Capitalismo: Todo lo concreto se disuelve en las finanzas

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Capitalismo: Todo lo concreto se disuelve en las finanzas

Javier Hernández Alpízar

…”¡ojalá los límites de la credulidad terminen por ser los de la succión financiera y de la ilusión de que el dinero producido por dinero vale algo en el mundo real!” Jean Robert.

“Y muy razonablemente es aborrecida la usura, porque, en ella, la ganancia procede del mismo dinero, y no de aquello para lo que éste se inventó. Pues se hizo para el cambio; y el interés, al contrario, por sí solo produce más dinero. De ahí que haya recibido ese nombre, pues lo engendrado es de la misma naturaleza que sus generadores, y el interés es dinero de dinero; de modo que de todos los negocios éste es el más antinatural.” Aristóteles.

Marshall Berman analizó el estilo literario de Karl Marx como modernista (al lado de Goethe, Baudelaire, Dostoievski…) en Todo lo sólido se desvanece en el aire. El título del libro está tomado de una frase del Manifiesto comunista. Marx y Engels expresan que, a la manera de un Rey Midas que todo lo troca en oro, el capital hace de todo bien o servicio útil una mercancía, un portador de valor de cambio que terminará siendo precio, venta, ganancia, dinero, capital y finanzas. La deriva necrófila de este proceso de mercantilización del mundo de la vida la explicitó Erich Fromm.

Karl Marx elaboró una teoría objetiva del valor, sistematizando críticamente la teoría del valor-trabajo de William Petty, Adam Smith y David Ricardo. Después de Marx, y con la clara intención de ocultar el análisis de la explotación y la plusvalía, los economistas neoclásicos desarrollaron una teoría subjetiva del valor (el valor depende del juicio de cada consumidor, de su preferencia, así como de la escasez de una mercancía) que está en la base de los análisis de curvas de oferta y demanda de las escuelas de economía neoliberales. El valor se convierte en un concepto psicologista confuso que oscila en un mercado “libre” antropomorfizado, capaz de sentirse nervioso, optimista, presionado o tranquilo.

En La crisis: el despojo impune, Cómo evitar que el remedio sea peor que el mal (Jus, 2010), como un Don Quijote armado de su estilográfica, Jean Robert se lanzó contra los molinos de viento de los grandes corporativos de las finanzas. Así como los gigantes para el Quijote fueron un espejismo, Jean Robert encuentra que las finanzas son un juego de espejos (especulación), un mecanismo autorreferencial, ciego a la realidad de los de abajo; una máquina de bombear valores de abajo hacia arriba; un modo de despojo legalizado, institucionalizado, protegido por el Estado más poderoso (al menos bélicamente) del planeta: Estados Unidos.

La crisis que estalló en 2008 fue una burbuja especulativa que reventó: los corredores y ganadores de las finanzas hicieron, con deudas impagables e insustentables empaquetadas, productos financieros de nombres crípticos, y los vendieron en los mercados financieros a personas que ingenuamente esperaban grandes ganancias. Cuando el esquema piramidal (esquema Ponzi) colapsó, los pequeños y medianos (y algunos grandes) inversionistas perdieron todo. Grandes empresas de especulación quebraron, pero al final, el gobierno de Estados Unidos los rescató con dinero de los impuestos. Un Fobaproa del tamaño de los Estados Unidos y el capitalismo global. Hay varios documentales sobre el caso, uno de ellos es Capitalismo, una historia de amor, de Michael Moore.

Jean Robert inició su análisis del crimen con un peritaje, una autopsia, del mundo financiero: un mundo de abstracciones, donde nada refiere a seres humanos, ni a seres vivos ni a la naturaleza, sino solo a sí mismos: valores abstractos que se desplazan en forma de fractales, al ritmo del deseo mimético: deseo lo que veo que otros desean y por tanto compro o vendo cuando otros lo hacen porque, aunque sea una irracionalidad, no puedo perderme una oportunidad de apostar a ganar… aunque al final casi todos pierdan y, como en la canción de Abba, el ganador se lo lleva todo, es decir, las empresas demasiado grandes para quebrar.

El libro de Jean Robert incluye también una parte propositiva: la reivindicación de la territorialidad, la vida campesina, rural, indígena; las culturas materiales de subsistencia que no producen para el mercado sino para consumir, para reproducir la vida; todo eso que los economistas desprecian como “informal”, una cultura material que existe desde mucho antes que el capitalismo y podría sobrevivir al colapso del capitalismo.

En un principio, podría antojarse un rodeo inútil el dedicado por Robert a tratar de entender, con ayuda de matemáticas y de poesía (una bandada de estorninos, tomada de un poema de Lautréamont), así como de pensamiento crítico, el mundo de espejismos de las finanzas. Sin embargo esa gran casa de los espejos es lo que Néstor Kohan ha conceptualizado como el fetichismo de la mercancía llevado a nivel sistémico: el fetichismo de la mercancía deviene en fetichismo del dinero, fetichismo de los mercados y fetichismo de las finanzas. Y miren que Jean Robert opinó que el concepto de fetichismo de las mercancías es la mayor aportación de Marx al pensamiento crítico.

El capitalismo moderno es una gran maquinaria de producir abstracciones: esconde el mundo natural (el de la físis griega, amado por Martin Heidegger) subordinando el valor de uso al valor de cambio y luego hace estallar al valor de cambio en mil formas: mercancías, precios, dineros, monedas, documentos, inversiones, bolsas de valores, mercados de futuros, derivados y conceptos cada vez más abstractos que nos alejan del mundo del trabajo, de la vida cotidiana, el mundo de la vida (Husserl) que, dice bien Klaus Held, es el de la producción de lo necesario para vivir y la reproducción para que la especie humana continúe.

Asimismo, se opera una inversión entre medios y fines: ya no es la economía al servicio de la oikos, la casa, el hogar, sino una abstracta ciencia y práctica (fraudulenta) de producir la escasez de bienes (por ejemplo expropiando, sobreexplotando y contaminando fuentes de agua para luego vender agua embotellada), necesidades ficticias, deseos aprendidos de la publicidad y la propaganda, o bien destrucción por la guerra para reconstruir colonialmente. Jean Robert la llama guerra contra la subsistencia.

Las cosas naturales, la naturaleza misma (selvas, ríos, montañas, mares…), los seres vivos (incluso sus genomas), los seres minerales (sobre todo si son fuentes de energía), los seres humanos (ya ni siquiera como esclavos asalariados sino como meros insumos) son sacrificados en el altar de las abstracciones. El nuevo platonismo para el pueblo ya no es la religión, judeocristiana o budista, sino la religión del oro, el dinero, los “valores”.

Incluso el término “valor” ha sido impugnado por autores como Martin Heidegger y Karel Kosík: en lugar de valorar las cosas, las degradan del ser (de ser entes) a venir a ser meras existencias, reservas, recursos, enseres, un stock disponible para el lucro. Por ello dice Heidegger que quienes creen preservar a Dios llamándolo el “supremo valor” no se dan cuenta de que lo degradan: quizás por ello hoy las religiones son mercancías que compiten en el mercado de lo “espiritual” o sirven de alcahuetas en los discursos políticos y su demagogia.

Incluso el intento de Emmanuel Kant de vindicar la dignidad humana como un “valor infinito” no evita llevar un concepto de la economía a poner valor (y precio) a una humanidad cuyo trabajo es ya de por sí una mercancía en el capitalismo.

Todo lo sólido se desvanece en el aire, se vaporiza, se sublima; pierde su ser y, como un incienso quemado para el Becerro de Oro, se convierte en el humo prestigioso del valor (de cambio).

