De la Operación Cóndor a la Operación Oaxaca

Por Antonio Canseco(recibido de prensa indígena)

Adital, 21 de noviembre.- Ciepac 16-Nov-2006 – num.525. School of  International Training, Oaxaca de Juárez, Oaxaca. “Yo le pido que no me  torture a mi hijo, que es injusto lo que está haciendo, que este  muchacho es menor de edad, no tiene la mayor edad, para que sea  torturado…” (Madre de un joven de 17 anos secuestrado en Oaxaca el  pasado 2 de noviembre)

La Operación Cóndor fue el más vasto operativo de las dictaduras  latinoamericanas en los años 70s, diseñado como un plan de inteligencia  y coordinación entre los servicios de seguridad de los regímenes  militares en Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia e  impulsado por la CIA, y que se constituiría en una organización  clandestina internacional para la práctica del terrorismo de Estado  contra movimientos populares latinoamericanos.

Sin embargo, este operativo de contrainsurgencia parece resurgir en la  problemática oaxaqueña, pues los mecanismos empleados en esos años se  están reviviendo en las calles de Oaxaca contra el movimiento  encabezado por la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca:

1) El empleo de grupos paramilitares y escuadrones de la muerte  encargados de asesinar a ciudadanos inconformes con el régimen,

2) la impunidad con la que se protege a estos grupos,

3) la manipulación de los medios televisivos, escritos y radiales para  desacreditar y restarle apoyo al movimiento, así como agresiones contra  medios de comunicación independientes;

4) las aprehensiones ilegales y torturas de lideres del movimiento;

5) los “levantones” o secuestros de personas “sospechosas”, las cuales  pasan a formar parte de la larga lista de desaparecidos (incluyendo  menores de edad) para después ser llevados en helicópteros a centros  clandestinos de detención y torturas,

6) conformación de aparatos de inteligencia con el fin de intimidar e  identificar a los opositores;

7) infiltración de personas en el movimiento popular para recabar  información y provocar enfrentamientos contra las fuerzas policíacas y  de esta manera legitimar el uso de la violencia,

8) el empleo de aviones, en este caso, helicópteros espías para armar  operativos precisos,

9) el uso de francotiradores contra simpatizantes, como en el caso de  la muerte provocada a José Jiménez Colmenares

Sin duda alguna, muchas de estas formas de contrainsurgencia estatal  han sido utilizados en diferentes movilizaciones populares, pero en el  caso de Oaxaca, se puede apreciar un uso sistemático y a gran escala,  lo cual muestra lo cerca que estamos de alcanzar la triste y dramática  situación de represión implementada por las dictaduras militares del  cono sur.

Sin embargo, a diferencia de aquel periodo, México, al menos  formalmente es una democracia, además de que se supondría que estamos  en un periodo de mayor transparencia informativa así como la existencia  de una sociedad civil fuerte en torno a la defensa de los derechos  humanos. ¿Por qué entonces estamos presenciando en Oaxaca un aparato  represivo de esta naturaleza?

Sin duda la grave crisis institucional y la falta de legitimidad de  Felipe Calderón es un factor esencial para entender la implementación  de este aparato represivo que intenta mantener a toda costa a un  gobernador que ha demostrado de todas las formas imaginables  perversidad e ineficacia.

Además, este terrorismo de estado sin duda alguna tiene como objetivo  terminar con una forma de organización popular horizontal que se ha  mantenido por mas de cinco meses y que amenaza con extenderse en todo  el territorio nacional.

En este contexto adquieren notoriedad las pasadas declaraciones de  FECAL donde ha mencionado que para hacer frente a la delincuencia y al  terrorismo (recordemos que la APPO y sus simpatizantes han sido  categorizados como delincuentes y terroristas), la lucha costará  tiempo, recursos y por desgracia probablemente hasta vidas humanas,  además de que no hay otra alternativa y de que las medidas que adoptará  serán impopulares.

En realidad no sorprenden estas declaraciones, pues uno de sus ejes de  campaña fue el uso reiterativo de la propuesta de mano dura, lo que  sorprende es la tibieza e indiferencia con que ha sido tomado este  escenario de represión y contrainsurgencia que nos sitúan en las mas  grises épocas de las dictaduras de América del Sur y de la guerra sucia  que sacudió a nuestro país entre los años sesenta y los ochenta y que  provocó la desaparición de alrededor de mil doscientas personas.

Presenciamos atónitos el resurgimiento de un nuevo periodo de guerra  sucia en donde el poder policiaco y judicial está siendo utilizando  contra este movimiento social y que sin duda alguna será implementado  en todas las luchas sociales. Somos testigos del uso de la violencia  ilegal, ilegítima y descarado por parte del (des)gobierno estatal y  federal, con la complicidad de los grandes corporativos de información,  que han guardado silencio ante las graves violaciones a los derechos  humanos.

En lugar de la negociación política, las autoridades están haciendo uso  creciente de tácticas y procedimientos bélicos copiados de la Operación  Cóndor y de los grupos paramilitares centroamericanos para tratar de  frenar la desobediencia ciudadana.

Para “justificar” la guerra sucia se ha propagado la versión de que el  movimiento popular oaxaqueño ha sido “infiltrado” por organizaciones  político-militares de izquierda que han radicalizado la protesta, así  como la ubicación de sus estrategias de lucha en prácticas terroristas,  pero el supuesto radicalismo de la APPO ha surgido del autoritarismo  gubernamental en ningún momento han utilizado armas de fuego en sus  acciones,

Acorralado por el movimiento de resistencia civil contra el fraude  electoral, el gobierno federal ha hecho del conflicto oaxaqueño una  pieza de cambio con el PRI, implementado un aparato represivo que  amenaza con ser parte del escenario nacional en el próximo sexenio y  que es urgente detenerlo con la amplia movilización nacional antes que  sea demasiado tarde. En Oaxaca, la guerra sucia que ensangrentó a  nuestro país ha regresado.

En Oaxaca, las desapariciones y torturas características de las  dictaduras militares sudamericanas han cobrado vigencia. En Oaxaca se  reproducen las prácticas paramilitares que causaron tanto dolor y  muerte en Centroamérica. Oaxaca no puede ni debe ser Tlatelolco, Chile,  Argentina Guatemala o Acteal. Nunca más una nueva guerra sucia en  México.

* Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Acción  Comunitaria•

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