EZLN, en la irrupción de mundos sobre mundos

“A quien corresponda: ¿Escucharon? Es el sonido de su mundo derrumbándose. Es el del nuestro resurgiendo. El día que fue el día, era noche. Y noche será el día que será el día. ¡Democracia! ¡Libertad! ¡Justicia!

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Por el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del EZLN.

Subcomandante Insurgente Marcos. México, diciembre del 2012”

Por un lado, el derrumbe del mundo por una silenciosa complicidad; y por otro lado, el silencioso murmullo, el de las cigarras, que aparentemente “no dice nada” pero que mucho transforma y mucho tiene que enseñar.

El 21 de diciembre marcharon alrededor de cuarenta mil bases de apoyo del EZLN procedentes de comunidades Tzeltales, Tzotziles, Choles, Mames, Tojolabales y Zoques. Marcharon en silencio para manifestar la existencia de lo que en silencio han construido siempre.

Las implicaciones de su misma existencia son de por si una interpelación y un desafío que confronta nuestro mundo desde otro mundo, el que ellos y algunos otros han hecho resurgir. Esto responde la pregunta que muchos se han hecho: ¿Para qué o para quién es el mensaje del EZLN? … Para nuestro mundo.

Nos encontramos viviendo en un mundo que derrumbamos en los dilemas cotidianos de nuestras formas de existir, -léase formas de producción, desproporción, liberalismo, modernidad, consumo, “binestar”, etc.- sin duda, a cuenta gotas, el derrumbe más silencioso. El llamado nos obliga a repensar nuestro mundo, lo que se abandona, se destruye, se erosiona, beneficia a los pocos y en muchas ocasiones bajo nuestra silenciosa complicidad.

La marcha del 21 se llevó a cabo en un contexto en el que: se llega al fin del sexenio y del mal gobierno panista de los últimos doce años; nos encontramos ante el regreso del PRI a la presidencia de la república; la toma de protesta del gobernador priísta del estado de Chiapas Manuel Velasco; en el marco de la simulación de un pacto por México que vuelve a plantear un esquema de gobierno a partir de las élites; en la profundización de una crisis de la izquierda mexicana, sobretodo por su fuerte carga electoral; en la incapacidad de consolidación de una alternativa por parte de los movimientos sociales y en la imposibilidad de generar una articulación amplia para hacer frente a la emergencia nacional; en el contexto de la nueva disputa por las libertades de protesta y manifestación, gravemente asediadas por la llegada del PRI el primero de diciembre.

En el terreno de lo local y a 15 años de la masacre de Acteal, se consolida la guerra en la frontera sur, se ha evidenciado la reactivación y fortalecimiento de grupos paramilitares, ha aumentado el acoso a las comunidades y el desplazamiento forzado de algunas otras, tales como el Nuevo Poblado Comandante Abel. En el mismo tenor el gobierno federal se posiciona frente a la violenta realidad chiapaneca designando a Chauyffet, responsable de la masacre, como parte del nuevo gabinete. Dicha coyuntura no es referida directamente el 21 de diciembre, sin embargo; frente a ésta se deja de manifiesto una postura contundente.

La marcha y el comunicado nos remiten, casi de manera inmediata, a aquella noche que fue día, el primero de enero de 1994. A semejanza de aquel momento, la bandera mexicana y la bandera del EZLN formaron parte de la misma narrativa; el silencio tomó por sorpresa a nuestro mundo; las comunidades se apropiaron de las cabeceras municipales de San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Palenque, Las Margaritas y Altamirano; se interpeló al unísono al gobierno, al sistema, al mundo y al pueblo mexicano. A diferencia de entonces, no hubieron ni armas ni rifles de palo de por medio, la declaratoria de guerra fue pacífica, los que en su momento eran niños ahora son adultos y los que nacieron en la opresión se formaron en la resistencia.

Hablamos de este 21 de diciembre no solo como la demostración del fortalecimiento organizativo de un movimiento, ni como el perfeccionamiento disciplinario de un ejército, que por cierto fue sorprendente. Sino de la consolidación de una comunidad como “comunidad política” de transformación, es decir, de la correspondencia específica entre territorio, cultura, comunidad, identidad y sujeto político; porque el marchar de la nueva generación, al igual que lo hicieron sus padres, para manifestar su existencia con todas las implicaciones que ello conlleva, nos habla de la consolidación de una forma de vida como alternativa, como lucha, pero sobretodo consolidada como herencia: enseñanza y trascendencia.

Ya no hablamos, entonces, de una generación con arraigo solamente a la tierra, a la cultura y a la comunidad; sino, con raíces en la comunidad política, el fortalecimiento del arraigo a la rebeldía, al EZLN y al mismo tiempo a los otros mundos posibles.

Es por ello que la manifestación de su existencia -con pocas o ninguna palabra- lleva como correlato el acto más grande de confrontación y subversión de lo instituido; donde el mundo de la autonomía arrastra sus fronteras hasta el nuestro, tejiendo brecha para dimensionar nuestras formas destructivas de existir y otras formas constructivas de seguir existiendo.

Inclusive revisten de sentido a la cultura maya y al 13 Baktún, porque de la misma manera que desmontan la interpretación judeo-cristiana occidental del cambio o fin del mundo que proviene desde una exterioridad incontrolable, trascendental; ya sea profética, apocalíptica o mesiánica. Nos dicen que, tanto la destrucción del mundo, como su transformación, depende no de una determinación extramundana, sino de todo lo contrario: de nuestras manos, de nuestro caminar cotidiano, de la apertura de nuestros oídos sordos, de los mayas del presente y del trabajo que, independientemente de su realidad o trinchera, construye más allá de la vida inmediata, que forma herencia y que responde a las demandas de las condiciones históricas en las que vivimos, es decir, en la dimensión de la disputa del mundo que cae, el mundo construido para destruirse en beneficio de unos cuantos y el mundo que se construye.

Si algo nos han enseñado los movimientos y pueblos de nuestro país que luchan, también y con especial atención, en el terreno de lo simbólico, como el EZLN y ahora el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad; es que el silencio no solo es la interrupción de la palabra, sino la espera activa por volver a enunciarla y escucharla nacer.

En el ciclo por venir de la necesaria irrupción de mundos sobre mundos.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, 28 de diciembre de 2012.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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