Una genealogía de la contracultura

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Una genealogía de la contracultura

Javier Hernández Alpízar

Como el Dr. Jekill y Mr. Hyde, la ilustración tenía el lado oscuro que acompaña siempre a la luz como su sombra. Un poco como el aforismo de Goya: los sueños de la razón engendran monstruos.

Algo como eso dijeron Max Horkheimer y Theodor Adorno en su Dialéctica de Iluminismo o Dialéctica de la Ilustración, fragmentos filosóficos (1944). En los cuales abominaban del jazz como música decadente.

La génesis de la ilustración la ponían, los de la Escuela de Frankfurt, en la Grecia antigua, con el Ulises de la Odisea, a la cual leen ya como una novela burguesa, porque exalta un destino individual y comienza a vindicar el triunfo de la astucia humana ante los poderes de dioses, brujas y monstruos sobrenaturales.

El desencantamiento del mundo podría ser pintado en una escena del cuento de Dino Buzzati, “La muerte del dragón”. Los seres humanos imaginaban que destruir el mundo encantado era una liberación de la humanidad, pero los personajes de Buzzati terminan tan avergonzados como Adán y Eva después del pecado original. No era una hazaña, sino el comienzo de una nueva pesadilla: la opresión sobre la naturaleza se potencia en la opresión entre los seres humanos.

La dialéctica de la ilustración es contemporánea de los fascismos y la segunda guerra mundial. Otros autores, como Edith Stein, Simone Weil, Martin Heidegger, estaban explorando el abismo de la condición humana en ese lapso oscuro de la historia. Luego seguirían haciéndolo autores que tuvieron más lectores como Hannah Arendt, Agnes Heller, Marcuse, Erich Fromm, e incluso autores mucho más populares como Hermann Hesse.

Pero los filosofemas críticos se volvieron masivos cundo los niños que nacieron bajo los bombardeos hitléricos (Lennon dixit) llegaron a la juventud. A fines de los 50 e inicios de los 60, los músicos hicieron evolucionar el rock and roll, hijo del blues, el rhythm and blues, el country e incluso el jazz, hacia la psicodelia, el hippismo y la contracultura.

Aunque eran en su mayoría personas que no venían de las elites de sus sociedades, eran músicos que a la herencia pop le añadieron influencias como la música de vodevil, todo tipo de folklores, la música de la India, música celta, música erudita, como Bach o Beethoven, y experimentación con todo tipo de instrumentos y efectos de estudio.

Además tenían lecturas como, en el caso de los Beatles, Lewis Carroll, Edgar Alan Poe, James Joyce, Nietzsche, Rabindranath Tagore. Y en el de otros grupos, por ejemplo los Doors, de autores como Aldous Huxley o William Blake.

Así como los Beatles y su generación combinaron el pop con músicas folklóricas y eruditas de diversas tradiciones, también sus letras llevaron a un público masivo las críticas sociales y las propuestas utópicas que habían venido generando muchos autores desde los socialistas utópicos, Marx y los marxistas, los anarquistas, socialistas, comunistas, ecologistas y feministas, los antipsiquiatras y el psicoanálisis, además de la obra de poetas, cuentistas, novelistas y ensayistas como los mencionados.

El mensaje, en la mayor parte de los casos, no llegó a una radicalidad más allá de una postura individual liberal, pacifista, pero para un sistema tan inhumano como el que generó le guerra de Vietnam o el racismo violento en los Estados Unidos, era demasiado. Ese sistema era heredero de los fascismos europeos y engendró apartheids como los de Sudáfrica y Palestina, y opresión en todo el mundo.

La represión en 1968 de los movimientos de protesta juvenil, estudiantil y popular en México, Paris, Praga y otras ciudades, buscó aplastar a una cultura juvenil que exigía que las promesas de las revoluciones democrático burguesas (o la socialista en Checoslovaquia) dejaran de ser simples promesas, que pasaran de la utopía a la realidad social y política.

