31
may
09

Desarrollo del capitalismo y clases sociales en México

Job Hernández Rodríguez

 

I

 

El desarrollo del capitalismo en México tiene en 1976 un punto de inflexión relevante, en consonancia con la economía mundial. Ese año emerge de forma franca la crisis del antiguo patrón de reproducción de capital y de la formación estatal surgida de la revolución mexicana. Los sueños criollos de la industrialización autónoma y de la conciliación entre las clases se derrumban: hacen agua el proyecto de sustitución de importaciones y la peregrina idea de un estado situado por encima de las clases sociales, dos perlas ideológicas en que se sustentaba la dominación burguesa en México. Estos dos procesos se reflejan en un par de indicadores estratégicos: a partir de 1976 el ritmo de crecimiento de la economía será notablemente lento y los salarios comenzarán su larga trayectoria de deterioro que llega hasta nuestros días. Se abría una nueva época, marcada por la tendencia al estancamiento económico, la recurrencia de la crisis y la larga duración de la recomposición capitalista.

En el fondo de la crisis estructural se hallaba la caída notable de la rentabilidad iniciada en 1973. La tasa de ganancia reflejaba problemas graves para la valorización del capital. Era necesario destrabar la máquina generadora de plusvalor. Entre 1976 y 1982 la clase dominante elude el problema apoyándose en el endeudamiento externo y las exportaciones petroleras, pero finalmente tiene que afrontar el conjunto de medidas, harto conocidas, que desgajarán el bloque en el poder, desgastarán la alianza corporativa con las clases subalternas y dificultarán las funciones hegemónicas del estado. Se consolidan las posiciones neoliberales al interior del partido de estado, se comienza a diseñar una nueva forma de dominación partidocrática, se inicia la ofensiva general contra la clase trabajadora y el campesinado codificada en el programa neoliberal de «ajuste estructural».

Los primeros resultados de la recomposición capitalista ocurren en la cúspide de la pirámide social con el acelerado proceso de concentración y centralización del capital derivado de las privatizaciones. Pero el proceso termina por modificar la totalidad del cuadro de las clases sociales en México. Comprender los cambios que se han operado en todas las clases sociales para determinar con precisión las relaciones amigo/enemigo y ubicar las fuerzas motrices de la revolución nos dará elementos esenciales, imprescindibles, para entender y transformar la situación que vivimos.

Comenzaremos con la clase que vive del trabajo o proletariado en su sentido ampliado, es decir, el contingente social integrado por quienes «puesto que no poseen medios de producción propios, dependen de su fuerza de trabajo para vivir». Incluimos aquí a quienes poseen medios de producción pero en cantidades insuficientes para sobrevivir de manera independiente. Dicho de otra manera, se trata de aquellos que «sólo viven mientras hallan trabajo y que sólo lo hallan mientras incrementan el capital». Este análisis nos servirá para saber a qué aludimos exactamente cuando hablamos de «los de abajo» y cuál es el sentido de las propuestas políticas que tienen en los trabajadores de la ciudad y el campo sus referentes primordiales. De lo que se trata es de la resignificación del proletariado como fuerza social fundamental de la transformación social, lo que implica la delimitación de su peso absoluto y relativo en la formación social mexicana y la descripción de su metamorfosis en la era del neoliberalismo.

Un primer acercamiento para determinar el grosor de esta clase social es el número de trabajadores subordinados y remunerados. De acuerdo con las cifras más recientes de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) serían 28 905 410 mexicanos que representarían el 65.9 por ciento de la Población Ocupada total. De ellos, 26 790 786 son asalariados mientras el resto vive de propinas, comisiones, honorarios, porcentajes o percepciones a destajo. El problema es que no todos los asalariados pueden ser considerados miembros de la clase trabajadora: por ejemplo, aquí se incluyen altos funcionarios del sector público y privado que son miembros de la burguesía y profesionistas que deben ser clasificados como integrantes de la pequeña burguesía. Debemos cruzar las entradas «posición en la ocupación», «grupos de ocupación», «tamaño del establecimiento» y «sector económico» de la ENOE para obtener un segundo acercamiento al grosor de la clase trabajadora mexicana. De acuerdo con nuestros cálculos, el proletariado estaría integrado por 29 182 367 mexicanos que representan el 66.52 por ciento de la Población ocupada total. Figuran allí, entre otros, los siguientes segmentos: proletariado agrícola, proletariado industrial, proletariado del transporte, proletariado de «cuello blanco» (del sector comercial y de servicios) y vendedores ambulantes. Destaca la gran participación de los 10 225 642 trabajadores industriales que constituyen el 23.37 por ciento de la población ocupada total y el 35.14 por ciento del proletariado total.