Tiene razón Jean Robert, la única verdadera resistencia ante este proceso de valorización (mercantilización) de todas las cosas es la territorialidad, la defensa de los territorios por los campesinos e indígenas mayas, kurdos, mapuches, palestinos, los campesinos del mundo; y en la ciudad, la subsistencia informal. La cultura material que se resiste a su colonización por “la economía” capitalista, de mercado o estatista.

Y no nos salgan con que la subsistencia informal es delictiva, porque la economía del delito, analizada también por Jean Robert, no se parece en nada a la subsistencia, por el contrario, se parece en todo a la economía financiera, a sus movimientos de deseo mimético, al despojo y la violencia (capitalista) que ejercen contra los de abajo. Finanzas capitalistas y economía del crimen quieren crecer sin límite, como las células cancerosas.

Aquí podemos encontrar una alianza necesaria: entre quienes defienden las subsistencias, la territorialidad, la autonomía y la autogestión y quienes defienden el planeta contra los promotores del calentamiento global y la extinción masiva de especies. Ambos luchamos contra el mundo de abstracciones, de los “valores” y en favor de lo más concreto, lo más complejo, lo más frágil y lo más resistente que conocemos: la vida. A la necrofilia del mundo financiero, oponemos la biofilia.

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Religión y política autoritaria: la mano del gobierno es la de Dios

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Religión y política autoritaria: la mano del gobierno es la de Dios

Javier Hernández Alpízar

Probablemente el pensamiento religioso, en la amplia gama que va del pensamiento mágico al pensamiento teológico, es la raíz del pensamiento metafísico, filosófico o ideológico, que intenta fundamentar en ideas y en creencias la legitimidad o falta de legitimidad del poder de quienes gobiernan, sean reyes, repúblicas, partidos, Estados, gobiernos colectivos.

En los siglos XIX, XX y XXI, varios autores y autoras han dado pistas para rastrear en las religiones el origen de ideas, creencias, valores, instituciones y costumbres que, más o menos secularizadas, siguen siendo los fundamentales en la cultura política y aún económica actual.

Marx analizó al fetichismo de la mercancía, diciendo que está llena de “reticencias teológicas”. La inversión sujeto-objeto que ocurre con la mercancía es la que antes ocurrió en la magia y las religiones con fetiches e ídolos: las obras de manos humanas se volvían seres poderosos que dominaban a sus hacedores.

Simone Weil propuso abolir los partidos políticos europeos porque anulaban el pensamiento y se convertían en máquinas de promover las pasiones y el fanatismo, sustituyendo el pensamiento por credos dogmáticos. El mecanismo para perseguir el pensamiento crítico como herejía es una herencia en los partidos políticos de las inquisiciones católicas, reformadas, protestantes, que antes persiguieron y quemaron herejes y brujas, procesando a personas como Galileo Galilei, Giordano Bruno, Miguel Servet, e incluso, la comunidad judía ortodoxa, a Baruch Spinoza. La excomunión como arma represora del libre pensamiento se convirtió en las expulsiones de los partidos y organizaciones políticas.

Antonio Gramsci hablaba de elementos del pensamiento político como un asunto religioso: donde religión era una cosmovisión, una idea general o global del mundo y del sentido de la historia y la lucha de clases. Incluso recuperó en un sentido positivo el concepto de “mito” de Georges Sorel para referirse a una utopía orientadora de la lucha por la liberación. El mito en el corazón de la filosofía de la praxis.

Walter Benjamin propuso analizar el capitalismo como una religión. Y en el siglo XXI el teólogo Franz Hinkelammert sostiene que la obra de Marx fue siempre una crítica de la religión fetichista-capitalista. Hinkelammert hace lo propio al señalar, por ejemplo, la mano invisible de Adam Smith, como una incorporación de la divina providencia. Asimismo Hinkelammert escribió Hacia una crítica de la razón mítica. El laberinto de la modernidad, para desmontar mitos del poder como: “sacrificamos vidas para salvar vidas”, que justifican guerras y masacres.

Desde la izquierda (Marx, Gramsci, Benjamin, Hinkelammert) tanto el pensamiento fetichista del capitalismo tiene un sentido religioso o aun mítico, como el pensamiento de izquierda tiene un horizonte mítico o religioso: el papel positivo del mito en Benjamin y Gramsci y aún un mesianismo colectivo, de inspiración judía, en el caso de Walter Benjamin. Incluso se ha estudiado en autores como Zizek la analogía entre la crítica de San Pablo a la ley mosaica en nombre de la nueva ley cristiana del amor y la crítica a la ley del valor de Marx en nombre de un futuro comunista que nos liberaría de ella.

Pero en el caso de Simone Weil, anarquista, creyente y mística, el papel inquisitorial de la religión y los partidos es fanático, por ende, debe ser abolido (junto con los partidos políticos) para liberar el pensamiento de las personas.

Desde la derecha, en este caso la derecha nazi, también Carl Schmitt ha percibido una continuidad entre la teología y la teoría política moderna: Así lo enuncia Marta García Alonso en su artículo “La teología política de Calvino”:

“Es bien conocida la tesis de Carl Schmitt, según la cual las categorías de la moderna teoría del Estado serían, en realidad, conceptos teológicos secularizados. Hemos intentado mostrar en otro lugar cómo la tesis de Schmitt no tiene sólo una vertiente genética, sino que igualmente importante es su dimensión sistemática: no sólo se apunta al origen de ciertos conceptos, sino que se afirma que su articulación doctrinal sólo puede ser teológica. En efecto, como bien supo ver Leo Strauss, la decisión que para Schmitt constituía la política era la opción entre anarquía y autoritarismo, según se creyese o no en el carácter peligroso del individuo y, por tanto, en su necesidad de ser gobernado por medio de la institución estatal. Y el jurista del Reich consideraba esta elección estrictamente análoga a la opción entre Dios y el diablo, por ello mismo, teológica.

Carl Schmitt, jurista del Tercer Reich hitleriano, asume la dicotomía entre Dios y el diablo como la base teológico- metafísica para aseverar que el concepto de lo político se fundamenta en la distinción entre amigo y enemigo.

También Martín Heidegger usaba la idea del diablo, aunque metafóricamente, para referirse a lo que podía destruir al Reich, según consta en el protocolo de su Seminario: Sobre la esencia y el concepto de naturaleza, historia y Estado, 3 de noviembre de 1933- 23 de febrero de 1934. El texto dice:

“En cada nuevo instante el líder y el pueblo se unirán con más fuerza para desarrollar la esencia de su Estado, esto es, su ser; creciendo conjuntamente, el líder y el pueblo establecerán el sentido histórico de su ser y su querer y harán frente a las dos fuerzas amenazantes de la muerte y el diablo, esto es, la transitoriedad y el declive de su propia esencia.”

Las consecuencias de esas tesis de que la política es esencialmente una dicotomía amigo-enemigo como versión secularizada de la disyunción: Dios-diablo, ya las vivió el mundo con la pretensión hitleriana de un Tercer Reich.

En el caso de Martín Lutero y Juan Calvino, la influencia de su pensamiento teológico, ético y político es diversa. Tuvieron consecuencias democratizadoras: su defensa de la lectura directa y libre de la Biblia, contra el monopolio de los expertos católicos, en la libertad de pensamiento y conciencia. Ayudaron a avanzar en la secularización del mundo moderno, especialmente en la separación entre la Iglesia y el Estado. En México, por ello, los evangélicos recuperan a Benito Juárez, porque la separación entre la Iglesia católica y el Estado debilitó al catolicismo y abrió las puertas a otras religiones.