La contracultura no se limitó a la música rock y pop y a las letras de su canciones, pues estuvo presente en el cine, la literatura, el teatro, los happenings y artes plásticas y en otras expresiones, el periodismo, por ejemplo. Además de la ropa, la moda, el lenguaje oral, el amor libre.

Pero las canciones y sus letras fueron lo que tuvo más alcance masivo. La filosofía hindú de Harrison, el pacifismo y activismo de Lennon, e incluso el aparentemente menos “comprometido” McCartney componiendo Blackbird para el movimiento de liberación negro en Estados Unidos, con acordes encontrados al intentar una parte que solía fallarle en una melodía de Bach.

En La voz de las cosas, Marguerite Yourcenar incluye una letra de Bob Dylan, Blowin in the wind, entre fragmentos del Corán, el Tao Te King, Rilke y Blake. Leonard Cohen dijo que darle el Nóbel de literatura a Dylan era como ponerle una medalla al Everest. Y siempre será polémico, pero puede leerse como un reconocimiento a la manera en que la literatura, con gran herencia del romanticismo en su revuelta libertaria contra el corazón inhumano del capitalismo, estuvo presente en las canciones de la contracultura.

Después de esas décadas, 60 y 70, la industria ha absorbido el impulso contracultural, pero no lo ha desaparecido. Y no ha logrado impedir que músicos y artistas sigan teniendo lazos solidarios como, por ejemplo, los que hay entre muchos músicos y bandas con el movimiento zapatista.

Tal vez en esos años la contracultura se oponía a una cultura burguesa humanista para los incluidos pero fascista contra el resto de los seres humanos. Hoy esa cultura burguesa es más autoritaria y el sistema está en guerra contra la humanidad y contra la vida. Necesitamos una contracultura que sea una contrabarbarie.

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Yo no creo en Australia. ¿Y tú…?

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Yo no creo en Australia. ¿Y tú…?

Javier Hernández Alpízar´

A propósito de los roles de género y del amor romántico de pareja, comentamos que “constructo social” o “construcción social” no es sinónimo de mera percepción o de creencia subjetiva: lo socialmente construido existe como fenómeno social con raíces en la estructura y las jerarquías sociales, en las relaciones desiguales de poder y de opresión.

Entender que es un constructo social no lo elimina automáticamente como si fuera un falso fantasma que desaparece cuando encendemos la luz. Lo que sí hace es ayudar a entender que no es una situación absoluta, inmodificable, sino que por el contrario, evoluciona con los cambios sociales e históricos.

Sin embargo, estábamos tan acostumbrados a las creencias dogmáticas que el solo hecho de reconocer que una forma de relación social no es absoluta, no es eterna e inmutable por voluntad divina o por “la naturaleza de las cosas”, puede llevarnos  situar el fenómeno “constructo social” al extremo opuesto: la mera opinión, el mero creer o no en algo.

Es verdad que si comenzamos a desmantelar el patriarcado, por ejemplo, dejamos de creer que es absoluto y deja de ejercer en nosotros la autoridad dogmática de lo incuestionable, pero no deja de existir en la sociedad, en las relaciones de poder opresivas que existen aunque no sea con nuestra aprobación.

Tal vez la raíz de ese subjetivismo dogmático es el cambio en la manera como concebimos, pensamos, y nos relacionamos con la idea de verdad, cambio operado en el paso del mundo antiguo al mundo burgués e individualista moderno, un paso dado filosóficamente por René Descartes con el “cogito”, y analizado por Martin Heidegger y autores posteriores que han sido influidos por el autor de Ser y tiempo.

Si para los antiguos y medievales europeos la verdad no era equivalente a la certeza subjetiva, sino que tenía un fuerte sentido de realismo, de independencia de que la conozcamos, para un individuo moderno una verdad en sí, independiente de mi certeza subjetiva, prácticamente carece de sentido. Descartes no se proponía reducir la verdad a mera opinión individual, porque suponía un sujeto pensante universal, que después Kant llevó a su desarrollo formal “trascendental”.

Sin embargo, el capitalismo y su “mercado” se dirigen, como consumidores, a los más infantilizados y narcisistas sujetos: a cada uno le quieren hacer creer que el paraíso de las mercancías “fue hecho justo para ti”.