Si analizamos la evolución histórica del proletariado mexicano a través de estos dos acercamientos a su grosor podemos hacer las siguientes afirmaciones: 1) El desarrollo del capitalismo visto desde el asunto de las clases sociales tiene como rasgo distintivo la formación de una amplia fuerza de trabajo asalariada y de un robusto contingente de obreros industriales: esto sucede en México entre la década de los treinta y la de los setenta cuando al amparo del «régimen de la revolución» el país se urbaniza, se proletariza y se industrializa. 2) Concomitantemente, ocurre una destrucción progresiva de la economía mercantil simple, básicamente campesina y de la pequeña propiedad urbana, lo que se refleja en una caída en la participación de los trabajadores por cuenta propia y de los no remunerados dentro del total de la población ocupada. 3) Este proceso de salarización, proletarización e industrialización no se detiene en la era del neoliberalismo: la proporción de asalariados, de proletarios y de obreros industriales dentro de la población ocupada total sigue siendo básicamente la misma antes y después de 1976 y los números absolutos reflejan que la destrucción del mundo campesino y de la pequeña propiedad tienen actualmente ritmos nunca antes vistos. 

La esfera de las relaciones laborales propiamente capitalistas se ha ampliado continuamente. En México no hay ni fin de la sociedad salarial, ni fin del proletariado ni desindustrialización. No son estos los rasgos distintivos de la era neoliberal. La centralidad de la clase trabajadora, incluso de la clase obrera industrial, puede ser defendida actualmente con argumentos sólidos. El problema es que un conjunto de ideologías pretendidamente post-marxistas han contribuido a su invisibilización. Se trata de gran operación de encubrimiento de la fuerza social que constituye la mayoría de la población mexicana. 

 

II

 

Si la última fase del desarrollo del capitalismo en México no ha significado una modificación sustancial del grosor del proletariado y de la clase obrera industrial al interior de la población ocupada total, ¿significa que nada ha cambiado con la clase trabajadora en la era del neoliberalismo? Responder afirmativamente a esta cuestión sería tan equivocado como las posturas que admiten el adiós al proletariado. Una vez que dejamos asentado lo que permanece, pasemos a analizar lo que cambia en la situación de la clase obrera mexicana. Lo que haremos es enunciar algunos rasgos fundamentales de la nueva morfología de la clase.

La ofensiva general contra la clase trabajadora en la era del neoliberalismo ha sido brutal y esto se ha reflejado en la tasa de plusvalía ―«la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital», que dio un salto a inicios de los ochenta y vive un extraordinario incremento a lo largo del neoliberalismo como resultado de la estrategia para recrudecer el poder de clase de la burguesía mediante la llamada reestructuración del mundo laboral. En un documentado estudio de Juan Pablo Mateo Tomé podemos ver que, tras un descenso entre 1970 y 1976, ocurre una recuperación formidable de la tasa de plusvalía en el periodo 1976-1990 cuando crece 119 por ciento; finalmente, transcurre un periodo entre 1990 y 2003 de oscilaciones en torno del nivel de 1990. Como resultado final se tiene que en el lapso 1976-2003 el incremento acumulado asciende a 134 por ciento, con aumentos notables en los años 1983, 1984, 1987, 1995 y 1996.

Pero las modificaciones en la tasa de explotación no sólo son cuantitativas, sino también cualitativas. Si el incremento en la norma de explotación hasta la década de los setenta se asociaba con el desarrollo de la composición orgánica de los capitales, con el predominio de industrias cada vez más complejas y diversificadas, con el crecimiento de la productividad y con incrementos salariales aunque fueran focalizados, en la actualidad el salto increíble de la tasa de plusvalía descansa sobre todo en el descenso del salario real. Esta mutación puede advertirse desde 1976, pero se hace harto evidente en los ochenta y noventa.