Ya Max Weber mostró la influencia del calvinismo en la formación del “espíritu del capitalismo”, es decir, la legitimación del interés y el afán de lucro que impulsa la acumulación capitalista. Calvino es uno de los grandes pilares de la ideología estadounidense.

Quizá no Calvino, pero sí discípulos suyos, impulsaron ideas y prácticas asamblearias que desembocaron en un federalismo que los migrantes europeos que colonizaron Norteamérica incorporaron en el federalismo de los Estados Unidos.

Pero las prácticas de las iglesias reformadas, entre otras, las que siguen a Lutero y Calvino, también tuvieron consecuencias autoritarias. De hecho a Lutero se le considera precursor del absolutismo de autores como Thomas Hobbes, el defensor del Estado-Leviatán, un monstruo temible que tenga a raya a hombres malos por naturaleza: hombres que son lobos para otros hombres.

Lutero y Calvino creían que el pecado original tuvo como consecuencia que la naturaleza caída de los hombres los incapacita para conocer con su sola razón el bien, la ley y voluntad de Dios expresada en la “ley natural”. Solamente por la revelación divina, la palabra de Dios, la Biblia, y por la gracia divina, el ser humano puede entender y obrar el bien. Pero no pueden salvarlo las buenas obras, sino solo la fe: la única verdadera virtud es la fe: creer y, por ello ser, leal y obediente. Como la fe en Cristo es lo único que salva, no importan tanto las virtudes o habilidades personales, solo la fidelidad. Además heredaron un cierto maniqueísmo, probablemente de San Agustín (Lutero fue monje agustino) y su Ciudad de Dios. De hecho también Lutero postula dos reinos, el de Dios y el reino secular, que darán origen a dos gobiernos distintos y separados: la autoridad religiosa y una fuerte autoridad política.

Incluso, además de dos reinos, la humanidad está dividida en dos clases: los salvos y los condenados o réprobos, dos clases que son decididas por Dios, por lo que no se puede pasar de una a otra por las propias obras sino solo tener fe y esperar la salvación de Cristo. Pero, uno de los signos de la elección divina es la riqueza material, por lo que el calvinismo impulsa el afán “espiritual” de enriquecerse. Un apartheid espiritual que legitima la acumulación de capitales.

Lutero justifica la existencia del derecho positivo. Porque los creyentes viven entre no creyentes y necesitan de una autoridad civil y un derecho positivo que castigue el mal. Por lo cual se considera a Lutero precursor de los filósofos del derecho que hacen esencial al derecho su carácter punitivo: el castigo. Pero paradójicamente, Lutero desdeña al derecho y opina que un buen cristiano está por encima de las leyes, porque la ley de Dios es superior:

“Si juzgas según el amor –opina Lutero, citado por Hernán F. Corral Talciani, en “Lutero y su influencia en el pensamiento jurídico”–, resolverás todos los asuntos sin necesidad de los libros de derecho. Si pierdes de vista el amor y el derecho natural no lograrás nunca el beneplácito de Dios, por mucho que te hubieras devorado todos los libros de derecho y todos los juristas, pues cuanto más pienses en ellos más confuso te volverán”.

Un creyente fanático en la superioridad de la ley de Dios y en su propia superioridad moral sobre los demás seres humanos: pecadores, corruptos, hipócritas, réprobos, desdeñará la ley positiva porque él, su fe y bondad están por encima de las leyes meramente humanas. Esto lleva a una posición iliberal y autoritaria, pues va contra el principio liberal-democrático de un gobierno de las leyes (positivas) por encima del gobierno de los hombres.

Lutero y Calvino se opusieron a la pretensión de la Iglesia católica de que la legitimidad de los reyes derivaba de Dios y era transmitida a través de la autoridad del papa, vicario de Cristo.

Sin embargo, por su concepción pesimista de una naturaleza humana “caída”, pecadora, y por ello mala, como sería para San Agustín o para Hobbes, tanto Calvino como Lutero, basados en San Pablo, afirmaron de nuevo el origen divino del poder temporal, el llamado derecho divino de los reyes, pero extendido a todo gobierno temporal: la autoridad política deriva directamente de Dios sin mediación del pueblo.

En consecuencia, para Lutero y Calvino todo gobierno civil es apoyado por Dios y el creyente debe obedecerlo, pues desobedecerlo es desobedecer a Dios. El único motivo que podría justificar la desobediencia, y eso en última instancia y como último recurso, es que un gobierno ordene conductas contrarias a las leyes de Dios. 

De hecho, Lutero aconseja, en lugar de desobedecer a un gobierno que no respete al Evangelio, irse a otro país donde pueda el creyente tener libertad de conciencia y de culto. Esto favoreció sin duda el traslado de muchos creyentes a las nuevas colonias en lo que hoy es Estados Unidos.

Asimismo, muchos de los “peregrinos” que viajaron a Norteamérica se concibieron como un nuevo pueblo elegido de Dios que, a semejanza del pueblo de Israel, estableció con Dios una nueva alianza, lo cual dio origen al “destino manifiesto” del imperialismo estadounidense.

En el caso de Martín Lutero, no solamente dijo que es divino el origen de la autoridad política, sino que eso le da derecho a reprimir duramente. Así lo dice de una rebelión campesina reprimida, a la que llama “bandas ladronas de campesinos”:

…“incluso la autoridad pagana tiene derecho y poder para castigarlos; más aún, está obligada a castigar a esos canallas, para esto porta la espada y es servidora de Dios contra el que hace el mal”.

Puesto que si es Dios quien da la autoridad a los gobernantes, para Lutero la mano de los gobernantes que aplica la fuerza es la mano de Dios:

“La mano que lleva la espada y estrangula no es ya la mano del hombre, sino la de Dios, y no es el hombre sino Dios quien ahorca, tortura en la rueda, decapita, estrangula y guerrea”.

Al lado de la secularización y de algunos elementos democratizadores del protestantismo, este sistema de creencias y prácticas les heredó al derecho y a la política modernas un carácter punitivo (la pena de muerte en varios estados de los Estados Unidos, por ejemplo) y dio un espaldarazo “divino” a toda autoridad, lo cual fue especialmente favorable al absolutismo y al autoritarismo.

No debe sorprendernos entonces que un gobernante creyente en ese tipo de ideas religiosas crea que está por encima de la ley, ni siquiera que creyentes en ese mismo tipo de religión crean que ese ser “puesto por Dios” en el gobierno tiene un poder absoluto, por encima de las leyes “meramente humanas”. Tampoco puede sorprendernos que quien cree que hay humanos salvos y seres humanos réprobos impulse una política del amigo y el enemigo, maniquea, en la que él y sus fieles son buenos y sus opositores o adversarios son pecadores, corruptos, malos, por lo cual no hay que cansarse de fustigarlos y anatemizarlos.

Lo sorprendente de un gobierno así, confesional, autoritario, iliberal, militarista, patriarcal, nacionalista, es que logre engañar a toda una sociedad haciéndose pasar por un gobierno progresista, liberal y demócrata: cuando en realidad es una regresión a la teología política que llevó a la quema de brujas y la excomunión de herejes.

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Gentrificación, guerra contra la subsistencia y territorialidad

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Gentrificación, guerra contra la subsistencia y territorialidad

Javier Hernández Alpízar

El barrio, la colonia, la calle, el caserío en el que vivimos como en nuestro mundo más inmediato, nuestro entorno cercano, nuestro horizonte cotidiano, es el producto de actividades humanas, de trabajo humano: resultado de habitar y de construir.

Los seres humanos, como todas las especies de seres vivos, vegetales y animales, transformamos nuestro entorno. El planeta Tierra con su atmósfera, su oxígeno, sus ecosistemas, es resultado de procesos de los seres vivos como la fotosíntesis, entrelazados con los ciclos del agua, el oxígeno, el carbono o el nitrógeno.