En estos sujetos narcisistas producidos por el mercado-alcahuete, la certeza subjetiva moderna se deslizó cuesta abajo al subjetivismo dogmático: por ejemplo: “yo no creo en el Covid, ¿acaso tú sí? Ese solipsismo reduce los fenómenos a mera opinión.

“Yo no creo en Australia” no produce la inexistencia de Australia. A lo más, hace patente la ignorancia de quien lo enuncia. Pero el dogmático de sus propias creencias casi imagina que, en el momento en que él dice “no creo en Australia”, canguros y koalas se ahogan en el mar.

Esa comodidad de reducir todo a opiniones y negar verdades con el simple alzarse de hombros del “yo no lo creo”, o afirmar mentiras y refugiarse en el colectivo, la secta dogmática que cree los mismos absurdos, es lo que algunos han llamado “posverdad”, es decir, el imperio narcisista de la mentira, la falsedad y las afirmaciones engañosas.

La ignorancia, la desinformación, los prejuicios ideológicos y el imperio narcisista donde todo es “yo creo o yo no creo” hacen proliferar teorías de la conspiración y falsedades como: “el Covid no existe”; “los zapatistas son una creación de Salinas”; “la Tierra es plana” o “al mundo lo gobiernan reptiles extraterrestres”.

Si no hay verdad ni mentira y todo es mera creencia, basta que un sinvergüenza diga “yo no creo en Australia” para que montones de sujetos se empecinen en la creencia de que si ellos no creen, entonces “Australia no existe” o que, si lo creen, “el área 51 existe”.

Redujeron el cogito ergo sum de Descartes a una bufonada de Donald Trump. Es el ejercicio desvergonzado del “yo tengo otros datos”. Es dar la espalda a la verdad y creer que la verdad se evapora porque “yo no creo en eso”.

Por suerte, a los australianos no les afecta que yo crea o no crea en Australia, pero en cuestiones morales, éticas y políticas, el imperio de la mentira es pasto para los autoritarismos, la violencia, las dictaduras. Todo lo contrario al aire supuestamente libertario del narcisismo dogmático de creer en lo que cada uno quiera.

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Es social, no meramente natural #EZLN #BuenViajeZapatistas #LaGiraZapatistaVa

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Es social, no meramente natural

Javier Hernández Alpízar

Mi primera comprensión de lo que se llama una “construcción social” la aprendí de las feministas. Cuando ellas dicen que el género no es natural sino que es aprendido, socialmente inculcado, no están diciendo que los géneros no existan. Lo que están criticando es la “naturalización” de los géneros como una ideología que encubre el hecho de que los roles de hombres y mujeres, estereotipados y absolutizados, es generada, producida, construida por una sociedad históricamente dada: esta sociedad moderna, burguesa, patriarcal, colonial, industrial.

Que sean un constructo social no hace de los géneros una mera “percepción”, no los subjetiviza. Lo que significa es que no son absolutos, sino que son el resultado de las relaciones sociales en un momento histórico y que son modificables: Pero no es fácil modificarlos, porque modificarlos implica un cambio importante de la sociedad, de sus estructuras y jerarquías.

Sin embargo, es un paso muy importante reconocer que no son naturales, esto es, que no están escritos como destino en nuestros genes, nuestra biología, nuestro cerebro o genitales. Como relaciones sociales, son resultado de la acción individual y colectiva de todos y de todas y podemos modificarlo, sea reformarlo o revolucionarlo, mejorarlo.

Otro ejemplo interesante de un constructo social es el amor romántico de pareja: no puede existir en sociedades donde no hay individuos y en su lugar se impone el colectivo: familia, clan, comunidad. Conforme comienza esta conciencia individual surge la exigencia del individuo de elegir a su pareja por preferencia amorosa romántica. Antes, no.

