10
ene
13

El líder como fetiche

url

Babel

El líder como fetiche

Javier Hernández Alpízar

Uno de los misterios en México es la permanencia transexenal y metapartidaria de una casta gobernante. El PRI es una especie de sindicato de gobernantes que se mantuvo en el poder muchos años y regresó tras lo que históricamente no es más que un paréntesis en su continuidad. Otro misterio es por qué tuvieron que ser precisamente trásfugas del PRI quienes encabezaran una de las franquicias competidoras electorales más fuertes (subordinando y anulando el lado rebelde que desearon sus bases), casi ganador tres veces, y derrotado recientemente por sus ex compañeros, con los métodos sucios que esa casta despótica ha patentado y exportado (¿contaminado?) a sus análogos. Son misterios muy terrenales, como el que por décadas hubiera en este país una especie de monarquía sexenal y hereditaria bajo el cascarón de una república con elecciones. Esos misterios hay que desmistificarlos. Tal vez después de hacerlo, obligaremos a llamar a las cosas  por su nombre a quienes, hasta ahora, siguen cubriendo todo bajo un manto lingüístico liberal democrático.

“Creo porque es absurdo” es un apotegma católico: donde no se puede concebir, comprender ni explicar algo racionalmente, se apuntala la creencia sobre el abismo de la fe. La política (en su sentido restringido, enajenado y tautológico: lo que hacen los políticos) parece sustentarse en supersticiones análogas. Bajo una forma insuficientemente secularizada, en la idea de los profesionales de la política subyace el derecho divino de los reyes, o la casta divina de los racistas en Yucatán, si gustan. Es el tipo de supercherías que hacían nacer a las familias reales directamente de Adán, pasando por los patriarcas de la Biblia y Jesucristo, y una serie de esoterismos por el estilo. En México una de las palabras talismán en el mesmerismo político es “revolución”. La compartieron los partidos hegemónicos y sus adláteres (excepto el PAN de vocación netamente contrarrevolucionaria, quien precisamente encabezó una especie de “revolución” de derecha).

Como en la idolatría religiosa, las masas electoras movilizadas suelen atribuir dones, dotes de genialidad o cierta heroicidad (ambas palabras originalmente tenían sentido religioso) a sus líderes, representantes, cabezas o gobernantes. No asumen un mesianismo colectivo sino que personifican y enajenan su fuerza en el representante: monarca con nombre republicano.

¿Qué magia hay en el fantoche, el líder a quien los seguidores atribuyen la fuerza como “su capital político”, como si fuera del individuo, y no de quienes juntos y movilizados le dan fuerza? En lugar de ser la soberanía del colectivo, la representada por el líder carismático, y la fuerza del colectivo la que lo subordina y lo regula, invirtiendo la situación pareciera que es el nombre, el apellido y la aprobación del líder el que legitima la acción, la militancia, el compromiso, la praxis de las y los participantes. Al grado que incluso el nombre del grupo suele ser la marca o etiqueta del líder convertida en un ísmo.

Recurro a conceptos con los que se han pensado críticamente la fe religiosa y el idealismo subyacentes a los autoritarismos para tratar de comprender por qué en México la izquierda electoral no hace líder o candidato (con excepciones, más que honrosas bochornosas) a quien no haya tenido una trayectoria en el PRI, partido al cual dicen oponerse. O bien fenómenos como el que un amigo me comenta con enojo: las movilizaciones de estudiantes de la UNAM fueron sistemáticamente tildadas de vandalismo, pero la primera vez que protestaron los estudiantes de la Ibero los aplaudieron como la “primavera democrática”. El clasismo es solamente parte de la paquetería, el software, que opera en esa fetichización de los líderes y la sumisión a una casta de profesionales de la política. Ni siquiera la masividad de Morena hizo que fuera uno de ellos quien los liderara; se llevaron a un dirigente del PRD.

El cuento para niños de Elvira Menéndez titulado “El rey de la selva” parece ad hoc para ilustrar el autoengaño del colectivo soberano por el cual su astuto líder los gobierna, en lugar de obedecerlos: Un burro es abandonado en la selva y sus rebuznidos de temor impresionan a los animales, quienes no lo conocían. Al día siguiente, hay elecciones en la selva y el león amenaza a los animales con comérselos si no lo reeligen. El cocodrilo propone que el animal recién llegado (quien hace más ruido y pudiera ser más fuerte que el león) participe en los comicios.

Seguro de sí, el león pide que lleven al burro delante de él para demostrarles su superioridad sobre el advenedizo, pero el burro es astuto y cuando comprende la situación les pregunta: ¿qué animal es el que más temen? – Los seres humanos, desde luego. Entonces el burro dice que los humanos lo temen al grado de huir cuando lo ven. El león no lo cree, pero el burro se remite a las pruebas. El león lo acompaña y llegan a un campamento. Los humanos huyen en cuanto ven al burro llegar en compañía del león. Éste le cree al burro, está asombrado. El burro lo reta a ir a la ciudad, ya intimidado, el todavía rey acepta. Viajan ocultos en una camioneta. Dos buitres vuelan tras ellos para observar. Al bajar en la ciudad, las personas ven al burro y el león, entonces huyen en todas direcciones. Los buitres cuentan todo a los animales y éstos votan por el burro: Su nuevo rey.

Este engaño opera en la alienación política: el opresor teme al poder de la gente reunida, organizada y movilizada: pero los representados fetichizan su propia fuerza cosificándola en el carisma y el valor de su líder. Es así como un burro gobierna al león… Y de no operar una verdadera herejía que cuestione a fondo esa situación, la postración durará por mucho más tiempo.

Uno de los misterios interesantes de México es que, pese a la subcultura de esperar siempre a un miembro del grupo en el poder para que lidere a los opositores, hay quienes incurren la herejía de no aspirar a que los gobierne un burro, por astuto que sea para engañar a los demás. Hay quienes no buscan un nuevo amo ni monárquico ni pseudo republicano. Aunque no solamente las creencias gobiernan a las sociedades, las supersticiones son una rémora para la liberación de los pueblos.

About these ads

0 Responses to “El líder como fetiche”



  1. Dejar un comentario

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


libertad inmediata de Marco Antonio Suástegui Muñoz, vocero del CECOP

Revista Barrial 18: Autonomías, otro mundo ya existe


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 5.203 seguidores

%d personas les gusta esto: