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Anarquismo: los motivos de la rabia

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LAURA CASTELLANOS

http://www.domingoeluniversal.mx/historias/detalle/Anarquismo%3A+los+motivos+de+la+rabia-1289

Los jóvenes anarquistas mexicanos han ganado presencia en los últimos años. Ellos, como los okupas de Wall Street y los indignados españoles, confrontan al sistema de dominación. Los más radicales atacan, incluso con bombas de fabricación casera, las edificaciones simbólicas del neoliberalismo. Esta crónica es un viaje al universo de un movimiento contestatario que tiene presencia en casi todos los estados del país

Por Laura Castellanos. Fotos Luis Cortés

| domingo, 24 de febrero de 2013 | 00:10

La madrugada del 27 de junio de 2012 echaba su manto clandestino sobre la figura de Mario López, un joven que caminaba por una silenciosa calle del sur de la Ciudad de México. Transportaba dos artefactos explosivos en su mochila. Sólo media hora había demorado en elaborarlos con un reloj temporizador. Los hizo con artículos que no le costaron más de 300 pesos, adquiridos en una tlapalería. Uno explotaría en las instalaciones del Partido de la Revolución Democrática (PRD), el otro detonaría en una de las oficinas del Instituto Federal Electoral (IFE). Así protestaría contra las elecciones presidenciales, “un circo”, a realizarse en cinco días. Las bombas estallarían una hora después de su instalación para no causar daños a civiles.

Al llegar a la esquina de Londres y Vicente Guerrero, a cuatro cuadras del centro de Coyoacán, uno de los artefactos explotó inesperadamente en su mochila. Un destello de luz acompañado de un zumbido resplandeció a su espalda. Pensó que era un auto. El impacto de la detonación lo lanzó al piso, lo dejó inconsciente. La descarga le voló un pedazo del muslo derecho, lesionó su antebrazo, incendió su pantalón, la sudadera. “Me paré, me quité la sudadera, intenté correr y me caí”, dice. La pierna herida no le respondió. Quedó tirado en el piso.

Lo llevaron al hospital Rubén Leñero. Y luego al Reclusorio Sur. En los interrogatorios le preguntaron si le habían pagado para boicotear las elecciones. “No”, dijo. “Soy anarquista individual”. Su reivindicación política tuvo consecuencias. Mario asegura que la Policía de Investigación del Gobierno del Distrito Federal (GDF) lo torturó físicamente, pero no quiere hablar del asunto. “Quiero dejarlo así”.

Tripa, como le llaman sus amigos, pertenece a una generación de jóvenes anarquistas de clases populares, la mayoría de hogares marcados por la pobreza, muchos de los cuales dejaron de estudiar para trabajar o porque se inconformaron con el sistema educativo. Ellos buscan derrumbar “el sistema de dominación” a través de ataques incendiarios contra instalaciones simbólicas del neoliberalismo: edificaciones políticas, cajeros automáticos bancarios, restaurantes de comida rápida, mega proyectos en construcción, automotrices, tiendas departamentales…

Esta generación ha estado presente en protestas ocurridas en Grecia, Italia, Chile, España y México, entre otros países. En pocos años, el fenómeno ha transitado de pequeñas acciones hacia un proceso ascendente de  violencia y selectividad de objetivos.

En México primero apareció la expresión ecoanarquista en 2007, influenciada por activistas ingleses que hacen pintas, selladura de candados de carnicerías y peleterías, liberación de animales de criaderos o tiendas de mascotas en protesta por la explotación animal para consumo humano y contra la destrucción de la naturaleza. Un año después iniciaron los sabotajes con bombas molotov a cajeros automáticos bancarios y a restaurantes de comida rápida. A partir de 2009 repuntaron las células de carácter insurreccional que con sus sabotajes incendiarios buscan contagiar a otros, o incluso, detonar una insurrección popular. A partir de 2010 algunas células más radicales han enviado más de una docena de paquetes bomba a objetivos políticos, económicos o científicos que en su opinión son responsables del sometimiento humano o la devastación de la naturaleza.

