27
feb
13

Anímese a ver animes: Miyazaki y otros japoneses muy animados

HayaoMiyazaki

Babel

Anímese a ver animes: Miyazaki y otros japoneses muy animados

Javier Hernández Alpízar

Recuerdo el comentario de un taxista. Decía que las animaciones japonesas (que en el México no sofisticado catalogamos equívoca y llanamente como “caricaturas”) eran la venganza de los japoneses por las bombas de Hiroshima y Nagasaki, porque con ellas les hacían mierda el cerebro a los gringos (los estadunidenses) y en consecuencia se metían a un McDonald’s a matar a sus paisanos antes de suicidarse. Este taxista llevaba al extremo la idea de la “guerra psicológica”, arma que los Estados Unidos han usado amplia e impunemente y que ha incluido desde financiar orquestas sinfónicas hasta escritores como George Orwell y películas de Disney. Pero las animaciones japonesas son harina de otros diversos costales.

Los referentes que el taxista tenía en mente eran series de televisión como Los caballeros del Zodiaco o Gokú y Mazinger Z, series de luchas épicas muy violentas y famosas entre los peques de los noventas. Mi lectura de las animaciones japonesas no comienza ahí, porque ya no me tocaron generacionalmente esas series. Mis recuerdos de Japón tienen que ver con capítulos oníricos y sui generis de Señorita Cometa, una especie de hada con un dragón mascota llamado Chivigón. Con Yoko Ono, quien, como dice Cynthia Híjar motivó que John Lennon compusiera algunas de las mejores canciones sobre el amor y su fuerza. Y que los japoneses pueden llevar al cine originalísimos y muy poderosos sueños y pesadillas ya lo había comprobado viendo los Sueños de Akira Kurosawa. Heidi fue una serie que educó sentimentalmente a más de un niño o niña de mi generación, decían que nos preparaban para ser público de las telenovelas, pero lástima tan lejos de las telenovelas brasileñas y colombianas y tan cerca de los bodrios de Televisa.

Pero recientemente la moda de ver animaciones japonesas me ha permitido encontrar algunas perlas dignas de compartir. Buscando animaciones niponas se pueden hallar series violentas, películas sosas, ciencia ficción estándar (La chica que saltaba a través del tiempo, 2006; Paprika, detective de sueños, 2006), mangas, pornografía y muchas otras cosas, incluso excelente cine de imaginación, de fantasía bien elaborada, historias inteligentes, tiernas, con toques de sabiduría y de intereses humanos amplios.

Uno de los hilos conductores de ese buen cine animado japonés es Hayao Miyasaki. Célebre por sus películas El viaje de Chihiro (2001) y El castillo vagabundo (2004), el director, guionista y productor de cine, en los estudios Ghibli, me parece que si de alguna manera “se venga” de los Estados Unidos y de Occidente es dándoles ejemplo de que el cine puede ser de entretenimiento, pero no por ello ser un cine frívolo ni tratar al espectador como aprendices de público.

De lo que he podido ver suyo, me ha gustado más la obra vieja, anterior a las películas que lo dieron a conocer en Occidente: las dos mencionadas y El secreto de la sirenita (Ponyo en el acantilado, 2008).

Si le echa uno un lente a la Wikipedia (además de comprobar que no se puede editar la entrada que falsamente presenta a Carlos Slim como “filántropo”, como ha observado la escritora y guionista de cine Malú Huacuja del Toro) hallará unos pocos datos valiosos, nada que supere lo que en las películas se puede ver: Miyazaki fue marxista y luego ha devenido ecologista y pacifista. Pero son insuficientes esas etiquetas para entender sus películas, entre ellas: Nausicaa del Valle del Viento (1984, con la que nace exitosamente estudios Ghibli), El castillo en el cielo (1986), Mi vecino Totoro (1988, que le da el logo a sus estudios), Kiki: servicio de entregas (Nicky, aprendiz de bruja, 1989), La princesa Mononoke (1997). Además ha participado como guionista y productor en otras obras, de las cuales he visto Arriety y el mundo de los diminutos (2010), con guión suyo.

Las categorías intelectuales y de militancia mencionadas en Wikipedia no agotan a un amoroso constructor de historias, un profesional de las fantasías, un defensor de la imaginación preñada de literatura y buen cine. Además de Marx, hace alusión a Julio Verne, a Jonathan Swift, y a la poesía y tradición de su país (según lo poco que conocemos de ella).

Sus mejores películas lo instalan a uno en la fantasía y en la magia desde el comienzo: en los primeros minutos uno está en la acción, siguiendo a la heroína (sus heroínas son niñas y adolescentes, y sus héroes niños y adolescentes, los adultos pueden ser héroes o villanos pero personajes secundarios) en una historia solamente posible en el mundo de lo maravilloso. Incluso hay gradaciones en sus villanos, más rescatables los bandidos, completamente irredimibles los ejércitos y burocracias en El castillo en el cielo.

