poder autoritario. Finalmente, alguien le puso un explosivo que le voló la cabeza y la efigie quedó ahí hasta que, durante unas vacaciones, las autoridades la retiraron discretamente.

Esa voladura de la cabeza de Alemán seguramente enojó mucho a la derecha entonces y fue calificada de vandalismo y delincuencia, pero incluso entre algunos profesores, aun a finales de los años ochenta, había una noción menos policiaca contra el “vandalismo”. Uno de ellos, que ya está jubilado y no da clases en la UNAM (para que no vayan a mandar una expedición punitiva de la policía de Mancera, que recientemente se ha visto atraída por CU), comentó en una de sus clases, hace 20 años o más, que durante una huelga algunos universitarios habían encontrado un piso de la Torre de Rectoría con una cava de vinos y licores finos, caros, importados, en medio de un lujo que uno solamente podía imaginarse que el rector y sus cuates eran servidos por conejitas de Playboy o algo así. El enojo y la indignación de los huelguistas fue tal que, tras saquear la cava, destrozaron el lugar, lo cual el viejo maestro calificó de “sano vandalismo”.

Los “vandalismos” del ayer, los de los años setenta, como el que cuenta Leñero en su crónica sobre Ciudad Universitaria, al parecer resultan perfectamente aplaudibles, memorables, reivindicables como currículum. Incluso Elena Poniatowska, recientemente activa en la detracción de jóvenes que practican la acción directa, pone como hazaña notable de un animador cultural haber sido quien voló esa estatua (aunque nomás le voló la cabeza, pero Poniatowska suele tergiversar información y escribir gazapos a granel): “Díaz Enciso es un hombre silencioso, cuya inteligencia se revela en la serena mirada con la que, atento, contempla lo que lo rodea esperando el momento oportuno para emitir un juicio. Humanista, su deseo de saber lo llevó a estudiar en Ciencias Políticas, Filosofía y Economía. También lo hizo en el Instituto Politécnico Nacional mientras veía pasar a Ernesto Zedillo desde La Fogata, el café de la esquina en el que discutía con sus amigos. Así, con su dulce sonrisa, fue él quien dinamitó la estatua de Alemán en la explanada de CU, que después fue cubierta con láminas para protegerla sobre las que después pintaron José Luis Cuevas y Alberto Gironella. Con esas mismas láminas Fernando Díaz Enciso construyó las primeras aulas de la Escuelita Emiliano Zapata. Una de sus maestras, proveniente de la Universidad, fue por cierto Julia Carabias.”[1] (Subrayado nuestro).

De manera que los actos de “vandalismo” de los años setenta son heroicos y se pueden incluir en la semblanza de un activista reseñado, pero los jóvenes que se tapan el rostro y se enfrentan con la policía del gobierno perredista de Mancera y la policía federal de Peña Nieto, esos sí son reprensibles, pseudoanarquistas, “idiotas útiles”. Solamente son buenos y santos los “violentos” del pasado. A los de hoy, que se los cargue la chota. Poniatowska no solamente condenaba a todo encapuchado, sino que decía que los verdaderos anarquistas eran los Flores Magón y Durruti, pero ¿sabe que los Flores Magón promovieron una y otra vez alzamientos armados, incluso antes del llamamiento a las armas de Madero? ¿Sabe que incluso promovieron una invasión armada de las Bajas Californias ingresando desde California, Estados Unidos, por lo cual los acusaron de “polkos”, como si fueran mercenarios de una potencia extranjera? Seguramente si Aristegui los entrevistara con la lógica que entrevistó a Sandino Bucio lo haría para acusarlos de vándalos que arruinan la protesta pacífica o si hubiera entrevistado así a Lucio Cabañas le habría preguntado quiénes más participaron con él en el secuestro del candidato a gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa. ¿Sabe Poniatowska que Durruti fue líder de una columna guerrillera anarquista en la guerra civil española, guerrilleros anarquistas que no solamente mataban a sus enemigos en combate sino que en ocasiones fusilaban prisioneros? Pero Poniatowska se ha de imaginar que los Flores Magón y Durruti eran anarquistas de caramelo que si vivieran hoy la protegerían a ella de sus posibles increpadores como el pseudoanarquista Taibo II en la FIL de Guadalajara o se dedicarían a buscar el voto por quienes llevaron al poder a Abarca y Aguirre en Guerrero. Pero qué se puede esperar de una autora de gazapos como Poniatowska, quien en la reseña citada escribe la barbaridad de que los invasores (invasión que tuvo sus momentos violentos, balazos, en pleno sexenio de Echeverría, ¿lo sabe Poniatowska?) llegaron al Pedregal de Santo Domingo para edificar “sobre la lava, en una tierra inhóspita en la que sólo vivían piedras y víboras”. (doble sic)[2] ¿Cuáles sistemas constructivos permitirían edificar “sobre la lava”, en lugar de sobre piedras de origen volcánico? ¿Y a qué tierra mágica llegaron los invasores que encontraron no sólo víboras sino piedras vivientes? Poniatowska, en su atarantadez y falta de sentido, común los pone en una tierra feérica donde se pueden hacer casas sobre la lava y ahí, ya que está suspendido el orden natural de las cosas, no sorprende que hasta las piedras estén vivas.