La corriente insurreccionalista ahora gana presencia. En una entrevista cibernética con uno de los teóricos de la Tendencia Informal Anarquista (ITA), afirma que ésta se creó en 2010 y ha actuado en Ciudad de México, Chihuahua, Estado de México, Guanajuato, Morelos, Hidalgo, Baja California, Querétaro, Sonora, San Luis Potosí, Jalisco, Oaxaca, Veracruz y Michoacán, sin que haya un cambio de planes de ataque a partir de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto. En su mensaje, en el que con un estilo contestatario usan la “x” en lugar de la “@”, escribió: “No existe una estrategia de lucha contra Peña y el GDF, para nosotrxs la conflictividad permanente es parte de nuestra cotidianidad y se manifiesta en el ataque consecuente contra todas las instancias de poder y el sabotaje constante al sistema de dominación, sin importarnos si el rostro que representa al poder es Peña, Mancera, López Obrador o quien sea”.

Gabriel Regino, criminólogo y ex subsecretario de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal, considera que el crecimiento de esta vertiente anarquista coincide con la punta de la cresta de la crisis del capitalismo. En su opinión, no se trata de vandalismo ni terrorismo: “son conductas contestatarias que llegan en ocasiones a cometer violaciones a la ley penal”. Y pronostica: “larga vida a esta expresión, sí, todavía le queda tiempo, desafortunadamente”.

EL MOVIMIENTO CRECE

Seis meses después de la explosión que provocó una cirugía reconstructiva en parte de su muslo derecho, Mario López salió del Reclusorio Sur. La madrugada del 29 de diciembre de 2012, el anarquista de 27 años, acusado de ataques a la paz pública y daños en propiedad, cruzó la puerta del penal con un semblante ojeroso y su cuerpo de huesos largos 10 kilos más enflaquecido. Las cicatrices en el brazo y la pierna derecha aún duelen. Un grupo de familiares y amigos lo recibió. Tripa no se arrepiente de su intento de ataque a instalaciones políticas previo a las elecciones presidenciales. Al contrario, el militante encarna la tozudez anarquista legendaria: aunque uno de los artefactos le estalló en el cuerpo no se arrepiente. Lo torturaron y no se arrepiente. Vivió la pesadilla carcelaria por seis meses y no se arrepiente. Pudo ser condenado a 30 años de encierro y no se arrepiente.

Sin embargo, hay algo que no perdona: “De lo único que me arrepiento es de no haber hecho bien el artefacto, de ahí en fuera no hay nada de lo que tenga que arrepentirme, absolutamente nada”.

Eso me lo dijo cuando lo vi, tres semanas después de su excarcelación, en los alrededores del penal. Debe ir a firmar una vez a la semana mientras siga su proceso. Fue de negro: jeans, camiseta, chamarra de algodón con capucha, tenis oscuros. Hace medio año era un anarquista de acción clandestina. Ahora, como se dice en el argot subversivo, está “quemado”, pues su proceso penal lo expuso de forma pública. También era vegano. No comía ningún producto de origen animal porque está en contra de la explotación animal desmedida en el sistema capitalista. Ahora lo encuentro en un puesto de comida callejera, enfilándose un taco al pastor. El menú carcelario lo hizo dejar su dieta.

— ¿Sigues siendo anarquista? —le pregunto cuando termina de comer.

—Soy anarquista —se pone serio—, y asumo mi responsabilidad individual.

El carpintero crecido en Nezahualcóyotl, Estado de México, es parte del amplio movimiento anarquista que en sus variantes violentas y de resistencia pacífica estremece hoy a Occidente. David Graeber, uno de los intelectuales anarquistas más conocidos, el ideólogo de Occupy Wall Street en Washington, dice que el anarquismo es el movimiento revolucionario del Siglo XXI. El espíritu trasgresor antineoliberal, no jerárquico, autogestivo y ecológico de este pensamiento mueve a ciber hackeadores de Anonymous, indignados de España, okupas de Wall Street, altermundistas, activistas zapatistas, punks, artistas contestatarios, animalistas, grupos con procesos autonómicos…

De idéntica manera mueve a la expresión insurreccional y ecosaboteadora a la que pertenece el recién liberado. Jorge Lofredo, especialista en guerrilla mexicana del Centro de  Estudios de los Movimientos Armados (CEDEMA), piensa que el anarquismo prende donde crece la tensión social y la protesta. México, en tal caso, es terreno abonado: “El anarquismo es la fuerza social que más ha crecido y que mayor juventud concentra en México”, escribe en un mensaje vía internet desde Buenos Aires. En su opinión, se ha convertido en “un enemigo interno de ‘moda’”.

