Una vida libre de violencia

por MUJERES QUE SABEN LATIN

21 enero, 2013

Estela Casados González

Hace tiempo la mamá de una de mis alumnas me comentaba que diariamente, a las 7:20am, acompañaba a su hija a tomar el bus que la llevaba a su facultad. No pude evitar preguntarle “¿por qué?” y pensar que era sobre protectora con una universitaria de 18 años. “Por seguridad”, respondió.

Días después, el 16 de diciembre de 2012, escuché noticias lejanas que hablaban de una violación tumultuaria a una estudiante hindú de 23 años. Se subió al autobús equivocado, fue brutalmente agredida y murió el 28 de diciembre en un hospital en Singapur, debido a una falla orgánica severa derivada de la agresión. Al inicio de 2013 la historia se repitió: mismo país, chica universitaria, violación tumultuaria, también murió. Tenía 29 años.

Recordé a mi alumna y la noción de seguridad de su madre. Pensé que India estaba muy lejos y olvidé el asunto.

Inicio esta semana utilizando las redes sociales. Ubico un mensaje que me pide orientación: una chica de escasos recursos ha sido agredida sexualmente por un chofer del servicio urbano. No sabe si está embarazada de su violador, no sabe qué hacer ante las amenazas que recibe de él después de haber sido atacada. Esto es más cerca de casa. En el mismo estado en que yo vivo: en Veracruz.

La agresión sexual a las mujeres y las niñas es un problema de carácter global que se normaliza por las costumbres y la cultura de cada región. De acuerdo a un estudio a la Organización Mundial de la Salud (OMS), realizado en diez países, en su mayoría en desarrollo, mujeres de 15 a 49 años indicaron que su primera relación sexual fue forzada (24% en el Perú rural, 28% en Tanzania, 30% en el Bangladesh rural y 40% en Sudáfrica).

En nuestro país, el INEGI refiere, a partir de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (EDIREH, 2011), que por cada 100 mexicanas de 15 años y más que han tenido pareja o esposo, 47 ha vivido situaciones de violencia emocional, económica, física o sexual durante su actual o última relación.

En México, las modificaciones que se han hecho a la ley y que amplían las penas a los agresores parecen tener un efecto por demás tibio. Parece que las leyes van en un sentido que no coincide con la valoración social hacia el cuerpo femenino.

Desde hace más de dos siglos las mujeres hemos estado expuestas a diversos fenómenos de orden social y económico que nos han llevado del ámbito doméstico al público y con ello a incursionar en el ámbito laboral, político y cultural (y no es que esta incursión sea nueva, sino que ahora ha sido visibilizada). Tal situación ha modificado de manera drástica nuestro quehacer y la manera en que interactuamos con muestro entorno social. También hemos demostrado que tenemos una amplia capacidad para desenvolvernos en las diferentes esferas del ámbito público, pero ha sido precisamente el uso que hacemos de este espacio lo que nos ha colocado en una situación de vulnerabilidad.

Una chica que se dirige a la universidad en las primeras horas de la mañana, una anciana indígena que al medio día decide desplazarse de una comunidad a otra, una profesionista que tuvo una jornada de trabajo extenuante y sale de su oficina a media noche, una joven que en la madrugada regresa de una fiesta, una niña que juega en la calle o una ama de casa que se prepara para realizar el quehacer doméstico: cualquiera de ellas puede ser víctima de violencia sexual, cualquiera de nosotras de hecho.

La violación a una mujer es un acto que guarda en sí muchos mensajes contenidos en el imaginario social y que el violador comparte y materializa: el cuerpo femenino es para utilizarse sexualmente sin necesidad del consentimiento de su portadora; una mujer (por “su naturaleza”) es un ser sexualmente disponible en cualquier momento; quien es violada es culpable por vestir de manera provocativa, por salir en horas y a lugares inadecuados; las mujeres no son violadas por un infortunio del destino, algo hicieron mal. Una “lolita” o una mujer de “cascos ligeros” son personajes indefendibles.

¿Cuántas veces hemos escuchado este tipo de argumentos en torno a una víctima de violencia sexual cuya “moral” y proceder han sido “dudosos”? Sus derechos como humana y como ciudadana se desdibujan. A través de cuestionamientos y señalamientos la revictimizamos, validando con ello las acciones del agresor.

La chica que me contactó vía redes sociales tendrá que enfrentar todo esto. Ha decidido acudir a una de las veintiuna agencias especializadas del ministerio público en delitos contra la libertad y seguridad sexual y contra la familia.

La violencia hacia las mujeres y las niñas se ha convertido en la norma y no en la excepción. Pese a ello, debemos utilizar las leyes e instancias que tenemos a nuestra disposición para la defensa de las mujeres. De no hacerlo, su eficacia y efectividad tardarán mucho más.

En este link pueden ubicar a las agencias especializadas del ministerio público en delitos contra la libertad y seguridad sexual y contra la familia que hay en nuestro estado: http://cidem-ac.org/docs/subprocuraduria.pdf

 

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