La subsunción de la música por el capitalismo criminal

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La subsunción de la música por el capitalismo criminal

Javier Hernández Alpízar

Como todo o casi todo valor de uso o elemento cultural vital de las civilizaciones y culturas colonizadas por el capitalismo, la música popular ha sido sometida a un proceso de subsunción, una subordinación e integración como valor de cambio en el mercado capitalista. El capital fagocita lo que subsume, lo integra, lo transforma, lo reelabora y lo entrega en una nueva versión, asimilada y predigerida, para su compra, bajo las reglas económicas e ideológicas del sistema de valorización del valor, por los consumidores cautivos del mercado libre, del libre mercado o mejor dicho del mercado capitalista realmente existente.

Usaremos el concepto de subsunción material de Marx como lo aprendimos de Jorge Veraza al leer y escuchar su explicación de la subsunción material del consumo, de cómo los valores de uso, especialmente en los alimentos, han sido subsumidos materialmente por el capital también en la esfera del consumo, resultando de ello su transformación material cualitativa como valores de uso degradados. Cf. Los peligros de comer en el capitalismo. Veraza muestra que no solamente se subsume la producción del trabajador, por la plusvalía y trabajo impago, en la producción, sino el consumo: se obtiene ganancia de un consumo cautivo y degradado. Además se opera el control social del sujeto al controlar lo que lo alimenta. Con ese concepto de subsunción material del consumo, podemos tratar de entender cómo ha operado la subsunción material de la música popular mediante algunos ejemplos. La subsunción de la música popular negra estadounidense y luego la de la canción ranchera mexicana.

La subsunción formal de un valor de uso por el capital es su aprovechamiento en la esfera del consumo para el negocio, la valorización del valor. La subsunción material del mismo valor de uso es su producción ya directa por el modo de producción capitalista de ese mismo producto expresamente como mercancía para el mercado capitalista y sus consumidores colonizados. La subsunción formal de las músicas es su aprovechamiento en la esfera del consumo, pero su subsunción material es asumir su proceso de producción, cambiando también cualitativamente sus contenidos, degradándolos. Ya no solamente se obtiene un lucro con su producción y venta, sino que su consumo ayuda a la reproducción del capitalismo.

El primer ejemplo es la música rock y pop rock. Con ella se verificó un proceso de desacralización, profanación y secularización como el que describe Marx en El Manifiesto del Partido Comunista y analiza Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire. La música de jazz, el blues, el rock and roll y el rock se produjeron en un progresivo, y agresivo, proceso de profanación, desacralización y secularización de la música religiosa negra (los espirituales, los góspel). La música que los negros cantaban en sus templos de oración fue llevada a las calles, los salones de baile, el erotismo, las salas de concierto y los espectáculos de masas por los músicos negros primero (jazz, blues, rythm and blues, rock and roll) y luego blancos y de todas las etnias: del góspel (evangelio, palabra de Dios) al rock y, en el traslado (subsunción formal y material), el hay buen rockin´ esta noche, donde la palabra rockin´ originalmente designaba una pasión extática erótico religiosa, pasó a significar placer erótico sexual. Cuando no pudieron convencer a Mahalia Jackson de cantar jazz, la grabaron cantando espirituales, de todos modos pusieron a la venta los discos con su maravillosa voz: pero ella se negó a cambiar sus contenidos, no cantó amores profanos sino su amor religioso.

Esa profanación de la música generó el escándalo social, porque los estados exaltados que para los negros estaban permitidos en los oficios religiosos pasaron con el rock and roll, como antes lo habían venido haciendo con el jazz y otros géneros de música derivados de las músicas negras, a lo profano, lo masivo y lo comercial: a través de Elvis Pelvis y luego de otros rock stars, quienes se volvieron, como dijo Manfredo Tafuri de las vanguardias, el Rey Midas, y lo siguen siendo para la industria mundial de la música, los videos, los discos, las rolas en formato digital, el cine, etcétera. Convirtieron los góspel y espirituales, secularizándolos, en discos de oro y platino obtenidos por millonarias ventas.

El mercado descubrió que la base del rock era la sexualidad, como explicó Eric Burdon en lúcida entrevista a un periódico mexicano, y para ganar con su producción, venta y consumo sensualizaron el mundo joven, el de los jóvenes como diversión, no sólo al erotizarlos, sino al ayudar a sus éxtasis y viajes con algunas sustancias, legales o no. Obviamente no toda la música siguió el mismo camino: hubo la que conservó su sexualidad y sensualidad, drogas incluidas, en la música misma y la que se volvió soft porno musical: mujeres en lencería y no metáforas, ya el perreo en el reggaetón es la escoria de esa decantada pornificación mercantil, en el camino se perdió incluso la música y quedó su cadáver.