El actual Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición

Pero he recordado más los viejos trabajos de talacha periodística de Leñero por un texto donde cuenta cómo Iván Illich fue juzgado por una tal oficina para la defensa de la fe, del Vaticano, que es la versión en el siglo XX del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. El Vaticano, por medio de esa SEIDO ideológica referida, lo espió y finalmente le mandó un cuestionario policiaco. Iván Illich se negó a contestarlo, en lugar de ello mandó al Vaticano una carta explicando los motivos de su negativa. Les dijo que el cuestionario no era evangélico (en laico: era una ojetez) porque no solamente lo interrogaba sobre sí mismo (pidiéndole autoacusarse) sino que le pedía delatar a algunos hermanos: le preguntaba por sus relaciones con el obispo Méndez Arceo, con Fidel Castro, con Ernesto Guevara (estos dos últimos, hombres de armas, guerrilleros, militares, para que se asusten las Poniatowskas y Aristeguis). Entonces el Vaticano le pidió seguir oficiando como sacerdote pero guardar silencio (censura sutil si las hay), a lo que Illich respondió dejando de oficiar como sacerdote pero continuando su labor con la palabra y el pensamiento.

Por cierto, Javier Sicilia, quien es discípulo directo de Illich, debería comprender que hay cuestionarios e interrogatorios policiales, inquisitoriales, nada evangélicos y, bastante ojetes, en el sentido en que dice Alejandro Solalinde que, antes que cristianos u otra cosa, tenemos el deber de no ser ojetes. Javier Sicilia debería cuestionar, ya que Aristegui lo entrevista con frecuencia: por qué Aristegui interrogó como policía a Sandio Bucio, obligándolo en cadena nacional a autoinculparse y pretendiendo que delatara a otros. Así como la Inquisición pretendió juzgar a Iván Illich, así Poniatowska juzga y condena a los anarquistas actuales (ignorando la tradición anarquista de lucha armada como las de Durruti y la de los Magón) y Aristegui exhibe en su sitio web fotos de anarquistas, exponiéndolos a la represión, así como revictimizó a Sandino Bucio, quien venía de haberse salvado, gracias a la difusión y la movilización, de una desaparición forzada y de haber padecido tortura. Ese papel policiaco no se puede esconder detrás de un supuesto “profesionalismo”, los militares son profesionales cuando matan, los torturadores cuando torturan, los policías cuando reprimen, pero su profesionalismo no puede impedir que se les critique y que se diga que violan derechos humanos. Por cierto, cuando Aristegui entrevista a una víctima de desaparición forzada y lo revictimiza y lo expone a una nueva represión policiaca, también ella viola derechos humanos.

Regresando a los artículos de Leñero, en su lectura no solamente hallamos al excelente escritor que ha sido ponderado por todos tras su muerte: sino a un hombre comprometido, un cristiano de izquierda, conocedor de la tradición de pensamiento crítico de la teología de la liberación y del pensamiento de lllich. Leñero fue mucho tiempo parte del consejo directivo de Proceso, incluso fue subdirector del semanario. Proceso ha ido naufragando por su fascinación por el crimen organizado: ha llegado a publicar una entrevista a un capo con foto en portada de Scherer al lado del tipo. Para la entrevista, que no reveló periodísticamente nada, el líder intelectual y moral de Proceso se sometió a las reglas de clandestinidad del criminal, expuso su propia vida incluso. Y no se dedicó a delatarlo, ni lo intentó siquiera. Pero el periodismo comercial puede tener esas reglas de caballeros para entrevistar a capos del narco, finalmente hombres de poder, y en cambio dedicarse a criminalizar a jóvenes anarquistas, sin importarles que eso acarre sobre ellos más represión. Alguna vez Proceso encabezó una entrevista con una víctima, un viejo que buscaba a sus desaparecidos, con un “si me matan me harían un favor”, titular tremendista y amarillista si los hay. Al entrevistado lo asesinaron y Proceso seguramente no acusó recibo del hecho, mejor sigue peleando porque el gobierno le dé la publicidad a que tiene derecho como medio comercial de amplia circulación.

Ojalá Vicente Leñero, así como pidió que el manual de periodismo que llevaba su nombre al lado del de Carlos Marín dejara de llevar su nombre, para que en ningún lugar estuviera al lado del de ese nefasto, hubiera hecho algo para que Proceso no perdiera el rumbo y se volviera un medio autoritario que distingue entre la protesta de elite y los “vándalos”. Después de todo, cuando Carlos Marín dejó salir completamente al patán reaccionario que es hoy en Televisa y Milenio, solamente desarrolló la larva ambiciosa que hizo su carrera en Proceso. Parece que Aristegui está saliendo completamente del capullo, la policía del pensamiento que se oculta detrás del aura de profesionalismo. Por algo ha llegado a ser vital para MVS y su negocio noticioso y por algo está, según Forbes, entre las 50 mujeres más poderosas del país. Claro, desde ese poder, tenía que cargar contra los anarquistas.

Si tengo que elegir entre esa elite censora de las Poniatowskas y las Aristeguis, versión mediática de la Inquisición, y las víctimas de la represión, me pongo del lado de las víctimas, aunque eso no dé popularidad ni aura de “inteligente” a ojos de presuntos expertos como Buscaglia y adláteres.

[1] Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2000/10/21/05aa1cul.html

[2] En la misma reseña citada.

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