En 1976 el salario semanal promedio del sector industrial se incrementa 23.4 por ciento para ya no volverlo a hacer y la tasa de participación de los salarios en el PIB alcanza el 40.3 por ciento. Ambos indicadores logran por entonces su pico histórico. A partir de allí todo es deterioro: el salario mínimo acumula una pérdida de 79.4 por ciento de su poder adquisitivo entre 1976 y 2007, (a precios de 1994) y la participación de los salarios en el PIB alcanza apenas el 29 por ciento en el 2006. Desde 1982 todos los sexenios son de desempeños negativos en la evolución del poder adquisitivo de la clase trabajadora, alcanzándose la cifra récord durante el gobierno de Ernesto Zedillo cuando el salario mínimo pierde 51.1 por ciento de su poder de compra. De acuerdo con un estudio de la Universidad Obrera de México, en la actualidad un salario mínimo alcanza para comprar solamente el 20.2 por ciento de una Canasta Obrera Indispensable integrada por 40 productos. Si somos conservadores en nuestros cálculos y fijamos en tres los salarios mínimos necesarios para comprar una canasta básica, el 64 por ciento de la población ocupada recibe ingresos insuficientes para acceder al mínimo de consumo, que es un nivel prácticamente de reproducción biológica de la clase.

En las condiciones laborales la cosa no camina mejor. En la era del neoliberalismo las categorías de trabajadores predominantes son las asociadas al trabajo precario. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, actualmente 35.2 por ciento de la población ocupada tiene jornadas irregulares, menores de 15 horas (6.6 por ciento) o mayores de 48 horas (28.6 por ciento) y alrededor de 64 por ciento no posee acceso a las instituciones de salud. El 47 por ciento de los trabajadores subordinados y remunerados no tiene un contrato escrito y de los que sí poseen uno, en el 90 por ciento de los casos se trata de un contrato de protección. Además, 83 por ciento de los trabajadores subordinados y remunerados no está sindicalizado. Finalmente, 48.5 por ciento de la población ocupada labora en micro establecimientos, es decir, en lugares donde predominan las formas más drásticas de explotación, la dirección autocrática, la poca capacitación y la alta inestabilidad y rotación en el empleo. Por otra parte, si observamos los flujos de entrada y salida de la ocupación, construidos recientemente por el INEGI, veremos que la característica principal del llamado mercado de trabajo es la inestabilidad o el carácter efímero de los empleos, lo que se vincula a puestos de trabajo eventuales, sin contrato, faltos de capacitación, de medio tiempo, mal remunerados, desprotegidos, etc.

Analizando la situación de la clase trabajadora en la era del neoliberalismo, podemos obtener las siguientes conclusiones, algunas a manera de hipótesis: 1) El proletariado vive el recrudecimiento violento de la explotación a través de la destrucción del salario, la prolongación de la jornada y la intensificación de los ritmos laborales, antes que mediante el incremento de la productividad. 2) La precarización del trabajo es un hecho general y el rasgo predominante que introduce un factor de fragmentación, pulverización y dispersión de la clase. 3) Por un lado, ambos rasgos acercan la composición de la clase trabajadora a la definición de El Manifiesto y pueden ser la base material para el desarrollo de una política proletaria «clásica» basada en la fuerza y radicalidad de «los que no tienen nada que perder salvo sus cadenas» y tienen la necesidad perentoria de la unificación. 4) Por otra parte, la formación de la clase obrera en cuanto tal se halla escindida de las tendencias de la acumulación capitalista: éstas no favorecen la concentración ni la educación política de los trabajadores, ni siquiera de los obreros industriales también precarizados, informalizados y dispersados. El capitalismo parece haber encontrado una forma de extracción de plusvalor que, al mismo tiempo, dificulta la acción colectiva de sus sepultureros. Una situación a primera vista diferente a la descrita por Marx y Lenin donde la clase obrera industrial como producto típico del desarrollo capitalista cumplía las funciones de unificar a todo el proletariado. 5) Pero por el contrario de las ideologías que toman como naturales, inmutables y deseables las formas actuales de la producción capitalistas elogiando lo fragmentario, lo pequeño y lo disperso, pensamos que la tarea del momento sigue siendo la recomposición de la clase trabajadora: la formación de sus órganos unitarios de clase y la generación de proyectos hegemónicos y de concentración política, independientes de las clases dominantes. Nuestra tarea más urgente es la de sutura: reunir lo que es roto por el desarrollo del capitalismo, buscando los puntos de unión más que las diferencias.


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2 Responses to “Desarrollo del capitalismo y clases sociales en México”


  1. 1 juan ruben abenuz acuña
    19 / agosto / 2009 en 1:04 pm

    muy buen trabajo de alguna forma plasma lo que a sido la clase (de abajo) a travez del tiempo y como lo unico que crece es la economia del cuanño mas nunca la del trabajador

    exelente.

  2. 2 Lorenna
    27 / febrero / 2010 en 12:07 pm

    No entiendo nada de esto


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