Luego los seres humanos, sin duda los seres vivos más agresivos con nuestro entorno, hemos modificado dramáticamente el planeta mediante nuestra manera de producir, primero con la revolución agrícola, luego con la revolución urbana, el surgimiento de las ciudades, y después, con la revolución industrial y con las revoluciones políticas burguesas que dieron el poder a la clase propietaria privada de los medios de producción: industria, maquinaria, tecnología, dinero y capitales.

Hoy la vida en el planeta está en riesgo, a consecuencia de un acelerado proceso de destrucción del delicado equilibrio que generó la vida en la Tierra y se manifiesta con el calentamiento global y con una sexta extinción masiva de especies que está en marcha.

Las ciudades son sistemas complejos muy parecidos a los seres vivos: operan mediante un masivo metabolismo que les hace depredar el campo como proveedor, lo cual implica absorber alimentos, agua, oxígeno, petróleo, gas y otras materias primas y devolver, como deshechos, basura, agua y aire contaminados.

La crisis de nuestra forma de habitar, nuestra forma de producir y reproducir nuestra vida, nuestra población y poblamiento, y nuestros entornos construidos, nos ha llevado, en los últimos cien años más o menos, a reflexionar, aunque sea en grupos marginales respecto a la corriente principal de opinión, en el habitar, en la crisis del habitar.

En el emblemático año de 1968, mientras movimientos estudiantiles, juveniles, civiles y populares protestaban en diversas ciudades del mundo contra un sistema de vida insatisfactorio, el pensador francés Henri Lefebvre publicó un libro breve que hoy podemos considerar un clásico: El derecho a la ciudad.

La base conceptual del argumento por el derecho a la ciudad es la filosofía de Karl Marx: la riqueza producida por nuestros pueblos, sociedades y culturas es trabajo humano materializado, es trabajo colectivo, social. Sin embargo, predomina la apropiación privada del producto de ese trabajo, los bienes que producimos entre todos en largas cadenas de producción de valor que van desde la extracción de materias primas y las actividades primarias como la agricultura o la pesca hasta la transformación industrial de materiales en alimentos, vestido y calzado, viviendas, casas, edificios y demás construcciones y edificaciones rurales y urbanas.

La contradicción entre la producción social y la apropiación privada de los bienes y valores de uso es particularmente notable en la ciudad. La ciudad es una obra colectiva, es un producto y un constructo social. No obstante, nuestra libertad de habitar, de vivir y de disfrutar la ciudad, se ha ido perdiendo, o al menos se ha ido viendo limitada cuando no impedida, por un proceso de privatización, un proceso de transformación de la ciudad en mercancía.

Transformar los bienes en mercancía es un proceso histórico central, esencial en el mundo moderno burgués y capitalista. La existencia de mercancías era marginal, social y políticamente, económicamente insignificante, en los pueblos y culturas no capitalistas. Han existido diversas y muy rudas formas de opresión social: esclavismo, feudalismo, despotismo oriental. No podemos idealizar a ninguna cultura premoderna o no capitalista- Pero las ciudades, antes de su moderna, es decir, reciente, colonización por el proceso capitalista de producción de valores fueron, según Henri Lefebvre, una obra en la que los habitantes y ciudadanos podían reconocerse.

La ciudad fue el lugar de encuentro de los diferentes. Aun con diferencias de clase y con formas de opresión, la ciudad no era propiedad privada: había un significado y un uso social y colectivo de la ciudad. Era más un símbolo social colectivo que lo que hoy es: una mercancía apropiada por cada vez menos propietarios o un territorio codiciado y en disputa para capitales y poderes depredadores, legales e ilegales.

Hay diversos procesos de esta depredación urbana por el crecimiento del poder y la apropiación capitalista: la urbanización salvaje, la segregación de poblaciones mediante criterios y procesos clasistas y aún racistas, la museificación de los centros antes vivos y hoy simplemente “históricos”, el cercamiento de los procesos de poblamiento popular y producción social de la vivienda y el hábitat por unidades habitacionales disfuncionales y muchas veces vandalizadas o semiabandonadas, la producción de vivienda masiva inhabitada e inhabitable, el uso industrial, comercial y turístico intensivo, con su resultante en contaminación ambiental, delincuencia y peligros urbanos, e inseguridad aún mayor para las niñas y mujeres en entornos permisivos de criminalidad patriarcal y machista, así como especulación inmobiliaria: encarecimiento del suelo y financiarización de la vivienda.

Uno de los procesos de esta expropiación de la ciudad a sus habitantes es el que los británicos llamaron “gentrificación”, derivado de “gentry”: la nobleza rural que comenzó a sustituir a la población de barrios obreros ingleses. Es un proceso de desplazamiento de población: es expulsada por el encarecimiento de rentas, impuestos, servicios, precios y tarifas la gente con menos ingresos, y paulatinamente llegan a vivir en ese barrio o poblamiento personas con más dinero y capacidad de compra.

La explicación de este proceso es netamente económica, capitalista: la propiedad del suelo es privada, la propiedad de la vivienda es privada, por lo tanto, están en el mercado de suelo y de vivienda, es decir, son mercancías. Incluso si se trata de vivienda construida mediante producción social del hábitat, al ser propiedad privada, está sujeta a la presión capitalista de  los mercados de suelo y de vivienda. La ciudad entera es ya una mercancía sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. La propiedad privada no es una forma de seguridad jurídica de la propiedad ni de la posesión, es el primer plazo para el despojo, como han aprendido amargamente muchos campesinos antes ejidatarios.

El proceso puede seguir diversas rutas: una de ellas fue históricamente el abandono de los centros de las ciudades en la mitad del siglo XX porque los ricos y pudientes que lo habitaban se aburrieron de su arquitectura vieja y se mudaron a los suburbios, con arquitecturas más modernas y la ´promesa de una vida tranquila y cercana a la naturaleza. Entonces esos viejos edificios, como los coloniales del Centro de la Ciudad de México, fueron ocupados por emigrantes campesinos y obreros pobres. Se llenaron de población que rentaba en vecindades, patios, casonas subdivididas en  viviendas más pequeñas.

Luego la vida en los suburbios decepcionó: no son urbanamente funcionales y se prestan a todo tipo de patologías sociales, como nos lo han recordado algunas series norteamericanas de asesinatos y otros crímenes en los suburbios. Entonces se retomó el alto valor económico del Centro y los pobladores pobres se vieron en su mayoría desplazados a las periferias para que los barrios centrales fueran reocupados por negocios, hoteles, oficinas e incluso departamentos de lujo. El negocio de Carlos Slim bajo los gobiernos de López Obrador y sus sucesores en la Ciudad de México es buen testimonio de esta gentrificación o aburguesamiento.

Otros procesos son inducidos mediante un abandono de entornos céntricos que ven deteriorada su imagen urbana y sus servicios. Entonces, se abaratan algunas propiedades y comienzan a comprarlas o rentarlas personas que tienen el capital para remodelarlas o incluso para derribar construcciones y construir nuevos edificios de departamentos, la mitologizada vivienda vertical de la todavía más ideologizada ciudad vertical, así como oficinas, hoteles, tiendas de conveniencia o los negocios que la ubicación urbana permita.

Estos procesos se benefician de la inversión pública en servicios y equipamientos urbanos como líneas del metro, metrobús, mercados, escuelas, universidades, hospitales, espacios públicos, etcétera. Los propietarios privados capitalizan esa mejora del entorno debida a la producción social mediante la inversión estatal y encarecen rentas o precios de sus propiedades privadas. Esto también genera una sustitución de población pobre por población con más altos ingresos.