La naturaleza es un sujeto: el clima, el ambiente, las plantas, los animales, pero sobre todo los seres feericos, equivalentes de los occidentales trolles o hadas. Totoro es “rey del bosque” y “troll”, un ser mágico con derecho propio: tiene un gatobús que es pariente japonés del Gato de Cheshire pero es también un vehículo de transporte mágico.

Las heroínas y héroes de sus historias además de conquistarse a sí mismos, alcanzar un amor o conocer el origen de un enigma, son protagonistas del restablecimiento de los derechos de un mundo mágico, fantástico, preternatural que no se agota en la vida urbana y su nostalgia del paraíso perdido. La guerra nunca es buena, siempre es exhibida como la barbarie que es.

No solamente hay cierta “idealización” de la clase obrera como dice la Wikipedia: hay una defensa de lo mejor de la dignidad humana, de aquella parte capaz de conectarse y comprometerse con lo sagrado, defender la vida, apostar por lo que ya las comunidades y los pueblos saben, comprender lo muy otro, lo diferente, como algo a ser respetado: lo opuesto a la actitud occidental de poner trampas para plagas o rociar con pesticidas, derivados del agente naranja y el napalm.

Nadie dice que Miyasaki sea feminista, pero las mujeres en sus historias son fuertes, guerreras, plenamente humanas, incluso las villanas son poderosas, temibles y no meramente ridículas.

Es un cine con la calidad (animaciones, historias, música, personajes, entretenimiento) y la universalidad que le está permitiendo conquistar el público mexicano y occidental, pero con, por lo poco que sabemos de Japón (insistimos), un respeto por su propia tradición, cultura y raíces. Digno competidor, y hasta con mucho que enseñarle a Dream Works y las compañías que hacen las mejores animaciones en Occidente. Lo han distribuido Miramax y ha visitado los estudios de Pixar (que tiene buenas coproducciones con Disney).

Además le ha abierto las puertas a otras buenas producciones como La tumba de las luciérnagas (1988, calificada, con buenos motivos, como una obra maestra del cine antibélico), La guerra de los mapaches de Pompoko (1994), Cuentos de Terramar (2006), El verano de Coo (2007) y Goshu, el violoncelista (1982).

Solamente dos cosas se echan de menos en relación con este cine japonés: la principal, que nos llegue doblado a un español de Madrid (se nota que en el Estado español aman este cine) y no a un castellano más internacional o incluso que hubiera buenos doblajes al español hechos en México, doblaje muy necesario porque su público no es solamente adulto sino infantil y juvenil. La otra es que llegase a México tan recientemente, en comparación con el cine estadunidense que nos asfixia casi al mismo tiempo que se estrena en su casa matriz. Y miren que me han gustado películas de ese cine, pero hay demasiada propaganda mal disfrazada de Barbies y Anastasias anticomunistas.

Más que una venganza por las bombas nucleares, lo mejor de ese cine japonés es un llamado muy cuerdo, muy lúcido, a rescatar el sentido de proporción que, al parecer en Oriente como en Occidente, guardaba el mito. (Me atrevería a usar la comprometedora palaba “conciencia”). Al menos, según nos recuerda Jean Robert con una lectura de la crisis económica actual y la territorialidad basada en conceptos de Ivan Illich.[1]

Además, todo ello sin sermones y sin dejar de hacer un buen cine de entretenimiento. Han pasado El castillo vagabundo y Kiki servicio de entregas en Once TV. Hemos sabido que en Juchitán, Oaxaca, lo ponen en ciclos de cine populares. Y en video circulan ampliamente por canales formales e informales. Aunque no le digan a Estudios Ghibli porque son celosos de sus derechos de autor.

Ojalá este tipo de cine despertara en México la ambición por hacer algo que aquí se ha hecho muy poco: buenas animaciones, pues es una excelente forma de contar historias, sueños, mitos.


[1] Jean Robert, Guerra a la subsistencia. Crisis económica y territorialidad, www.ecoportal.net/Temas_Especiales/Globalizacion/Guerra_a_la_subsistencia._Crisis_economica_y_territorialidad

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1 Response to “Anímese a ver animes: Miyazaki y otros japoneses muy animados”


  1. 1 Luz
    7 / abril / 2013 en 2:18 pm

    Me encantan las películas de Miyazaki, es un verdadero genio y artista diferente a lo que nos tiene acostumbrados en cuando a animaciones se refiere. Sin duda sus películas son recomendables para chicos y grandes.


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