En el país la manifestación clandestina se expandió de forma refractaria en los últimos seis años haciéndose patente en por lo menos 14 estados. En cambio, el activismo organizado y público tiene menor presencia. Es más visible en el Valle de México, donde se han identificado alrededor de 30 colectivos que realizan trabajo diverso. No obstante, para el GDF el anarquismo sin distinciones es motivo de alerta. El exjefe de Gobierno Marcelo Ebrard responsabilizó a los colectivos Cruz Negra, Bloque Negro y a la Alianza Anarquista Revolucionaria de los destrozos cometidos durante las protestas por la toma de posesión de Peña Nieto, el primero de diciembre de 2012. En conferencia de prensa estos grupos negaron las acusaciones y denunciaron persecución.

El entrante jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera no ha hecho declaraciones sobre el asunto. Y al cierre de esta edición, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) no había respondido a mi solicitud de entrevista con algún funcionario.

EL DÍA DE LAS REVUELTAS

La tarde decembrina fenece, refresca. Vegladen camina con el cuerpo crispado entre la muchedumbre que a los pies de las escalinatas de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF) exige la liberación de 27 personas durante los desmanes del primero de diciembre. El joven de 26 años lleva oculta la cresta de su cabello con la capucha de su chamarra negra. Guantes del mismo color cubren los tatuajes en sus manos. No quiere mostrar su identidad anarquista, lo considera riesgoso. La gente lo ve con cierto recelo.

Pasa al lado de familias desconsoladas. Lo miran de lejos sus rivales históricos: jóvenes comunistas que ondean banderas con la hoz y el martillo. Ninguna “A” encerrada en un círculo, símbolo antiguo del anarquismo, asoma en la manifestación. A sus militantes se los tragó el asfalto después de que Ebrard los señaló como responsables de la “barbarie” de Avenida Juárez nunca antes ocurrida en marcha alguna: cristalazos en comercios, restaurantes y oficinas públicas, saqueo de aparadores, daños y pintas en el recién remodelado Hemiciclo a Juárez. Las lentes de los medios de comunicación capturaron a jóvenes con el rostro cubierto rompiendo y saqueando a su paso. La “A” anarquista quedó en fachadas y monumentos. Los empresarios estimaron los daños en 25 millones de pesos.

Vegladen llega al micrófono. Sin descubrirse la capucha echa la voz: “¡Yo soy anarquista y ningún anarquista estuvo en los hechos del primero de diciembre!”. Sileeencio. Lleva doblada la hoja de papel bond que usó en la marcha como pancarta. Pasó desapercibida por pequeña. En ella escribió con plumón negro: “Soy anarquista y nunca he alterado la paz”.

Aceptó darme una entrevista pero desde el anonimato. Nos vemos un sábado en las inmediaciones del Tianguis del Chopo, la isla indiscutible de las tribus urbanas en la capital: anarcos, punks, skin heads, skatos, darketos. Ese entorno le parece seguro. Ahora sí luce la cresta. Viste de negro. Como es vegano radical, lo cual da sentido a su mote, Vegladen, no usa nada de cuero animal. Calza unas botas con diseño de piel de cebra elaboradas con vinil biodegradable.

Es hijo de un policía. En la adolescencia huyó de su casa por el maltrato paterno. Entró a trabajar en cocinas industriales mientras se costeaba sus estudios. Comenzó a leer sobre anarquismo, ingresó a un colectivo editorial y dejó de estudiar. Se apasionó por la cocina y con el tiempo montó en su casa un negocio de comida vegana que vende a domicilio.

Me contó que esa tarde tomó la palabra durante la manifestación para deslindar a su movimiento de las tropelías que le adjudican. Fue a la marcha del primero de diciembre que partió del Monumento a la Revolución al Congreso de la Unión, en donde un operativo espectacular con cercas metálicas y policías federales resguardaba la toma de protesta presidencial. Lo acompañó su novia y su suegro. Desde un puente peatonal observó a un grupo de civiles encapuchados, otros con paliacates o sombreros, recibir órdenes federales. Llevaban cadenas y llaves stilson. Los vio mover cajas con tornillos, garrotes, varillas (El gobierno federal dijo después que eran los montadores de las vallas. Fotos de prensa mostrarían a algunos de ellos participando en los destrozos).

