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Legitimidad / ilegitimidad (meditaciones sobre Leviatanes)

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Babel

Legitimidad / ilegitimidad (meditaciones sobre Leviatanes)

Javier Hernández Alpízar

 

Ha dicho Slavoj Zizek que muchas personas son capaces de imaginar el fin del mundo, pero no el fin del capitalismo. Hay algo aún más utópico que el fin del capitalismo, incluso francamente imposible, que muchas personas imaginan o hacen grandes esfuerzos por imaginar: un capitalismo “con rostro humano”.

Igualmente, en México, las personas que no quieren imaginar formas de política no electorales, ponen un gran esfuerzo en imaginar una utopía nada terrenal (valga el pleonasmo): que las elecciones, en las condiciones del sistema mexicano, sirvan para el cambio.

Cualquier cazador de Dragones sabe, además de que cada quien tiene su método para matar Bestias lanzallamas, que cada Monstruo es distinto según su especie; ignorar esta diversidad y especificidad, lleva a cometer el error del monocultivo de métodos dragonicidas. Todo termina en un fracaso, y el cazador de Dragones que utiliza el método universal y único realmente existente para matar a diversos tipos de Monstruos termina por no matar a ninguno y se convierte en un fraude él mismo; caballero, errante por ahí, diciendo que su profesión es cazar Dragones aunque jamás ha llevado a ninguno a morder el polvo. Exactamente lo mismo se pude decir de los transformadores y amansadores de Leviatanes: se dicen estadistas, dicen que ellos sí pueden salvar al pueblo y cada seis años fracasan, echan la culpa a los demás, y aunque jamás han cambiado en nada el destino de los pueblos oprimidos, se siguen postulando a que los elijan salvadores republicanos de la patria (suave, sagrado olor de la panadería, etcétera).

Veamos el caso del Dragón llamado Leviatán legítimo: en qué consiste la legitimidad o ilegitimidad de los Leviatanes. Equivocarse en esto puede llevarnos a que nos den hipopótamo por cocodrilo.

La legitimidad del Leviatán es un tema muy mistificado, oscila entre la criptozoología y los bestiarios fantásticos. Los sumos teólogos de la legitimidad del Leviatán invocan frecuentemente a autoridades como Santo Thomas Hobbes, autor del tratado Leviatán, y hacen descender al Estado (nombre desacralizado del Leviatán) del pecado original de la condición humana: el hombre es el lobo del hombre, dejados a sus bajos instintos (cobardía, violencia, pulsión de rapiña envidia, pura licantropía) los hombres vivirían permanentemente en guerra, la vida de los seres humanos sería la zozobra, un infierno social, algo como México entre 2006 y 2013. El remedio y el trapito para esta mal congénito del ser humano es el Leviatán: un monarca, un soberano, cuya dominación (“monopolio de la violencia legítima” le llaman, con oxímoron doble, superando el de “revolución institucional”) es por el bien de todos: la facultad de violencia del Leviatán contra quienes desobedezcan es la paz. “La paz detrás el cerco”, dirían los verdaderos pacifistas, pero no están de moda en tiempos en que algunos dominados hacen el mantra para ser libres: “el Leviatán no me gobierna”, “el verdadero representante del pueblo me ama”, etcétera.

En México los cazadores de Leviatanes nos han dado heno en cuerno hace lustros, o para decirlo políticamente nos han dado pato por chachalaca hace sexenios. Hay una idea mistificada y fetichizada de la legitimidad (y la falta de ella) cuya consecuencia es que vivimos en la cultura del fraude político: cualquier Bestia mediocre pasa por Leviatán pura sangre y cualquier flautista de Hamelín atrae masas que quieren un mejor Leviatán. En México San Jorge se llama más bien San Juanito (y por patriarcalismo, jamás Sanjuanita).

El Leviatán mexicano nace de la revolución mexicana (otra mistificación, se ha dicho que triunfó el pueblo, cuando en verdad ganó la contrainsurgencia y consolidó una revolución democrático burguesa encabezada por los perseguidores de los Flores Magón y asesinos de Zapata y Villa), pero hunde sus raíces en el Leviatán (¿o Príncipe?) cuasi teológico y medieval llamado la Nueva España. Digamos que nuestro Leviatán nació de una bula papal, aunque algunos dicen que tiene antecedentes en la época de Quetzacóatl, pero no llevaremos tan lejos la arqueomitología.

El Leviatán moderno fue fruto de la derrota de la parte campesina y popular en la revolución mexicana; el Monstruo fagocitó las demandas y los retratos de los héroes revolucionarios para hacerlos pasar por extras en el intento de crear una Bestia moderna: reforma agraria, corporativismo de los trabajadores, elecciones sin democracia con la rúbrica: “sufragio efectivo, no reelección”, promesa no escrita de no asesinar larvas de nuevos avatares del Leviatán. La legitimidad de un Leviatán como el mexicano, hoy con crisis de identidad, salido del clósed del terror con las patas bestiales del centauro al aire, se basa en el cumplimiento de una serie de promesas: no magnicidios, no reelección, no tocar el ejido, no reprivatizar el petróleo, educación laica. El neoliberalismo, el TLC, la mal llamada globalización, trajeron nuevas condiciones coloniales que exigieron un Leviatán más violento y menos filantrópico (como llamaba Paz al Ogro). El Príncipe rompió el contrato social, como han explicado Rina Roux y Adolfo Gilly.