Ejemplo de este florecimiento del individuo y de su reclamo de elegir por amor libremente son películas como Valiente, (Brave, dirigida por Mark Andrews y Brenda Chapman. 2012); El camino a casa (dirigida por Zhang Yimou y basada en una novela de Bao Shi, 2012) y Corazón del tiempo (escrita por Hermann Bellinghausen y Alberto Cortés y dirigida por este último, 2008).

La tercera de ellas es interesante, a propósito, hoy, porque en ella ocurren simultáneamente el cuestionamiento de los roles de género y la vindicación del amor elegido de manera individual y libre. Sonia transgrede convenciones socialmente, comunitariamente, construidas, y su argumento de que ella es libre para elegir (como el de Mérida, en Valiente) conmueve a su comunidad y es finalmente aceptado tanto por la comunidad de Esperanza de San Pedro como por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Esta capacidad de modificar normas, acuerdos, moral, tradición, por argumentos racionales, ética, es mencionada por Carlos Lenkersdorf en Filosofar en clave tojolabal. Además de la historia fílmica actuada por bases zapatistas, está la Ley revolucionaria de las mujeres zapatistas, de 1993, por la cual hay mujeres en todos los niveles de organización y de autoridad del EZLN, incluidas comandantas. Por lo cual del Escuadrón 421 que hoy navega hacia Europa, 4 son mujeres zapatistas y una es compañeroa y dos, hombres.

Los zapatistas están modificando la construcción social, en su caso más bien comunitaria, de su realidad humana. Lo cual es una invitación a todo el mundo para modificar roles, convenciones y realidades opresoras socialmente construidas. No es fácil, pero las comunidades zapatistas lo están haciendo a contramano de un mundo que se derrumba. Ellas y ellos construyen un nuevo  mundo, un nuevo horizonte humano.

Las comunidades mayas zapatistas están modificando la rigidez de los géneros no solo en los escritos, sino en su sociedad, estructuras y jerarquías.

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¿Bienaventurados los pobres?

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¿Bienaventurados los pobres?

Javier Hernández Alpízar

En cierta ocasión, anunciaron una conferencia de un pastor argentino sobre la crisis que en la tierra natal del Che hubo hace décadas. Algo se sabía en México por los medios, pero escuchar a una persona que lo ha vivido en carne propia siempre es más verosímil que la sola lectura de noticias de agencia. Así que asistí.

El pastor argentino contó que la experiencia de la crisis, la extrema pobreza, la organización popular y la ayuda mutua, por ejemplo: las ollas populares, los había convertido al evangelio.

Se refería a los pastores, quienes, antes de esa metanoia, vivían satisfechos con que no faltaran feligreses al oficio y dinero de limosnas en la alcancía. El ministerio de ser pastor, predicador, y el evangelio como discurso, eran una costumbre, una rutina, pero no lo vivían. La crisis, la pobreza y la caridad, es decir, el amor y mutuo apoyo popular, les revelaron el evangelio y los convirtieron.

La autocrítica llegó hasta la consideración de la historia de Argentina: el pecado original de esa nación era haberse fundado sobre el exterminio de los pueblos originarios.

Me parecieron sinceros y muy interesantes los dichos del pastor sudamericano. Lo curioso es que al público, formado mayormente por ministros religiosos, especialmente pastores evangélicos, no les había parecido suficiente la autocrítica del paisano del Che. Le cuestionaron por qué hasta entonces se habían convertido al evangelio. A lo que el conferencista respondió repitiendo abreviada su confesión autocrítica.

Al terminar, en los comentarios de pasillo se volvió a hablar de la pobreza. Los pastores mexicanos citaron un pasaje del Evangelio en donde Cristo dice “a los pobres siempre los tendrán”. Por lo cual concluían que siempre habrá pobres y con ello normalizaban o naturalizaban la pobreza. Los mismos que habían cuestionado duramente al pastor conferencista se mostraban conservadores y defensores de la comodidad burguesa. Al parecer, les hacía falta un experiencia como la argentina para tener la oportunidad de su propia metanoia.