Otro tipo de proceso es de contrastes más agudos, si eso es posible: lugares que antes fueron inhóspitos, como el Pedregal de Santo Domingo en Coyoacán, son poblados con muchos trabajos y dificultades por habitantes pobres. A lo largo de generaciones, estos pobladores lo urbanizan, lo convierten en una colonia habitable, plena de vida pública, de comercios y servicios, rodeada de instalaciones y equipamientos urbanos. Entonces comienza el proceso de invasión y colonización por tiendas, por desarrolladores de vivienda e inmobiliarias quienes construyen vivienda para vender o para rentar, con todo tipo de facilidades, incluso transgrediendo reglamentos urbanos y leyes.

El resultado de todos estos procesos es el desplazamiento de población pobre y el ingreso en ese territorio de población de más altos ingresos: es un proceso inducido, prohijado, mediante corrupción y uso de recursos legales e ilegales, por el Estado, gobiernos de estados, municipios y alcaldías y, sobre todo, por capitales privados: inmobiliarias y empresas de bienes y servicios.

Como resultado de todo esto: la población trabajadora, los colonos, estudiantes, amas de casa, se tienen que conformar con vivir en lugares muy alejados de los centros urbanos y los lugares donde hay empleos, escuelas, servicios de salud, comercio. Esta clase popular pierde largas horas de su vida en viajes que duran horas en transportes devoradores de su tiempo: cronófagos, los llamó Jean Robert. Su situación los vuelve vulnerables a todo tipo de peligros como la inseguridad urbana por el crimen o los problemas de salud como la pandemia de Covid 19.

En los lugares colonizados por la gentrificación crece el número de habitantes en un espacio cada vez más reducido, y aumentan también el consumo de agua, la producción de basura, la contaminación, el caos vial, el desorden urbano, la especulación con el suelo y los inmuebles.

Cuando la ciudad, la vivienda, el entorno construido y habitable se convierten en mercancía, vivir en un lugar mejor ubicado y urbanizado se vuelve prohibitivo. Ganan los grandes capitales, los especuladores, los sistemas de encarecimiento de servicios tipo Air B & B, y los políticos corruptos de todos los signos partidarios.

Las luchas y resistencias de los habitantes, pobladores, colonos y ciudadanos de cada rincón rural o urbano que se oponen a esta depredación de la ciudad y del campo: desde quienes defienden su derecho a vivir y trabajar en el Centro de la ciudad hasta quienes resisten a la invasión de sus barrios, colonias y poblamientos, más centrales o más periféricos, e incluso las luchas en el territorio rural por el agua, por los ecosistemas, como las resistencias contra los megaproyectos como el mal llamado Tren Maya, el Corredor Interoceánico en el Istmo de Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos y cada uno de los megaproyectos, son todas ellas luchas por el habitar, por la vida de los pueblos, contra el rey Midas capitalista de todo lo vuelve valor y especulación en un territorio sin vida, o al menos, hostil a la vida.

Lo que vivimos es, como bien señaló el arquitecto, urbanista y filósofo Jean Robert, una guerra contra la subsistencia: y en esa guerra, además de participar las grandes, mafiosas y corruptas empresas especuladoras, son usados como peones los arquitectos, ingenieros, planificadores y desarrolladores urbanos con la ideología de enchular o hermosear el territorio, limpiándolo de todo lo que para ellos afea y limita los negocios, incluida la población más pobre, los explotados, los trabajadores formales e informales y sus familias.

A la resistencia contra esa guerra, Jean Robert le llama “territorialidad” y la explica así: “”Es arraigamiento, apego al suelo y a la tierra nodriza, respeto a las tradiciones y capacidad de transformarlas de forma tradicional. Es capacidad de subsistir a pesar de los embates del mercado capitalista.” Y las complicidades con la guerra contra la subsistencia y, por lo tanto, la agresión a esa territorialidad, las enuncia así: “Hoy en día, ese contrario de la territorialidad se llama desarrollo urbano y se enseña en las universidades como diseño arquitectónico.”

En las ciudades, la lucha por la vida es también lucha por el territorio: lucha por nuestro derecho a la ciudad. En el territorio rural, la inmensa mayoría del territorio en nuestro país, la resistencia también es esencial, porque los territorios autónomos, como los de los autogobiernos zapatistas, y sus recursos como minerales, agua, madera e hidrocarburos, son codiciados por trasnacionales como FEMSA, Coca Cola, Frontier Development Group y First Majestic Silver Corp, y empresas capitalistas públicas como CFE y Pemex, según nos recordó recientemente Zózimo Camacho en Contralínea.

Esa guerra contra la subsistencia también ocasiona desplazamiento de poblaciones, por métodos criminales y paramilitares violentos, de modo que de octubre a diciembre de 2022 el desplazamiento forzado en México se incrementó en un 250%, según la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos. Asimismo, una avanzada y palanca de la guerra contra la autonomía territorial es la militarización, especialmente en los territorios de los pueblos indígenas, como lo ha denunciado el Congreso Nacional Indígena.

Hermanar esas luchas y resistencias por la vida y la territorialidad, urbanas y rurales, es cuestión ya no de ideología o estrategia, sino de sobrevivencia, ante lo avanzado de una guerra contra la subsistencia enmascarada de progresismo político militarizado.

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Reflexiones maquiavélicas sobre la prensa

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Reflexiones maquiavélicas sobre la prensa

Javier Hernández Alpízar

“¿Qué le importa al proletariado, inclinado sobre su trabajo, abrumado por el peso de su destino, que algunos oradores tengan el derecho de hablar y algunos periodistas el de escribir? Habéis creado derechos que, para la masa popular, incapacitada como está de utilizarlos, permanecerán eternamente en el estado de meras facultades. Tales derechos, cuyo goce ideal la ley les reconoce, y cuyo ejercicio real les niega la necesidad, no son para ellos otra cosa que una amarga ironía del destino. Os digo que un día el pueblo comenzará a odiarlos y él mismo se encargará de destruirlos, para entregarse  al despotismo.” (Maquiavelo en el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly)

La prensa es un poder político, porque si bien el poder de un gobierno se basa principalmente en el “monopolio de la violencia legítima” (Max Weber), la otra fuente de poder es que la sociedad experimente la obediencia como razonable, porque el poder tiene consenso y hegemonía (Antonio Gramsci).

La “fabricación del consenso”, como dice Noam Chomsky, tiene lugar en los que Louis Althusser llamó “aparatos ideológicos del Estado” (prensa, universidades, iglesias, partidos, propaganda). Por ello la prensa es clave para lograr el control, la obediencia social, lo que hoy se llama lucha por la narrativa o por el sentido común.

Un periodista debe tener muy claro todo esto. Así lo tuvo en el siglo XIX Maurice Joly. Al darse cuenta de que Luis Bonaparte, militar, dictador, emperador (Napoleón III, quien gobernó Francia entre 1848 y 1870) y populista ejercía el poder de manera despótica, controlando las instituciones sin desaparecerlas, dejando sus nombres democráticos, pero cambiándolas por dentro para hacerlas servir a su poder, decidió hacer lo que los periodistas hacen: escribir.

La censura en la prensa y los libros le impedía hacerlo abiertamente, por lo cual lo publicó de manera anónima y bajo un subterfugio literario, un diálogo entre dos clásicos del pensamiento político en un infierno como el de Dante: el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.

En ese diálogo, Maquiavelo describe el modo de operar despótico, dictatorial, disfrazado de democrático, de Luis Bonaparte:

“no destruiré directamente las instituciones, sino que les aplicaré, una a una, un golpe de gracia imperceptible que desquiciará su mecanismo. De este modo iré golpeando por turno la organización judicial, el sufragio, la prensa, la libertad individual, la enseñanza.”