También miró que cuando la marcha se aproximó a la barrera de metal, devino la confrontación: jóvenes lanzaban bombas molotov y piedras contra el muro infranqueable y los policías, cubiertos por éste, respondían con lanza proyectiles de bombas de gas. Humo y tronidos brotaron en ambos lados. La violencia subió. Jóvenes tomaron un camión blanco y lo estrellaron contra la pared de contención.

El vegano le pidió a su suegro que regresara a su casa. Dejó a la novia en el puente, descendió al terreno de guerra urbana y atestiguó que un joven recibió un impacto en una pierna, dejándole una herida. Enojado, se acercó a las vallas y a través de las mirillas hizo reclamos airados a los policías: “¡Por qué reprimen al pueblo en vez de protegerlo!”. Un impacto seco golpeó su pecho. Dio unos pasos atrás, el aire se le hizo nudo, cayó al suelo. Brazos intentaron subirlo a una ambulancia pero él se negó, buscó reponerse. Miró cuando al estudiante Uriel Sandoval lo trasladaban desfallecido, el ojo despedazado. Ya no vio al activista dramaturgo Juan Francisco Kuykendall caer por otro impacto de proyectil en la cabeza, con la masa encefálica expuesta.

El anarcovegano se incorporó furioso, adolorido. Fue en busca de su novia. Comenzaron a caminar alrededor de la cerca que rodeaba las instalaciones del Congreso para intentar colarse a la sede. Así, dice él, confrontaría personalmente al nuevo presidente: sobre la operación represiva de seguridad, su triunfo cuestionado, la violencia en Atenco, los feminicidios y la homofobia en el estado que gobernó. “Quería que me contestara preguntas concretas”. Se tardó hora y media en hacer el rodeo a paso veloz. Cansado, frustrado, con una magulladura intocable en el pecho, regresó al punto de la protesta, pero ya no encontró a nadie.

Más tarde él y su novia alcanzaron la parte de la marcha que desembocó en la Alameda Central. Sólo miraron la escena de caos. Le llamó la atención que estuviera dañado el Hemiciclo a Juárez, un símbolo republicano que ningún anarquista medianamente informado hubiera atacado. Observó que además de las pintas color rojo contestatario hubiera otras de la “A” en color azul marino. Ese tono lo remitió al vínculo paterno. “Esos spray los usan los policías para cubrir raspones en cascos o patrullas”, me dice. También se sorprendió con una pinta azul que decía “Viva san Marx”, jamás el santo de devoción de los anarquistas.

¿Su tesis?: hubo policías y porros vestidos de civil que detonaron la violencia. Pero también hubo jóvenes radicales con diverso grado y origen militante, gente iracunda variopinta y vándalos espontáneos. “Todo se mezcló, nada más faltaba quién encendiera la mecha”, dice el anarquista. Para el GDF, la caja de cerillos sólo estuvo en manos anarquistas.

REPLIEGUE ENTRE SOMBRAS

El sol dibuja las dos sombras en el pavimento del parque: la de él es grande, compacta la de ella. Sus siluetas no proyectan la inquietud contenida en sus cuerpos. Lucen como cualquier universitario capitalino. Di con un militante de Cruz Negra, uno de los tres colectivos señalados por el GDF como responsables de los disturbios de inicio de sexenio. Él aceptó charlar a condición de que yo no revelara su identidad. Lo acompañó una anarquista independiente. Se sentaron en la banca.

No fue fácil conseguir la entrevista. Tras los señalamientos de diciembre el movimiento amplio anarquista del Valle de México se replegó. Si uno no conoce sus laberintos, es difícil que acepten hablar. También lo es porque su naturaleza no es “prota”, protagónica, reivindica el anonimato y desconfía de aquellos que no son sus afines. Las circunstancias complicaban aún más el encuentro. Pero aceptaron hablar.

El activista rechazó las acusaciones: “Cruz Negra no convocó ni participó no sólo en la manifestación del primero de diciembre sino en ninguna de las que se han venido realizando en contra del fraude y la imposición”. Explicó que ésta pertenece a una red mundial de colectivos contra el sistema carcelario por considerarlo el símbolo mayor de descomposición del neoliberalismo. Y que su trabajo es abierto: “Nos solidarizamos con los presos, los visitamos, difundimos su situación, les escribimos cartas”.