Y es que, para la mayoría de los pastores evangélicos y católicos, los pobres son la materia prima de su negocio: seres que sufren y buscan un consuelo, su opio, y a cambio dan limosnas. Son el gran negocio, los pobres. También los políticos, los gobernantes y los partidos hacen un gran negocio con el clientelismo de los pobres. Aquí es un poco a la inversa: las limosnas las dan los gobernantes, con dinero del erario, y a cambio, compran lealtades electorales y políticas.

Ni a los pastores conservadores ni a los políticos (de todo signo) les interesa desterrar la pobreza, arribar a un mundo sin pobres. Además de que no pueden, pues la pobreza no se acaba por decreto ni regalando limosnas con dinero de los impuestos. Y los cambios que se necesitarían para acabar con la pobreza no les interesan ni los podrían hacer. Por eso prometen combatir la corrupción, pero no la explotación. Y al final, no combaten ninguna de las dos.

La pobreza, incluso la extrema, que ya venía generando la crisis económica, pero se potenció con el covid, es terreno fértil para los predicadores, especialmente los falsos profetas, tanto religiosos como político-religiosos.

Si los pobres no organizan de manera autogestiva su apoyo mutuo, serán corderos para todo tipo de pastores, religiosos, seudorreligiosos, políticos, político-religiosos que pretenderán ser abanderados de los pobres para mejor explotarlos, oprimirlos y utilizarlos.

Además de la legítima necesidad de espiritualidad, el miedo a la muerte, a la enfermedad, a la pobreza y la miseria, al abandono, a la enfermedad, a la vejez, a la vida misma, dura, cruda y ruda, hacen crecer en las masas la necesidad de un opio, un consuelo, y de una figura patriarcal.

Y la ausencia de una verdadera espiritualidad, el desarraigo provocado por el imperio del dinero, el colonialismo y la violencia, es caldo fértil para la alienación religiosa corporativa.

Se ha dado fama a las iglesias reformadas porque la libre lectura de le Biblia fue clave para fomentar la subjetividad burguesa individualista, pero se olvida que han sido tan fanáticas o más que el catolicismo: la versión reformada de la inquisición quemó a más brujas en Europa y Estados Unidos que la versión católica en sus países dominados. La iglesia católica condenó a Galileo, pero fanáticos evangélicos aún se oponen en Estados Unidos a que se hable de Darwin en las escuelas.

Es la versión del cristianismo que llega al poder: sean conservadores o liberales, los gobernantes quieren administrar a los pobres y usarlos. Probablemente  algunos pobres se conviertan al evangelio con la crisis y la pobreza, pero la mayoría van a ser víctimas de los líderes carismáticos y del miedo a la libertad. No les vendría mal recordar que dice el evangelio: la verdad los hará libres,

Si la obediencia ciega a su líder no los hace libres, sino que los esclaviza a defender mentiras, incluso las mentiras a las que hace poco se oponían, es porque se hicieron seguidores de un falso profeta, de esos que traen en la boca todo el tiempo a los pobres, pero sirven a amos burgueses. Dicen servir a los pobres, pero sirven al dinero.

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El manto pacifista de la máquina de guerra

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El manto pacifista de la máquina de guerra

Javier Hernández Alpízar

De Colombia a Palestina, asistimos al ejercicio de la real politik. Se ha insistido en que la pandemia abrió más posibilidades para el ejercicio totalitario del poder, la práctica de formas de control, disciplinamiento y vigilancia más sofisticadas. Pero eso no excluye el uso letal de las armas y de las formas de represión violentas y las prácticas de guerra “convencionales”.

El apartheid en Palestina es un espejo en el que podemos ver reflejado el mundo: la asimetría, el colonialismo, el despojo y la división de la población en una zona de inclusión que otorga las garantías del sistema y, del otro lado del muro, la exclusión y la violencia nuda como imperio de la fuerza. El contraste entre la alta vacunación contra covid en Israel y la situación colonial y exclusión de los palestinos despojados de su territorio es la ilustración patente del biopoder y el necropoder. Con matices diversos, así opera en el planeta.

La represión policiaca en Colombia y los ataques paramilitares en Chiapas y Guerrero son la confirmación de que, además de las nuevas formas de control totalitario, la represión “clásica” no cae en desuso.