El “maestro de tiranos” describe un golpe de Estado y su legitimación plebiscitaria, el control de la burocracia y de la opinión pública, la modificación de las leyes e instituciones al servicio del Estado, y siendo Maurice Joly periodista, es especialmente detallado en el trato de un poder autoritario a la prensa:

“En los países parlamentarios, los gobiernos sucumben casi siempre por obra de la prensa; pues bien, vislumbro la posibilidad de neutralizar a la prensa por medio de la prensa misma. Puesto que el periodismo es una fuerza tan poderosa, ¿sabéis qué hará mi gobierno? Se hará periodista, será la encarnación del periodismo.”

Un gobierno “periodista”, uno que dicte la agenda a los medios. Como se ve no es una novedad, en el siglo XIX ya un dictador lo tenía en cuenta.

El gobierno del emperador es un espectáculo vertiginoso. El gobernante está por todas partes y a toda hora. El poder es un espectáculo omnipresente:

…“las masas consienten en permanecer inactivas, a condición de que sus gobernantes les ofrezcan el espectáculo de una continua actividad, de una especie de frenesí; que las novedades, las sorpresas y los efectos teatrales atraigan permanentemente sus miradas; tal vez esto perezca raro, pero, nuevamente, es así.”

La actividad febril del gobernante será la que mantendrá pasivo a su pueblo. ¿Para qué tiene que movilizarse el pueblo, si su emperador está por todas partes cambiándolo todo, mejorándolo todo, transformándolo todo? Del pueblo, solo necesita su apoyo masivo, pasivo e incondicional.

Además de este espectáculo permanente, del que da cuenta la prensa (hoy la telecracia y la infocracia en todas las redes sociales), el dictador tiene que elaborar un discurso, una narrativa heroica, solemne, grandilocuente:

“Más que los actos, son las palabras las que debemos hacer concordar. ¿Cómo pretendéis que la gran masa de una nación pueda juzgar si su gobierno se guía por la lógica? Basta con decirle que es así. Por lo tanto, deseo que las diversas fases de mi política sean presentadas como el desenvolvimiento de un pensamiento único en procura de un fin inmutable.”

Un gran eslogan de grandeza que sirve de horizonte a un pensamiento único.

Un dictador no es un profeta desarmado, tiene unas fuerzas armadas activísimas, pero también un ejército de escritores, oradores y periodistas que repiten por todos lados las grandezas del señor gobernante:

“El objeto único, invariable, de mis confidencias públicas será el bienestar del pueblo. Hable yo, o haga hablar a mis ministros o escritores, el tema de la grandeza del país, de su prosperidad, de la majestad de su misión y su destino nunca quedará agotado; nunca dejaremos de hablar sobre los grandes principios del derecho moderno y de los grandes problemas que preocupan a la humanidad. Mis escritos trasuntarán el liberalismo más entusiasta, más universal. Los pueblos de Occidente gustan del estilo oriental; de modo que el estilo de todos los discursos oficiales, de todos los manifiestos oficiales estará cargado de imágenes, siempre pomposo, elevado y resplandeciente. Como el pueblo no ama a los gobiernos ateos, en mis comunicados al público no dejaré nunca de poner mis actos bajo la protección de Dios, asociando, con habilidad, mi propio sino al del país.”

Humanismo, respeto a Dios, y sobre todo grandeza heroica: todo lo que se hace es histórico, solamente los grandes héroes del pasado se equiparan al emperador.

Y el pasado inmediato es un lodazal. El actual gobierno viene a salvar al pueblo de la corrupción, el caos, la anarquía y el desamparo. El gobierno anterior a este buen gobernante es responsable de todos los males, y hay que repetirlo todo el tiempo, no dejar que nadie lo olvide:

“Procuraré que a cada instante se comparen los actos de mi reinado con los de los gobiernos anteriores. Será la mejor manera de hacer resaltar mis aciertos y de que obtengan el merecido reconocimiento. Importa mucho que se pongan de relieve los errores de quienes me precedieron y mostrar que yo siempre los supe evitar. De este modo trataremos de crear, contra los regímenes que antecedieron al mío, una especie de antipatía, hasta de aversión, lo que terminará por resultar irreparable como una expiación.”

La prensa deberá estar bajo control, sin una censura visible, mediante una censura invisible, legal: por ejemplo, no se prohíben los libros, solamente se reglamenta que tengan muchas páginas y no se puedan publicar los breves: ¿quién leerá semejantes mamotretos?

Sin embargo, los periodistas pueden ser enjuiciados y hasta encarcelados (Maurice Joly fue encarcelado por su libro anónimo, y el libro confiscado sobrevivió por azar), pero lo serán por delitos comunes. Porque son criminales, delincuentes, según el emperador. Y es muy importante que la sociedad vea los opositores políticos como reos comunes y no como perseguidos políticos:

“En mi reino, el periodista insolente será confundido, en las prisiones, con el simple ladrón, y comparecerá, junto a él, ante la jurisdicción correccional. El conspirador se sentará ante el jurado criminal, junto al falsificador, con el asesino. Se trata, observadlo, de una excelente modificación legislativa, porque la opinión pública, viendo tratar al conspirador al igual que al malhechor ordinario, terminará por confundirlos a ambos en un mismo desprecio.”

Es lo que debe generarse para los críticos, disidentes, opositores y la prensa que ose salirse del pensamiento único: desprecio.

La descripción que hace Maurice Joly del control de una prensa “plural”, pero toda ella leal al consenso fabricado, recuerda al México priista. A Fernando Savater le recuerda al franquismo. Y a cada quien le puede recordar al gobierno autoritario que haya conocido de cerca.

“Como el Dios Vishnú, mi prensa tendrá cien brazos y dichos brazos se darán la mano con todos los matices de la opinión, cualquiera que sea ella, sobre la superficie entera del país. Se pertenecerá a mi partido sin saberlo. Quienes crean hablar su lengua hablarán la mía, quienes crean agitar su propio partido, agitarán el mío, quienes creyeran marchar bajo su propia bandera, estarán marchando bajo la mía.”

Una vez extirpada de raíz la prensa crítica, el pensamiento crítico incluso, se debe crear una imagen de falso pluralismo, en el que se discrepe sobre temas menores pero nadie cuestione el “traje nuevo del emperador”. La legitimidad del gobernante será el horizonte incuestionable de los debates menores por temas irrelevantes:

“tened presente que los periódicos de que os hablo no atacarán jamás las bases ni los principios de mi gobierno; nunca harán otra cosa que una polémica de escaramuzas, una oposición dinástica dentro de los límites más estrictos.”

Como en la “dictadura perfecta” priista que diagnóstico Mario Vargas Llosa, hay intelectuales y periodistas que hace críticas, sin tocar la legitimidad del régimen. La prensa parece libre, así que hablar de “dictadura” sería exagerado simplemente un despropósito:

“El resultado, ya considerable por cierto, consistirá en hacer decir a la gran mayoría: ¿no veis acaso que bajo este régimen uno es libre, uno puede hablar; que se lo ataca injustamente, pues en lugar de reprimir, como bien podría hacerlo, aguanta y tolera? Otro resultado, no menos importante, consistirá en provocar, por ejemplo, comentarios del siguiente tenor: Observad hasta qué punto las bases, los principios de este gobierno, se imponen al respeto de todos; ahí tenéis los periódicos que se permiten las más grandes libertades de lenguaje; y ya lo veis, jamás atacan a las instituciones establecidas. Han de estar por encima de las injusticias y las pasiones, para que ni los enemigos mismos del gobierno puedan menos que rendirles homenaje.”

