El macartismo de la clase media progre

Parece que a Carmen Aristegui no le alcanza

Babel

El macartismo de la clase media progre

Javier Hernández Alpízar

Debo confesar que cuando José Villaseñor Monfort (ni modo, prorroguemos un poco sus cinco minutos de fama) opinó en Facebook que detrás del afán de encontrar infiltrados había una mentalidad como la que veía brujas en el medievo pensé que exageraba. Ingenuamente creí que las personas pueden entender que hay diferencias claras, no sólo semánticas sino empíricas, entre un infiltrado, un encapuchado, un anarquista, un violento y un vándalo. Pensé que alguien puede entender que la gente que se manifiesta puede ejercer su derecho a la autodefensa sin por ello ser un infiltrado, que puede encapucharse sin por ello ser un infiltrado, que los anarquistas son mucho muy diversos entre sí y no son sinónimo ni de violentos, ni de encapuchados ni, mucho menos, de infiltrados. Pensé, equivocadamente, que es perfectamente natural respetar el derecho de manifestarse de la gente y condenar el uso de infiltrados por parte del Estado porque son cosas muy distintas. Craso error, la campaña de linchamiento del estudiante de la Facultad Filosofía y Letras Sandino Bucio por parte de cierto sector progre, iniciada con una entrevista policiaca digna de la SIEDO, realizada por Carmen Aristegui (cuyo noticiero en MVS es el más escuchado de su horario, el que más cara cobra la publicidad a bancos y gobiernos de estados como Oaxaca y Veracruz) con dolo, saña y mala leche.

En efecto, en el imaginario de la clase media progre quedaron apelmazados los términos: encapuchado, violento, anarquista, revienta manifestaciones e infiltrado. Semejante abuso de las palabras viene de un pensamiento muy autoritario, de la derecha: es el tipo de ideología antes anticomunista y hoy antianarquista con el que adoctrinan a los espías y a los represores desde la derecha y el poder. La pregunta es: ¿por qué ahora compra tan fácilmente ese discurso y esa práctica delatora y represiva un sector supuestamente progre de la clase media, comenzando por quienes le forman opinión desde un noticiero que se transmite por radio, televisión e internet y que marca la agenda de otros medios impresos y de internet, junto con otras publicaciones ya de tradición macartista como La Jornada y Proceso?

Criticar la actitud policiaca de Carmen Aristegui, su macartismo y papel delator (publicar fotos de los “encapuchados” en internet exhibiéndolos y exponiéndolos a la represión o hacer pasar a una víctima de la guerra sucia que apenas se salvó de la desaparición forzada por la presión del movimiento social como “vándalo”, exponiéndolo a una nueva agresión) no es suficiente. Hay que estar alertas porque lo más probable es que arrecie esa actitud fascistoide de los medios progres y cierta clase media que se considera la única oposición legítima y que está dispuesta a linchar y a perseguir a quienes no se le subordinen y obedezcan.

La clase media abriga la fantasía de que ella es la clase buena de la sociedad, el justo medio aristotélico hecho gente bonita e ilustrada y progre: lejos de la extrema opulencia de los burgueses, nuevos ricos, snobs y de mal gusto, además de derecha, y por encima de la gente pobre, que la necesita para que la clase media la dirija, ilustre y redima, pero que debe dejarse de querer ir por su propio lado. Ese ánimo mesiánico clasemediero, clasista y racista, ha hecho blanco contra los zapatistas por no seguir fielmente a la elite intelectual y política que desde Coyoacán, la colonia Roma y otras pocas del DF, dicta la política de la “izquierda nacional”. Son tan arrogantes que expropiaron los símbolos de muchas luchas populares: llaman a su periódico Regeneración, usando abusivamente el nombre del periódico magonista, pero persiguen y criminalizan a los anarquistas y magonistas actuales. (Desde luego es mucho más anarquista Sandino Bucio enfrentando el poder y la represión que Paco Ignacio Taibo II boicoteando a Javier Sicilia, haciendo de guarura de la plagiaria y gazapera literaria Poniatowska y recibiendo premios “a los que luchan” del gobierno de Mancera y el PRD que están reprimiendo a los estudiantes y a los que marchan).