Lo que sigue siendo una sofisticación paralela a la guerra y el control social es el sutil encanto de la propaganda ideológica.

Ya nos había mostrado Frances Stonor Saunders, en La CIA y la guerra fría cultural, que los libros, las revistas, los coloquios, las cátedras, orquestas y películas fueron armas de una batalla por las mentes y los corazones. Hoy que Palestina es sometida por la maquinaria bélica de Israel, no es trivial la propaganda en el cine.

Me había parecido muy clara la dicotomía: “si no eres feminista, entonces eres sexista”, dicha por la estrella de Hollywood Gal Gadot. La cité en una red digital y el comentario de otro usuario me dio la pista del uso ideológico del trabajo de la actriz. El comentario me informaba de la ciudadanía israelí de Gal Gadot y del hecho de que cumplió su servicio militar en su país.

Eso cambió totalmente mi percepción del papel político de la estrella. En efecto, en Wikipedia se informa de ambas cosas, la ciudadanía israelí y su servicio militar cumplido.

Lo primero que cuestionan esos hechos es el alcance del feminismo de la estrella hollywoodense: ¿dónde deja la defensa de los derechos de las mujeres palestinas?

Además, esos datos arrojan luz sobre su papel ideológico como “Mujer Maravilla”. Aclaremos: no se trata de que sea judía, sino de que sea sionista. No todos los judíos son sionistas, ni todos los sionistas son judíos. Donald Trump no es judío, pero es sionista. El sionismo es un imperialismo del dinero y de la guerra, no es cosa de religión, cultura o etnia.

En El profesor Marston y la Mujer Maravilla (2017), dirigida y escrita por Angela Robinson, se muestra la génesis del personaje de cómic, llevado luego a la televisión y el cine, en un intento de liberación erótica de un académico que se inspira en la psicología y en su propia vida amorosa. Como personaje elaborado por un hombre, la Mujer Maravilla nace con rasgos de objeto sexual para la imaginación masculina.

La película, de 2017, La Mujer Maravilla, dirigida por Patty Jenkins y estelarizada por Gal Gadot, sin romper con el estereotipo de objeto erotizado para una mirada masculina, parece dar a la heroína rasgos de inteligencia y de crítica que remontan en parte el cliché del sex symbol.

Sobre todo destaca el pacifismo del personaje: destruye a Ares para tratar de acabar con las guerras fratricidas, solo para descubrir que el causante no es solamente Ares, sino que son los hombres mismos quienes hacen la guerra. La historia está fílmicamente bien narrada, para convencer incluso a cinéfilos no aficionados a los superhéroes.

Además del pacifismo de la heroína, la película regala la sutil ironía de que Ares no sea el militar nazi que en principio Diana cree, sino el británico que habla de paz.

El papel de la actriz como heroína pacifista que enfrenta a los nazis parecería complementarse con sus declaraciones feministas. Pero la lectura da otro giro cuando se le ve como ciudadana israelí que hace su servicio militar y orgullosamente lo exhibe en Wikipedia. Así como Ares es el que más habla de paz, la heroína pacifista resulta militante de la opresión bélica de los palestinos. En efecto, no es Ares, son las ambiciones imperiales de ciertos Estados quienes hacen la guerra de despojo. Y la violencia es sutilmente cubierta por propaganda ideológica, incluso por el cine, que puede contar las historias para la desublimación represiva.

Ni la Mujer Maravilla es feminista, ni Gal Gadot pacifista. Pero hablar de paz puede ser el manto propagandístico de una postura guerrerista. Y vuelve a la carga, con La Mujer Maravilla 1984.

De Los Ángeles se sabe poco que su economía no gira alrededor del cine de Hollywood o las ventas de Silicon Valley, sino de la industria militar. De la Mujer Maravilla, se podría pensar en una heroína pacifista encarnada por una estrella hollywoodense feminista, pero la militancia política de Gal Gadot es por otra de las industrias militares más grandes del mundo. Una cortina de cine, como Hollywood.

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