Todas las noticias son acerca del gobernante y su pensamiento, obras y decisiones. Asimismo le permiten al tirano sondear la opinión y ajustar su discurso para que parezca siempre que lee la mente del pueblo leal:

“Hago anunciar un hecho y lo hago desmentir, de acuerdo con las circunstancias; sondeo así el pensamiento público, recojo la impresión producida, ensayo combinaciones, proyectos, determinaciones súbitas, en suma lo que en Francia vosotros llamáis globos-sonda. Combato a mi capricho a mis enemigos sin comprometer jamás mi propio poder, pues, luego de haber hecho hablar a esos periódicos, puedo infringirles, de ser necesario, el repudio más violento; solicito la opinión sobre ciertas resoluciones, la impulso o la refreno, mantengo siempre el dedo sobre sus pulsaciones, pues ella refleja, sin saberlo, mis impresiones personales, y se maravilla algunas veces de estar tan constantemente de acuerdo con su soberano. Se dice entonces que tengo fibra popular, que existe una secreta y misteriosa simpatía que me une al sentir de mi pueblo.”

Extirpada toda función crítica, toda independencia o autonomía de la prensa, ésta se convierte en un aparato ideológico y en una correa de transmisión del gobierno:

“cada uno de mis periódicos, de acuerdo con su tendencia, procurará persuadir a un partido de que la resolución tomada es la que más le conviene. Lo que no se escribirá en un documento oficial, haremos que aparezca por vías de interpretación; los diarios oficiosos traducirán lo meramente sugerido de una manera más abierta, y los periódicos democráticos y revolucionarios lo gritarán por encima de los tejados; y mientras se discuta y se den las interpretaciones más diversas a mis actos, mi gobierno siempre podrá dar respuesta a todos y a cada uno: os engañáis sobre mis intenciones, habéis leído mal mis declaraciones; jamás he querido decir otra cosa que esto o aquello.”

Hoy el poder autoritario y su cotidiana lucha por destruir toda comunicación, información y prensa independiente y crítica cuenta con muchos recursos: dinero, tecnología, ejércitos de intelectuales mercenarios y reproductores en las redes digitales, sean de carne y hueso o robots.

Ante todo, cuenta con la pasividad de mayorías y con el recurso de criminalizar a comunicadores, periodistas y prensa. El desprecio del poderoso hacia sus críticos es una extensión de su desprecio hacia un pueblo visto como masa manipulable que no comprende para qué sirve la libertad de prensa:

“hacedlo comprender a las masas, si podéis; contad el número de quienes se interesan por la suerte de la prensa, y veréis.”

Cuando están en el poder, los gobernantes se creen invencibles. Sin embargo, la historia tiene otros parámetros: el libro de Maurice Joly sobrevivió y hoy podemos leer cómo fue la dictadura de Luis Bonaparte gracias a su escritura. Y la descripción que hace del autoritarismo es vigente. Puede ser nota en la prensa crítica hoy.

La democracia y la libertad de prensa “burguesas” pueden ser poco glamorosas, pero quienes han vivido una dictadura saben que son libertades necesarias y que han sido el resultado de la lucha de los pueblos.

Los magonistas, por ejemplo, no fueron burócratas al servicio del “orden y progreso” sino combatientes y periodistas sumamente críticos.

Por suerte hoy, aunque bajo amenaza, siguen existiendo comunicadores, periodistas, prensa, medios libres y mentes críticas, pese a los esfuerzos de los emperadores de turno, estatistas o de “libre mercado”, y sus burocracias dóciles.

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La corrupción de los gobiernos y las revoluciones pasivas

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La corrupción de los gobiernos y las revoluciones pasivas

Javier Hernández Alpízar

La idea de corrupción viene muy probablemente de la biología, de la expresión que señala cómo se pudre un cadáver: “la corrupción de la carne” que dice el catolicismo en sus dogmas. La metáfora de la sociedad como cuerpo también viene de antiguo, pues ya San Pablo hablaba del “cuerpo místico de Cristo” para referirse a la iglesia como comunidad de creyentes. Luego el imperio romano identificó el cuerpo político pagano de la sociedad con el cuerpo religioso, ambos integrados como cuerpo social- religioso y político en regímenes monárquicos-teocráticos antiguos y medievales. Se corrompen entonces cuerpos, pero también sociedades, Estados, instituciones, regímenes y gobiernos.

Sin embargo, en el habla popular mexicana, hemos simplificado la corrupción como robo de dinero. La derecha, cuando era oposición al PRI-gobierno, partido de Estado, popularizó la idea de que solo el gobierno, los políticos, los funcionarios y casi exclusivamente los priistas, podían ser y eran corruptos. Por eso el filósofo Carlos Pereyra opinó que el lema del gobierno delamadridista “Renovación moral” era una concesión a la derecha (panista, principalmente). No era que fuese falso, los priistas y el gobierno (que eran prácticamente lo mismo) eran corruptos, pero también eran corruptos los empresarios, la “iniciativa privada”, y eso se ocultaba ideológicamente. Así se sentaron las bases ideológicas para hacer creer que privatizando las empresas estatales o paraestatales se acabaría la corrupción, gubernamental “por definición”, y serían empresas eficientes e incorruptibles.

Hoy esa incorruptibilidad por definición no se atribuye a la “iniciativa privada” sino al ejército, de manera igualmente ideológica, por la nueva derecha en el poder. Asentando con ello, la ideología de la militarización y el militarismo. El ahora llamado “periodo neoliberal” nos demostró que la corrupción es gubernamental (civil y militar) y también empresarial- privada.

Sin embargo, la palabra “corrupción” significa también otras cosas: no es solamente el peculado, el robo de dinero, la estafa, las mordidas y chayotes, los moches, como es moda decir ahora. Esa es corrupción, sí, pero hay también otra, la que está detrás de esas transferencias de dinero corruptas: la corrupción del poder.

Está en el pensamiento político clásico, con diferencias y matices, entre otros, en Platón, Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo y Montesquieu. Hay formas de gobierno diferentes, según cada pueblo, nación, Estado y su historia propia. Y cada forma de gobierno tiene una forma legítima y una forma corrupta, una forma desviada o pervertida de ejercer el mando, el poder político.

Básicamente son tres formas de gobierno: el gobierno de uno solo (monarquía, encabezada por un príncipe, un rey o emperador), aristocracia (el gobierno de unos pocos, los “mejores”, según la etimología) y la democracia o el gobierno del pueblo, de los muchos. De la democracia, hay una variante: la república (donde las decisiones políticas son asunto de todos, cosa pública). Esta república combina el poder del pueblo con el contrapeso de la minoría noble o aristocrática. Las variantes históricas y teóricas de esta república dieron lugar a la versión moderna democrática y liberal con un poder ejecutivo (monarca, primer ministro o presidente), cámara alta (la aristocrática, en nuestra tradición: el senado) y cámara baja (representantes del “pueblo”, los diputados), separados de un poder judicial.

Con diferencias y matices, los autores clásicos mencionados desconfían de la democracia y de la soberanía de los muchos. Por eso lo equilibran con la representación de la élite en las cámaras “altas”.

En la versión de Maquiavelo, el pueblo no quiere oprimir, sino solamente no ser oprimido, por ello pone límites a las ansias de la aristocracia de oprimirlo. La versión clásica más desarrollada es la de Montesquieu, en El espíritu de las leyes, inspirada en el régimen de monarquía constitucional británica y teóricamente en John Locke y el liberalismo. Es la clásica división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) que se equilibran y contrapesan, cada uno limitando a los otros y evitando los abusos.