La legitimidad del Leviatán se perdió en un largo proceso de traición a las condiciones de armisticio para conjurar las eternas revueltas populares (las más recientes, cristeros, jaramillistas, guerrillas de los setentas). Al incumplir las cláusulas del contrato la legitimidad del Leviatán se fue yendo al caño. La ilegitimidad no empezó con “la imposición” de 2012, ni con los fraudes de 2006 y 1988. La ilegitimidad venía gestándose (simultáneamente a la consolidación de la dominación) desde que nació el Leviatán: con su victoria sobre el magonismo, el villismo y el zapatismo históricos. Digamos que “tus triunfos, pobres triunfos pasajeros”.

Algo de esa ilegitimidad mal disimulada (debajo de su antifaz de Leviatán el rey siempre va desnudo, desnuda su violencia, el lobo debajo de la oveja), se adivinaba tras el solo hecho de que hubiera rebeliones como las antes mencionadas: cada protesta y represión, 1968 y el asalto al cuartel Madera, la silenciosa desobediencia civil de 1985 y el intento de cambiar las cosas por las urnas en 1988, fueron síntomas de una legitimidad abollada, decadente, en caída como las serpentinas en la fiesta por la entrada al primer mundo. Por eso las rebeliones han sido legítimas, porque el Leviatán es ilegítimo desde que traicionó sus promesas de “desarrollo estabilizador”, “milagro económico”, modernidad, etcétera.

La legitimidad no nace de las urnas, sino al revés, solamente cuando un orden político es legítimo tiene sentido ir a las urnas, donde ganará un sector de la sociedad de manera limpia. En realidad esa legitimidad expresada en las urnas es una utopía, de las más utópicas, si se permite la gradación de quimeras. La lucha en las urnas, en México, ha sido el intento de restablecer una legitimidad perdida en el ejercicio del poder, de la fuerza y de la violencia de un Leviatán cuya ilegitimidad ya estaba dada.

El orden del Leviatán mexicano es de dominación (y opresión, explotación, despojo, criminalidad etcétera) y si el profe Enrique Dussel no se equivoca: “ninguna dominación es legítima”, por ello todas las rebeliones mexicanas, desde las jaramillistas al alzamiento de los zapatistas actuales, pasando por las revueltas pacíficas como Atenco, Oaxaca, las huelgas y las grandes marchas contra la opresión, han sido legítimas. Si el maestro Luis Villoro no se equivoca, ser de izquierda se define como oponerse a la dominación. Ojo: no tratar de renovar la legitimidad de la dominación mediante un nuevo arreglo con las elites, sino oponerse a la estructura de la dominación misma.

Si la legitimidad viene solamente de las urnas, como pretende la dominación de clase burguesa, solamente ha habido dos presidentes “legítimos”: Zedillo y Fox. Pero si las urnas no son agua bendita que santifica a cualquier adefesio político, el régimen no es legítimo; porque es un orden de dominación. Como la dominación no es legítima, entonces oponerse a ella (y su opresión, explotación, represión, etcétera) es legítimo. Ser de izquierda es oponerse a esa dominación; a la ilegitimidad del Leviatán y no solamente abrir la posibilidad a un nuevo monarca que lave la mancha de los más recientes fraudes electorales con el personal que operó los fraudes anteriores.

Cazar Leviatanes no es un asunto de pedirle a los medios de masas de la Bestia que nos den debates entre candidatos en horario estelar, ni que las urnas cuenten bien el voto para dar un cheque en blanco “legítimo” al nuevo operador de las garras y fauces del Monstruo.

Si lo que hemos dicho no es una quimera (y las urnas son la fuente de la santidad de la opresión), el Leviatán no es legítimo; la opresión nunca puede legitimarse (no es un orden político, un orden entre iguales), y para ser de izquierda hay que oponerse a la dominación y no solamente pedir un amo más benévolo.

La utopía magonista: la muerte del Leviatán y la vida libre de las comunidades humanas, no está hoy representada en ir a votar por esta o aquella fracción de la elite. La utopía magonista, terrenal: porque se basa en la autonomía, la posesión y el trabajo de la tierra, es lo que los anarquistas llamaban el ideal: no dominación, no un Señor, no un nuevo y hermoseado Leviatán, sino mujeres y hombres libres que se autodeterminan.

Elija cada cual si es cierto esto; si ser de izquierda es oponerse a la dominación, y si se quiere acabar con ella o solamente negociar mejores condiciones de subordinación y obediencia de los más a los amos del calabozo.

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