Denunció a su vez la manipulación cibernética en contra de Cruz Negra: a una convocatoria que circularon por la red para reunir fondos para Tripa, manos extrañas le añadieron la invitación “a un taller para hacer bombas molotov”. Después manos desconocidas crearon en Facebook la página de la “Unión de Fuerzas Socialistas y Revolucionarias” que a nombre de los tres colectivos señalados convocó a una manifestación contra el Teletón de Televisa utilizando un estandarte de la Virgen de Guadalupe. ¿Socialistas y anarquistas unidos por la Guadalupana? Un disparate.

La joven intervino. Reivindicó el trabajo que en el Valle de México hacen por mujeres, estudiantes, la ecología y la organización barrial. Los núcleos están conformados por un estimado de 15 a 30 integrantes con edades promedio de 25 años. Los mueven los ejes básicos de su pensamiento: no tienen jerarquías, promueven la autogestión popular, no tienen vínculos con partidos políticos ni instituciones, no reciben fondos de ningún tipo, el trabajo es voluntario y en contra de cualquier forma de explotación y discriminación. “Pero ahora todos están replegados porque van contra nosotros”, expuso.

Días después Cruz Negra, Bloque Negro y la Alianza Anarquista Revolucionaria (aglutina a 8 colectivos) dieron una conferencia de prensa en la que exigieron el cese de los ataques y denunciaron que había órdenes de aprehensión en vilo. A fines de diciembre se reunieron en asamblea y decidieron no dar más declaraciones. Se hicieron, como se dice, ojo de hormiga. Ya no se dejaron contactar en enero. Ni febrero.

LA EMERGENCIA ANARQUISTA

Lofredo observa que hay una criminalización del anarquismo en México a raíz de los disturbios. No lo considera nuevo ni local. Desde los orígenes de la ideología en el siglo XIX a su militancia siempre se le ha criminalizado “por dictaduras, regímenes más liberales, más autoritarios o totalitarios”.

El anarquismo busca romper cualquier sistema de dominación: del Estado, entre humanos, contra la mujer y contra la naturaleza. Uno de sus teóricos clásicos, Errico Malatesta, planteó que su objetivo es crear una sociedad fraterna, sin discriminaciones ni jerarquías. El pensamiento tiene presencia en México desde 1861 y sus figuras más célebres son los hermanos Flores Magón y militantes magonistas de la Revolución Mexicana. En el siglo XX la ideología estuvo presente en pequeños grupos campesinos, obreros e intelectuales del país. Pero a partir de la irrupción de Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que impulsó redes de resistencia pacífica contra el neoliberalismo, incluyentes y descentralizadas, el anarquismo recibió una bocanada que marcó a una generación en Occidente.

Nació así el movimiento altermundista, llamado por sus detractores despectivamente como “globalifóbico”, que estremeció a Occidente con sus protestas durante las cumbres entre países ricos y las instituciones económicas mundiales más poderosas. Pero en 2001 éste recibió dos golpes: los zapatistas se replegaron tras el rechazo legislativo de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, y en la Cumbre del G8 en Génova se reprimió a más de 150 mil activistas con el saldo de un muerto. Sobrevino la desarticulación. Hasta 2011 el altermundismo tomaría un segundo aire a través del movimiento de los indignados europeos y luego de los okupas estadounidenses. En el periodo intermedio, en Europa poco a poco se hizo cada vez más visible la expresión inspirada en anarquistas radicales de fines del siglo XIX y principios del XX que recurre a los sabotajes como táctica de lucha para destruir al Estado.

En México, mientras tanto, el repliegue zapatista; la detención y tortura de anarquistas mexicanos en la Cumbre de América Latina, el Caribe y la Unión Europea en Guadalajara en 2004; el aplastamiento de la guerra urbana encabezada por la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006; el ataque policiaco contra pobladores y activistas de San Salvador Atenco en 2006; así como la denuncia izquierdista de fraude electoral de ese mismo año, codificaron —según la interpretación de los anarquistas— un mensaje desde el Estado: el cambio no es posible por la vía política ni electoral. A partir de 2007 brincó en la escena la nueva generación de anarquistas radicales mexicanos que a través de internet se unió a la retícula de lucha que ya despuntaba en Europa, Estados Unidos y Chile.

ABOGADA EN EL INFIERNO

La noche del primero de diciembre Lizbeth Lugo llegó al Ministerio Público enfundada en una chamarra con la “A” ácrata, jeans negros, botas negras, el cabello colorado y los labios rojo encendido. Canceló su ida a un concierto punk y se trasladó a las instalaciones ministeriales para saber si entre los 106 detenidos había algún anarquista. Al juez le presentó su cédula de licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El hombre miró a la muchacha de 28 años de cara redonda, piel blanca, lentes de armazón ancha, actitud aguerrida. “¡Pero si usted es de los mismos!”, le espetó.