Sin embargo, cada una de estas formas legítimas, según estos autores clásicos, al menos la mayoría de ellos, tiene una forma corrupta o desviada. La forma legítima es aquella en que el gobierno, monárquico, aristocrático o republicano, procura el bien común. La forma desviada, pervertida o corrupta es aquella donde el gobierno usa el poder en beneficio propio y no del bien común. Se invierten fines y medios y, así, el poder se vuelve un fin en sí mismo, dejando de ser un medio para el bien público.

La forma corrupta de la monarquía es la tiranía, donde el gobernante busca solo su propio bien, gobierna arbitraria y despóticamente, pisoteando constituciones, leyes, principios y actuando como un dictador.

La forma corrupta de la aristocracia es la oligarquía: ya no gobiernan los mejores, ni los nobles, en pro de bien común, sino una minoría de los adinerados, los más ricos, de manera voraz, opresiva y corrupta: es el gobierno de los ricos, la plutocracia o plutonomía, la dictadura de los millonarios.

La forma corrupta de la república tiene vertientes o variantes: Para los aristocratizantes, como Platón, el gobierno de los muchos es el gobierno de los peores. Se convierte en un gobierno licencioso y “anárquico”. Es la tiranía de la mayoría que aplasta a las minorías. Normalmente no se da directamente como poder de las mayorías (no es un poder popular consciente y organizado) sino que las masas son arrastradas por un líder tiránico o una minoría dictatorial.

Como escribe Luis Villoro, explicando el pensamiento de Maquiavelo: “Los poderosos buscan el poder absoluto para oprimir al pueblo, pero este, al buscar su liberación, lleva al poder a un jefe popular o a un grupo que pronto se convierte en tirano del propio pueblo.”

Aquí el significado de corrupción es claro y no se reduce al robo de dinero: es la perversión del poder, su desvío y desnaturalización. El abandono del bien común y la imposición de intereses particulares (de uno solo o de unos pocos) haciéndolos pasar falsamente como “bien común”, el “bien de todos”, la “voluntad general”, la “seguridad nacional” o la desnuda, cruda y nuda “razón de Estado”. En el capitalismo, es hacer pasar los intereses del capital y del capitalismo (de los grandes capitales, “nacionales” o no) por el “interés de la mayoría”.

Ese ejercicio despótico del poder, por un solo líder o caudillo o por un grupo o partido, puede llevar tarde o temprano al desvío de dineros, pero no hace falta que llegue a eso: para ser corrupción, basta con el desvío o la perversión del poder, el enmascaramiento del interés personal, particular o de grupo como “bien común”.

Las repúblicas democráticas pueden así corromperse, pervertirse, podrirse por dentro, desviando el poder a las manos de uno solo o unos pocos, aunque por fuera parezcan seguir siendo repúblicas democráticas, liberales y hasta progres. Siguen teniendo elecciones (sean o no “libres”), siguen tendiendo tres poderes (de nombre, aunque de facto el legislativo y el judicial sean marionetas del ejecutivo y o de su partido), siguen teniendo instituciones (órganos electorales, de derechos humanos, de “transparencia”, prensa “libre”) aunque vacías de contenido, solamente como parafernalia de un sistema que gobierna sin ellas y sobre ellas. En México, los años de priismo hegemónico son un claro ejemplo.

Particularmente, estos gobiernos cuentan con el apoyo de sus fuerzas armadas, su lealtad y obediencia: sea que actúen cruentamente o que solamente estén ahí como amenaza sobre las cabezas de los “ciudadanos”. Cuentan con el “monopolio de la violencia legítima” (Max Weber) como fuerza apuntaladora de su dominio.

Estos gobiernos con fachada republicana, institucional y hasta democrático liberal son llamados de diversos modos: regímenes iliberales (suelen tronar públicamente en contra de los medios de comunicación, las oenegés y asociaciones civiles defensoras de derechos humanos, siempre denunciando conspiraciones intervencionistas extranjeras), regímenes autoritarios, dictaduras democráticas, democraduras, populismos, incluso recientemente: corpocracia o posdemocracia.

A veces son el resultado de un movimiento social que se quiso democrático, pero que con tuvo su desenlace en la derrota de los sectores de izquierda y en su subordinación a un proyecto burgués de gatopardismo (que todo cambie para que siga todo igual), de transformismo o de revolución pasiva. Es un proyecto de élite, burgués, capitalista, que incorpora algunas demandas de las clases subalternas, en la distribución de algunos dineros, por ejemplo, sin tocar la estructura injusta del capitalismo.

El triunfo de las revoluciones pasivas consiste en que logran desmovilizar a las masas y, sobre todo, a los sectores que verdaderamente buscaban un cambio. Los derrota arrebatándoles sus banderas y lenguaje, y aislándolos de los demás ciudadanos. Lograda la pasividad de los se abajo, su cooptación, la pérdida de su autonomía, las élites “transformadoras” pueden implementar una modernización burguesa y capitalista, con obras faraónicas, por ejemplo, remodelando zonas urbanas vistosas, con fastos cívico militares, desfiles, galas espectaculares, con una fraseología liberal (por ejemplo sobre asuntos extranjeros) que esconde la represión selectiva (o no tanto) en el país. Recordemos cómo los gobiernos priistas apoyaban la revolución cubana y a los exiliados de España y Latinoamérica mientras reprimían a estudiantes, guerrilleros, comunistas y demás opositores.

Estos regímenes no son obra de genios golpistas, sino de un proceso social de lucha de clases que da lugar a gobiernos de “cesarismo plebiscitario” o de “bonapartismo”. El ejemplo clásico es Luis Bonaparte (Napoleón III) en la Francia del siglo XIX, analizado por Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte y por Maurice Joly en su Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.

Se trata no de “golpes blandos” que emergen en el siglo XXI, sino de gobiernos autoritarios que existen desde hace mucho. Así lo expresó el periodista Maurice Joly (quien pagó con la prisión su denuncia anónima en su libro ya clásico): “El secreto principal del Gobierno consiste en debilitar el espíritu público, hasta el punto de desinteresarlo por completo de las ideas y de los principios con los que hoy se hacen las revoluciones. En todos los tiempos, los pueblos, al igual que los hombres, se han contentado con palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias; no piden nada más. Es posible entonces crear instituciones ficticias que respondan a un lenguaje y a ideas igualmente ficticias; es imprescindible tener el talento necesario para arrebatar a los partidos esa fraseología liberal con que se arman para combatir al Gobierno. Es preciso saturar de ella a los pueblos hasta el cansancio, hasta el hartazgo» (Maquiavelo a Montesquieu en los Diálogos en el infierno, de Maurice Joly).

Esa fraseología liberal, populista o progre, puede desplegarse todas las mañanas o con muchas otras formas de propaganda, como aconsejó el propagandista de Hitler, Joseph Goebbels: repetir mil veces una mentira o una verdad a medias hasta “hacerla verdad”, es decir, ideología operante en la cabeza y el cuerpo de los oprimidos.

Como se ve, ni la posdemocracia ni la posverdad son nuevas: son autoritarismos tan viejos como los sofistas controlando con palabras a la multitud como un “gran animal” (Platón, La república). Sin embargo, hoy cuentan con instrumental moderno para la “telecracia” o la “infocracia”, siempre apoyada por ejércitos bien pertrechados, por si las palabras fallan.

En México, el actual regreso a las formas autoritarias del partido de Estado hegemónico subordinado a un presidencialismo autoritario es la forma política que asume la acumulación por desposesión militarizada. El autoritarismo vestido de humanista arriba cobija el despojo militarizado abajo.

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