Pero con las drogas, desde las legales como el alcohol hasta las ilegales, la subsunción de la música dio otra vuelta de tuerca. Si con el rock como industria de producción de mercancías para el consumo se dio la primera subsunción formal y material (no solamente porque se convirtió a muchos trabajadores en productores de la industria de la música, sino que se alteró el valor de uso de la música al pasarlo de sus valores comunitarios, religiosos, espirituales al valor comercial, música como mercancía), con las drogas y el mercado capitalista criminal se dio una nueva subsunción material de la música popular.

Antes de ello finalicemos el tema de la música espiritual: con la contracultura, la música rock pop incluyó contenidos religiosos, desde el Hare Hare Krishna de Harrison y los Beatles, incluso su crítica al Maharishi en Sexy Sadie (a fin de cuentas los de Liverpool también secularizaron la música hindú), hasta la ópera rock Jesucristo Superestrella, en la cual, irónicamente, la música que nació en los oficios religiosos negros vuelve a cantar de Cristo, pero ahora en un escenario de súper stars. Sin embargo, la desacralización no es reversible. Es una caricatura que algunas iglesias usen música rock pop en sus oficios; más que recuperar la música góspel, ceden más terreno al integrar su ritual al mercado del pop rock.

La música ya profana y comercial que se puso al servicio de la sensualidad, la sexualidad y la exaltación de los estados alterados fue subsumida formalmente por la industria, pero también materialmente. Las canciones fueron compuestas por consumidores de drogas (incluido el alcohol) para ser consumidas por usuarios de las drogas: desde las odas al alcohol de José Alfredo Jiménez hasta las piezas como Cocaína, Hermana Morfina o Heroína de sendos músicos del rock y el pop como Eric Clapton, los Rolling Stones y The Velvet Underground.

En medio de la comercialización, la música pop rock tuvo arrestos para devenir contracultura hippie, neorromántica y neorreligiosa. En ese lapso, habló del amor y apoyó a Panteras Negras presos, incluso con Bob Marley bordó en el límite del profetismo, pero poco después el capitalismo también mutó hacia su forma criminal: no es metáfora estamos hablando literalmente. Así como se fueron deteriorando los valores de uso de muchas, muchísimas cosas, incluidos alimentos y medicinas, fueron siendo adulterados, degradados y adocenados los valores de uso en la música de consumo. El narco corrido en México es una de sus escalas más bajas que parecen ser síntoma de la subsunción material de la música (y ese es el segundo ejemplo: la subsunción material de la música ranchera mexicana); ya no solamente es música de usuarios de drogas para ser escuchada y bailada por usuarios de drogas; es música hecha por mercenarios de los productores y distribuidores de drogas para exaltar como héroes y prototipos de lo masculino a los capos y sus sicarios. El valor de uso de la música devino mera moneda (morralla) ideológica del capitalismo criminal y sus (anti)valores: egoísmo, individualismo, narcisismo, machismo, homofobia, misoginia y cinismo criminal; en otras palabras capitalismo químicamente puro. Ya no solamente se fetichiza la mercancía (no solamente se le pone bajo los rubros de placer, amor, deseo, etcétera) sino que se fetichiza el turbocapitalismo en sí; se exaltan los valores “guerreros” del fascismo de nuevo cuño que representa en capitalismo criminal transnacional.

Suponemos, quizá por ilusos utopistas, que aún puede haber resistencia en ese terreno: la desacralizada música puede cantar aún valores religiosos- comunitarios, es decir, el amor a la vida y no el necrófilo amor al dinero y el poder de dar muerte. Como dijera el grupo chicano La Revolución de Emiliano Zapata, en una especie de profecía que anticipó este momento, si en su canción Nasty Sex ponemos en el lugar de la amada a la música misma: My baby forgot that rock can also sing a song of love…

La respuesta a esta degradación de la música por la industria capitalista la tienen los músicos productores: ¿serán capaces (¿lo están haciendo?) de producir una música que se piense antes que como mercancía como música de la comunidad? ¿La respuesta está en el viento?

Fe de erratas: donde dice “subsunción material” debe decir: “subsunción real”. Tanto la subsunción formal como la real son bastante materiales.

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