Contrainsurgencia y tra(ns)ición pactada

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Contrainsurgencia y tra(ns)ición pactada

Javier Hernández Alpízar

México es un país donde la “cortina de humo” es el escándalo del día bajo el cual se esconde el desastre. La labor monstruosa del Estado mexicano que, en complicidad con y subordinado a las grandes corporaciones transnacionales (principalmente de USA, Canadá y España), destruye sistemáticamente la economía, el tejido social (eufemismo por “pueblo”) y todo lo que hace de ésta una nación. En ese país devastado, lo esencial es poco y marginalmente discutido.

Las redes sociales nos hacen lectores de memes: vamos de Florence Cassez a la renuncia de Ratzinger, pasando por el extrañísimo caso de la Torre de Pemex, porque incluso las tragedias esconden el genocidio y la impunidad oculta otras más amplias y rancias impunidades.

Sin necesidad de complots en los cuales depositar nuestra mala fe y descansar de toda responsabilidad (como les gusta hacer a los voceros de la izquierda electoral), la clase política, gobernantes, partidos, y la clase económicamente dominante actúan de manera coordinada, como una maquinaria que reconduce al orden cualquier movimiento liberador.

Las oposiciones armadas en México han sido contestadas con la fórmula que los estadunidenses desarrollaron por sus aprendizajes en Vietnam. La guerra por las mentes y los corazones tiene una parte militar, la que no ha cesado, contra todo movimiento autónomo, especialmente si está armado como los zapatistas en Chiapas. Pero también el gatopardismo político: la construcción de pactos que abren el poder a nuevos actores; amplían la base social de los corporativismos que canalizan y mediatizan el descontento, y ciertos recambios y reacomodos en la elite.

Después de la guerra de baja intensidad de los setenta, el gobierno priista dio una amnistía para liberar a guerrilleros sobrevivientes presos y el registro al Partido Comunista, sin hacer justicia ni resolver los casos de crímenes de lesa humanidad perpetrados por la contrainsurgencia. El Partido Comunista se encargó de disolver el ideal original en la socialdemocracia, fusionándose con sectores salidos del PRI, entusiasmado por la masiva movilización electoral cardenista.

¿Resultados? El Partido Mexicano Socialista dio el registro para la fundación del PRD, actualmente aliados del panismo en muchos estados. Si los ex guerrilleros y ex comunistas hicieran un balance de sus logros al pasar a la vía electoral, tendrían que concluir que fracasaron en su objetivo de cambiar el país, que el poder los cambió a ellos y que su integración en la clase política fue la cereza del pastel contrainsurgente. Rosario Robles los representa, aunque no lo reconozcan y sus caricaturistas intenten exorcizar su cercanía a ella con escarnios que, si tuvieran conciencia, deberían ser para sí mismos.

En cambio, los luchadores de la vieja guardia hacen críticas machistas a los guerrilleros zapatistas por no echar balas, ya que en lugar de ello construyen lo que los ex guerrilleros y ahora políticos de la izquierda electoral nunca tuvieron: un territorio en rebeldía.

La contrainsurgencia inició una nueva fase con la orden de Salinas de Gortari de que el Ejército aplastara la rebelión zapatista de 1994 y, pese al formal cese al fuego del 12 de enero de ese año, no ha dejado respiro a los alzados: los paramilitares son apenas la parte más descarnada y brutal, porque la contrainsurgencia ha usado también los medios de masas, electrónicos e impresos, libros, revistas, propaganda, guerra psicológica: una lucha por mentes y corazones en la que cumplen su papel cada uno de los interesados en la recuperación de la gobernanza, pero sobre todo el encauzamiento de la energía social por los únicos mediadores autorizados: los partidos políticos electorales.

El Estado mexicano respondió al alzamiento zapatista con una violencia descarnada y soterrada encubierta en un diálogo y la firma de unos Acuerdos de San Andrés que no pensaba cumplir. Por otro lado, abrió la llave de los reconocimientos de triunfos electorales a los otros partidos, con acuerdos que llevaron al PAN 12 años a los Pinos y tienen al PRD hasta la fecha en el gobierno del DF.

Luis Hernández Navarro se ha visto precisado a refrescar la memoria a sus articulistas, que ahora no le encuentran al zapatismo nada que (según ellos) no haya hecho mejor MORENA. El pacto de la izquierda y la derecha electorales con el PRI fue un acuerdo a espaldas del zapatismo, pero con el EZLN y sus aliados como pieza a sacrificar: los partidos obtuvieron cuotas de poder y a cambio, votaron contra los Acuerdos de San Andrés. Ahora son piezas muy bien coordinadas en la contrainsurgencia que cerca militar y paramilitarmente a los zapatistas.

Escribió Hernández Navarro: “de manera paralela al diálogo con el EZLN y sus aliados, la administración de Zedillo impulsó con los partidos un pacto que dio a luz una nueva reforma política «definitiva». Esa negociación fue bautizada en su momento como los acuerdos de Barcelona, porque las pláticas para fraguarla se efectuaron en las oficinas del subsecretario de Gobernación, Arturo Núñez, ubicadas en la calle de Barcelona en la ciudad de México.”[1]

Arturo Núñez, priista, primero salinista, luego zedillista, se ha beneficiado de ser el anfitrión: hoy es gobernador en Tabasco (bastión de AMLO) por el PRD y, a decir de Julio Hernández Astillero, es quien representa en los gobiernos al lópezobradorismo y MORENA, ya que se intentan distanciar del desprestigio del gobierno del Distrito Federal, aunque el esquema Tolerancia Cero lo trajo AMLO, con dinero público, de Nueva York vía Rudolph Giuliani; así que en la represión Ebrard y Mancera son netamente lópezobradoristas.