No obstante, esa clase media cree que ella es la única que sabe, que conoce la realidad nacional (¿acaso no la lee en La Jornada y la escucha de voz de su profeta Aristegui y sus analistas como Buscaglia y adláteres?) y considera “idiotas útiles” a los jóvenes que se enfrentan con la policía (Buscaglia dixit). No se harán una autocrítica: no reconocerán su macartismo, su voluntad de controlar el discurso y la acción política para reducirla a la lucha electoral bajo el candidato único y eterno y el dogma de partido- movimiento, que para colmo, en un desliz bastante erróneo les ha bendecido Boaventura de Souza Santos (eso merecería páginas aparte). Por ello se siente autorizada para censurar, linchar por sus medios (caricaturistas chayoteros y articulistas orgullosos de su lópezobradorismo en la vanguardia) y ahora incluso a criminalizar, delatar y reprimir (por medio de la policía de sus gobiernos perredistas en el DF y Guerrero, donde desaparecieron sus gobiernos a los 43 normalistas) a los estudiantes, a los jóvenes y a los anarquistas. Antes así lincharon y expusieron a la represión y a la contrainsurgencia (incluso paramilitar, recordemos los paramilitares del PRD en Chiapas) a los estudiantes del CGH, a los zapatistas actuales, a Javier Sicilia (AMLO se negó a recibir su beso, pero recibió los abrazos de Abarca y Aguirre) y desde el 1 de diciembre a los anarquistas y otros jóvenes que enfrentan a la policía.

Su gobierno, el de Mancera, hace el trabajo sucio represivo a Peña Nieto, y sus medios hacen el trabajo sucio “periodístico” criminalizando a los jóvenes e implícitamente dando legitimidad a la represión. Como dice la compa Carolina ¿será casual que precisamente el 1 de diciembre Aristegui “desencapuchara” a Sandino Bucio, muy oportunamente, olvidando un año de la agresión a Kuykendall, asesinado por la policía, y la desaparición de El Tío, así como dando marco a la represión policiaca de esa tarde?

La protesta social está encapsulada entre los policías que reprimen en las calles y los comisarios del pensamiento, macartistas y cazadores de brujas que los linchan en sus medios y en sus redes sociales.

Quienes han estudiado los procesos de colonización violenta de las sociedades (como el caso colombiano) dicen que el terror no termina con las muertes y desapariciones forzadas. La derecha aspira a penetrar en las mentes de los sometidos y convertirlos en colaboracionistas y en delatores. Casualmente la misma Carmen Aristegui, que ha entrevistado incluso a funcionarios de EPN (como Osorio Chon) sin exhibirlos, se presta, bajo el manto o la capucha de un “periodismo objetivo, neutral y profesional”, a convertir su espacio en un delator de los jóvenes que el régimen de Mancera y Peña Nieto reprime, y genera así un “efecto Aristegui” o una aristiguez generalizada como macartismo. La supuesta izquierda está dando el paso anhelado por la derecha: convertir a un sector de la sociedad en soplón y delator de otro. Como que ya se quebró el huevo de la serpiente.

Los cazadores de brujas utilizaron una estrategia no solamente para ocultar la principal contradicción social entre opresores y oprimidos (Marvin Harris lo analiza muy bien en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas) sino para beneficiarse económicamente. Los medios comerciales como MVS, La Jornada y Proceso hacen lo mismo: inventan el diablo, le disminuyen la presión al régimen y a la policía, y cobran muy bien la publicidad de gobiernos y empresas en sus medios.

Los jóvenes “encapuchados” están siendo usados no como “idiotas útiles”, como pretende el analista liberal Buscaglia, sino como las brujas en la Edad Media y el Renacimiento, como los judíos en el régimen de Hitler, como los comunistas come-niños en las dictaduras de América Latina, como los migrantes en los países metrópoli que ayer colonizaron y despojaron sus países y hoy usan su mano de obra criminalizada. Mediante esos falsos culpables, ocultan que la fractura social es clara: arriba y a la derecha los opresores, explotadores, colonizadores y represores, y abajo y a la izquierda los oprimidos y hoy en rebeldía.

Al afán de la derecha (PAN- PRI- PVEM) de cancelar las marchas mediante reformas legales y reglamentarias se suma el afán de la izquierda electorera y sus voceros de ordenar y disciplinar al movimiento social mediante la represión y el linchamiento mediático, mediante la delación y el “periodismo” policiaco.

La clase media supone que ella debe decir a los demás qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo y bajo qué líder fetiche hacerlo. Todos aquellos que no le pidan permiso o no sigan su guión serán calumniados, difamados, delatados, reprimidos.

Ya escuché de boca de un perredista (por suerte, no lo he visto en medios o redes sociales) difamaciones contra los normalistas. Las víctimas podrían ser pasadas de su lugar como centro de la movilización al banquillo de los acusados. El caso de Sandino Bucio, delatado por Aristegui y linchado por sus seguidores acríticos, podría ser una especie de experimento (exitoso). Por ello no podemos dejar de criticar el macartismo de Aristegui y la clase media progre: ellos están haciendo en el terreno ideológico el papel que en la calle cumple la policía de Mancera.

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