El poeta, el rey burgués y la emancipación

salinistas

Babel

Javier Hernández Alpízar

El poeta y el rey burgués

Rubén Darío describió la subordinación del poeta al poder en su cuento El rey burgués:[1] “un rey muy poderoso, que tenía trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos, y monteros con cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias.”

“Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.”

“A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante de la lija y de la ortografía!”

“Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.

-¿Qué es eso? -preguntó.

-Señor, es un poeta.

“El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, censotes en la pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.”

A pesar del bello discurso que el artista tiene sobre sí mismo, a consejo de un filósofo de la corte, el poeta es humillado por el rey burgués: “-Sí, -dijo el rey,- y dirigiéndose al poeta:

-Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.

“Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín… ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín…! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas, que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín…! ¡lágrimas amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!”

El infeliz poeta tiene el fin de la niña vendedora de fósforos del cuento de Hans Christian Andersen: “Hasta que al día siguiente, lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.”

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Contra la colonialidad del saber

La subordinación del poeta al rey, su humillación, la muerte del poeta convertido en esclavo que da la vuelta al manubrio es una excelente descripción de la alienación del poeta, el artista y el intelectual. El cuento de Rubén Darío es profético en el mejor sentido de la palabra.

Si extendemos la diáfana moraleja a las demás profesiones liberales, están ahí retratados los artistas, los intelectuales, los científicos, los pensadores que sucumben al poder del que Octavio Paz llamó (sabrá Freud por qué), con lenguaje de cuentos de hadas, el “Ogro filantrópico”. Las heladas aguas del mecenazgo y el mercenarismo, la trata de cerebros.

No hay recetas para enfrentar a este avasallamiento. Según algunos estudiosos, sucumbieron a financiamientos de fachadas de la CIA autores como George Orwell (quien además trabajó como chivato), Hanna Arendt, Salvador de Madariaga, Carlos Fuentes y Jorge Luis Borges. La CIA tiene mucho de ese mecenazgo de rey burgués.[2] Pero puede uno preguntarse si acaso no será igual o peor que el mercenarismo deliberado, al avasallamiento que proviene (más que de la cuantía de la beca o el financiamiento) de la reproducción ideológica acrítica de modas y escuelas, la colonialidad del supuesto saber universitario. Seudociencias como el liberalismo y el neoliberalismo en la economía. Dogmas rancios como el desarrollismo que enferma a derechas e izquierdas en el poder: dos manos para dar vuelta a la manivela del mismo modelo de desarrollo insustentable, ecocida y etnocida.

No obstante, algunos distintivos del pensar crítico pueden ayudarnos a reconocer y a crear- producir lecturas de la realidad que intenten des-reificarla y volvernos (reconocernos) sujetos actuantes- sintientes- pensantes en vías de descolonización de nuestras vidas, nuestros cuerpos y mentes y nuestros pueblos.

Sin pretender ser exhaustivos, podemos anotar que un pensamiento crítico procurará comprender a los humanos, individual y sobre todo colectivamente, como sujetos y no como objetos, productos, resultados, mucho menos, meras mercancías.

Asimismo, tal enfoque de la realidad nos querrá entregar no un bien hecho ya para consumirse sino, ante todo, una actividad, una producción, un trabajo vivo, sea praxis o poiesis.

Antes que dogmatizar en el resultado, verá las realidades en desarrollo, como procesos.

Antes que pensar en espacios homogéneos y cuantificables, pensará en territorios, con todo lo que de material y de espiritual tienen, ¿no hay acaso sitios sagrados? Más que el territorio abstracto de la noción de Estado- nación, la matria como suelo nutricio, natural y cultural.

Más que buscar la homogeneidad, el monocultivo, la simplificación y la abstracción, será un atento defender la diversidad, la riqueza de la diferencia.

No rendirá este pensar pleitesía a la superstición de la división del trabajo en “manual” e “intelectual”, suponiendo que la alienación, la extracción de plusvalía y la subordinación al capital aplican solamente para el trabajo manual, pero quizá por qué misteriosas razones, no al trabajo “intelectual”, autónomo en su burbuja más allá del bien y el mal, neutro ideológicamente: cuando, de hecho, el trabajo intelectual alienado no solamente vende fuerza de trabajo sino mentes y corazones, prostituye almas.

Además, el conocimiento, los saberes, son también trabajo pasado, expropiado y enajenado cuando se apropia de manera privada, como lo hacen las patentes de derechos de autor.

Análogamente a como el liberalismo económico y político ven solamente individuos (homo oeconomicus, ciudadanos racionales y egoístas), las ciencias que siguen acríticamente esas epistemologías no estudian totalidades concretas (Karel Kosík) sino seudoconcreciones y abstracciones, fragmentos, en nombre de las cuales sacrifican a las personas; así como la represión sacrifica a las víctimas en el altar de la ley o la economía sacrifica a los seres humanos y el planeta en el altar del mercado y la ley del valor.

Si no se equivocan algunos historiadores de las ideas, el darwinismo se inspiró en la economía liberal (Adam Smith) y no al revés.[3] Pero la crítica de ambas puede mostrar que la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua permiten sobrevivir (hacen más fuerte) a una especie, un colectivo o un pueblo que el egoísmo, el lucro desmedido, la usura y el endiosamiento del dinero que nos ha llevado a la crisis en que estamos. Sócrates vence de nuevo a Calicles.

No importa si el supuesto sabio colonizado da la vuelta a la manivela con la mano derecha o la izquierda, lo verdaderamente importante es que no sea un esclavo de la máquina para agradar al rey burgués.


[1] Rubén Darío, “El rey burgués”, http://www.cuentosinfin.com/el-rey-burgues/

[2] James Petras, “La CIA y la guerra fría cultural”, http://www.oocities.org/ar/veaylea2002/petras/01-02ciaguerrafria.htm

Ernesto Carmona, “Intelectuales al servicio de la CIA”, http://www.puntofinal.cl/566/intelectuales.htm

José Sant Roz, “Salvador de Madariaga y la CIA”, www.herbogeminis.com/IMG/pdf/madariaga.pdf

[3] Alberto Carrera, “Evolución y límites del darvinismo. Efectos interdisciplinares.” http://www.unizar.es/acaras/texevolucionis.htm

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