Sigue describiendo Hernández Navarro: “La nueva reforma política propició un reparto real del poder entre los tres principales partidos. Ellos participaron en la integración del IFE y del Tribunal Federal Electoral. (…).

“En las elecciones federales esa redistribución del poder dio frutos para los partidos de oposición. En 1997 ningún partido tuvo mayoría absoluta en el Congreso de la Unión, y el PRD ganó el gobierno de la ciudad de México, electo por primera ocasión en décadas. Y en 2000, en las elecciones presidenciales triunfó Vicente Fox.

“Sin embargo, esta negociación reforzó el monopolio partidario de la representación política, dejó fuera de la representación institucional a muchas fuerzas políticas y sociales no identificadas con estos partidos, y conservó, prácticamente intacto, el poder de los líderes de las organizaciones corporativas de masas.

“En esas circunstancias, el gobierno federal hizo abortar los acuerdos de San Andrés. Incumplió su compromiso de promover una reforma constitucional sobre derechos y cultura indígenas, y no hizo una sola oferta sustantiva en la Mesa de Democracia y Justicia. Al tiempo, siguió con su política de paramilitarizar el conflicto, provocando la masacre de Acteal, y atacó violentamente varios municipios autónomos.”

El pacto de Barcelona selló la suerte política de PAN y PRD: el PRI les compartió el poder y cogobierna con ellos desde entonces. Para el zapatismo reservaron la traición, el rechazo a los Acuerdos de San Andrés y la contrainsurgencia, incluidos los programas de “combate a la pobreza” a cargo de personajes como Dante Delgado, Luis H. Álvarez y ahora la ex gobernadora perredista del DF Rosario Robles. Además, el PRD ha tenido dos gobiernos contrainsurgentes en Chiapas, Salazar Mendiguchía y Juan Sabines, ambos muy corruptos y constructores del PRD en ese estado como el partido de los paramilitares. Hernández Navarro publicó en 2007 un artículo al respecto.[2] Es la clase de información que otro colaborador de La Jornada, Guillermo Almeyra, parece jamás leer.

Hernández Navarro es sumamente cuidadoso, pero los hechos que describe se pueden enunciar más claramente, como lo hace Rafael de la Garza Talavera en el título de su artículo en La Digna Voz: “La transición política en México, a costa de los acuerdos de San Andrés”.[3] En ese texto, enuncia: “Lo que se pretendió resolver con una traición, beneficiando a los dirigentes partidistas y sus anhelos ‘democráticos’, acabó simplemente dejando el conflicto ‘latente’, alimentando la ilusión de que los zapatistas desistirían o simplemente, y para confirmar su racismo, no estarían a la altura de las circunstancias.”

En otras palabras, ante el alzamiento zapatista y su convocatoria a un cambio profundo, radical, del país, el PRI pactó con el PRD y el PAN (que a veces le compiten electoralmente coaligados), propició un recambio en la elite y ganó dos aliados en la traición a los Acuerdos de San Andrés y en la contrainsurgencia. Los paramilitares del PRD en Chiapas son solamente el remache de esos Acuerdos de Barcelona.

De esa experiencia de cómo los partidos se acomodan arriba, negocian, traicionan a los de abajo y se unen para reprimirlos (y no solamente al EZLN, también se unieron en 2006 para reprimir en Atenco y Oaxaca y actualmente en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán y el DF), los zapatistas sacaron la conclusión que no se puede ir a ningún lado con esa clase política, porque son unos bribones y hampones que marchan de acuerdo en la contrainsurgencia y la represión. Por eso dicen que no basta decirse de “izquierda” (y menos si ésta incluye a Arturo Núñez y a cuanto derechista repintado les pongan de candidato) sino que es preciso hacer una alianza desde abajo.

Los zapatistas sabían que esa ruptura les cerraría puertas, pero lo asumieron porque eran puertas falsas, como las que se abrieron con las negociaciones traicionadas y como las que ahora pretende abrir Peña Nieto para simular. Porque mientras arriba pujan por una mayor tajada del pastel, como diría Laura Castellanos, los zapatistas señalan que el pastel está podrido; y ponen a debate qué es ser de izquierda: ¿puede ésta pueda ser representada por Rosario Robles, Arturo Núñez, Mario Di´Constanzo o Manuel Bartlett?

Por señalar eso, que resulta lógico concluir de la historia reciente, hay quienes los acusan de ser una “cortina de humo” para evitar que la gente siga el cambio verdadero que los ex priistas, ex salinistas y ex zedillistas, están impulsando desde la “izquierda”. ¿Por cambio se refieren a la represión que han perpetrado Gabino Cué, Ebrard y Mancera o a la privatización de las playas de Baja California Sur bajo gobiernos del PRD lópezobradorista (tan chucho como los Chuchos o más)? ¿El gran triunfo de la izquierda es haber llevado al poder a Juan Sabines? Bueno, ellos entienden algo así por izquierda. Es un triunfo de los Acuerdos de Barcelona.

Ironías de la vida, Ernesto Zedillo abrió con ese pacto un camino para el regreso de Carlos Salinas al poder y para la venganza contra quien todos ellos, derechas e izquierdas, saben su enemigo: el EZLN.


[1] Luis Hernández Navarro, Los acuerdos de San Andrés, 17 años después, La Jornada, http://www.jornada.unam.mx/2013/02/12/opinion/023a1pol

[2] Luis Hernández Navarro, Chiapas: el partido de los paramilitares, La Jornada, http://www.jornada.unam.mx/2007/10/02/index.php?section=opinion&article=021a1pol

[3] Rafael de la Garza Talavera, La transición política en México, a costa de los acuerdos de San Andrés, en La Digna Voz, http://www.lavoznet.blogspot.mx/2013/02/la-trnasicion-politica-en-mexico-costa.html?m=1

 

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