Esa noche, en las instalaciones ministeriales, Lizbeth se integró a la naciente Liga de Abogados Primero de Diciembre, conformada por 12 litigantes solidarios con las personas que denunciaban aprehensiones arbitrarias. “¿Hay anarquistas?”, preguntó. No había. Ella pertenece a la generación que responde a la nueva realidad anarquista. Es cofundadora del Grupo de Abogadas en Solidaridad con los Presos Anarquistas (GASPA). El primero de su tipo que reivindica la ideología y la defensa pública de sus militantes, hubieran o no actuado en la clandestinidad. Es la defensora de Tripa, sólo un año mayor que él.

Cualquiera diría que la abogada punk se metió de abogada del diablo, pero ella es contundente: “Si los violadores, los genocidas, los asesinos seriales, tienen derecho a una defensa, ¿por qué una persona que lucha con una convicción no tiene ese derecho?”. ¿Una abogada anarquista? Me suena contradictorio. No para ella: “Si bien los anarquistas no creemos en las leyes del Estado también creemos que no se puede dejar en la indefensión a un compañero que está en manos del Estado”.

Lizbeth guarda su indumentaria radical para los fines de semana. Cuando la conocí vestía casual: jeans azules, blusa blanca, chaqueta café. Y calzaba unas zapatillas rojas de tacón alto dignas de un buen danzón. Así anda en el transporte público. Piensa que vestida como anarquista no podría hacerse respetar en el sistema judicial. Es defensora del Centro de Derechos Humanos Zeferino Ladrillero del Estado de México. No cobra por su servicio. Tampoco le cobra a Tripa. Como parte de la Liga de Abogados tomó además el caso de Roberto Fabián, un indigente alcohólico al que, caído de borracho, se le detuvo en la avenida 5 de mayo ese primero de diciembre. La solidaridad militante no se cobra, dice. Sus gastos los saca de sus litigios particulares: pensiones alimenticias, divorcios, delitos del fuero común.

GASPA se creó luego de la aprehensión de Mario López en julio de 2012. Está integrado por la joven y… Alma Melgarito. Sí, sólo dos veinteañeras. Eran tres, pero la tercera desertó. Lizbeth afirma que a partir de la defensa de Tripa ha recibido amenazas en los juzgados e intimidaciones en su domicilio.

La activista no participa en actos de sabotaje, pero no los reprueba, como tampoco lo hace la mayoría de la militancia abierta del movimiento. “Como anarquistas consideramos que cualquier forma de lucha contra el Estado es válida”, externa. Tiene claros sus riesgos, pero dice que no cejará en la defensa legal de la militancia. Y advierte: “Si el Estado realiza un acto de desaparición o ejecución en mi contra ¿qué quedará? Un caminito de compañeros que actuarán en consecuencia”.

GASPA ya tuvo su primer logro. Tras la modificación a la tipificación del delito de ataques a la paz pública, se liberó a los últimos 27 encarcelados por las revueltas de diciembre. El grupo salió en libertad provisional bajo fianza el 28 de diciembre. Tripa lo hizo un día después.

LA INCERTIDUMBRE

Volví a ver a Mario López una tarde de febrero para realizar una segunda entrevista. Lucía más repuesto. Intenta retomar su dieta vegana. Está a la espera de que su proceso legal termine. Ahora debe reunir 70 mil pesos para poder pagar el préstamo que tomó para salir bajo fianza. Desconoce si hay una orden federal de aprehensión en su contra. La noche del sabotaje fallido, otro explosivo detonó en un cajero automático de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), una acción reivindicada por un Frente de Liberación de Tenochtitlán. Tripa dice que él no tuvo nada que ver.

— ¿Qué viene para ti? —le pregunto al despedirnos.

— ¡Ay! —suspira—, primero terminar con este proceso. Yo no puedo dejar mi vida, mi militancia. Yo no sobrevaloro el ir a poner una bomba sobre el hecho de abrir una editorial y sacar un montón de libros. El anarquismo es tan amplio, y uno hace lo necesario para contribuir con el proceso.

— ¿Tienes esperanza?

—Soy escéptico en ese tipo de cosas.

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