El asesinato de las comunicadoras de La Voz que Rompe el silencio: Reportaje de Blanche Petrich
Balas impunes silencian la voz triqui
Tensión tras el asesinato de dos comunicadoras de San Juan Nopala; amenazas oficiales
Blanche Petrich/ I (Enviada)
San Juan Copala, Oaxaca. La radio comunitaria La voz que rompe el silencio, la cual transmitía su señal en idioma triqui desde el municipio autónomo de San Juan Copala hacia una docena de pueblos enclavados entre los cerros colindantes, salió del aire el 7 de abril, poco después de las cinco de la tarde. Adolfo y Bernabé, los dos locutores que estaban a cargo de la austera cabina, al conocer la noticia de que sus compañeras Teresa Bautista y Felícitas Martínez habían sido asesinadas en una emboscada, apagaron los micrófonos y el transmisor. Enmudecieron.
Desde entonces ni ellos ni su radio –un proyecto de comunicación que apenas tenía tres meses de vida y al que definen como “un ala de nuestra experiencia autonómica”– no han recuperado el habla. El jueves pasado, frente a una docena de periodistas y dos visitadores de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) que atravesaron el nudo montañoso de la sierra mixteca para bajar a la hondonada de Copala, Adolfo trata de decir algo. Pese a sus esfuerzos la voz se le atora en la garganta. Debe-rían haber estado a su lado, para hablar con la prensa, los padres de Tere y Feli, pero no acudieron. “Gente del gobierno de Ulises Ruiz los contactó para amenazarlos. Les dijeron que si hablaban corrían peligro; si callaban, recibirían recursos”, denuncia Jorge Albino, de la comisión de comunicación del municipio autónomo. Era el miedo que rompe la voz.
Hasta que aparece, inesperada, la pequeña figura de Gregoria Agustina, con las trenzas blancas deshechas. Pasa al frente del palacio municipal, rodeada de decenas de mujeres como ella, silenciosas. Amorosamente desdobla y extiende un vestido rojo, el típico traje triqui, bordado en telar. Cinco rasgaduras en la parte media trasera del tejido –los cinco orificios de las balas que mataron a su nieta Felícitas– dicen más que las palabras. Ni siquiera hay rastros de sangre. La abuelita, que se hizo cargo de Feli y su hermana Laura a la muerte de su madre, hace tres años, lo lavó hasta borrar la última mancha. ¿Cómo iba a dejar que el vestido que llevaba Feli el día de su muerte quedara sucio? Fue el silencio de Gregoria el que rompió el miedo.
Los visitadores de la CNDH tuvieron que tomar nota del reclamo de Jorge Albino, coordinador de la radio comunitaria del municipio autónomo: “No queremos que aquí le echen tierra a la muerte de nuestras compañeras como le hicieron en la Zongolica”, la sierra nahua de Veracruz, donde la versión del gobierno federal y del presidente de la CNDH, José Luis Soberanes, de la “muerte por gastritis” de la anciana Ernestina Ascensión se impuso mediante esa pinza de amenazas y ayudas económicas que terminó por silenciar la denuncia de su familia, en el pueblo de Soledad Atzompa.
El gobierno autónomo solicita que la Procuraduría General de la República, a través de la fiscalía para delitos contra periodistas, atraiga el caso, porque no confían en la justicia estatal.
En Oaxaca, el procurador general de Justicia, Evencio Nicolás Martínez Rodríguez, dio la clave de hacia dónde se dirige la averiguación al declarar que el atentado “no era contra las locutoras, sino contra Francisco Vázquez”, empleado del Registro Civil que conducía el vehículo en el que viajaban. Él, su esposa Cristina y Jaciel, uno de sus pequeños hijos, siguen internados en un hospital de Oaxaca, pero hasta ahora no han sido interrogados.
Acusaciones y venganzas sin fin
Desde finales de los años 90 el movimiento social de los triquis vive enfrentado y atrapado en una cadena incesante de hechos violentos, acusaciones mutuas, venganzas sin fin. La temprana muerte de Felícitas y Teresa, activas en el proceso autonómico, tiene su contraparte de dolor.
El 5 de julio del año pasado dos jóvenes, Virginia y Daniela Ortiz, hermanas de 20 y 14 años, originarias del pueblo El Rastrojo, fueron secuestradas. Son hijas de un dirigente del MULT. Desde entonces están desaparecidas. En este caso también es muy poco lo que la procuraduría estatal ha hecho para ubicarlas, pese al peregrinar de su madre y sus primas, que no han dejado de tocar puertas reclamando la aparición de las muchachas.
La familia de las dos hermanas acusa al MULT-I de la desaparición. Cada organización carga, así, con sus agravios. Cada una acusa a la contraria de ser “priísta y paramilitar”. Las dos fuerzas se dicen de izquierda. Las dos participan en la otra campaña del zapatismo, que en su último encuentro de pueblos indios en Vícam, Sonora, intentó sin lograrlo reconciliar a los hermanos enemistados.
En esta ocasión, el MULT protestó por la atención que la prensa y los organismos de derechos humanos han prestado al asesinato de las locutoras. Se trata, dijo en un comunicado, de “una campaña de desprestigio y linchamiento político contra el MULT-UP, con el fin de preparar las condiciones de represión policiaca militar en la región”, orquestada “desde el poder y ejecutada por las balas asesinas de un grupo de priístas denominado UBISORT-MULTI”.
Son 500 kilómetros cuadrados de territorio triqui que suben y bajan de los cerros áridos y espinudos, una isla cultural en el corazón de la Mixteca oaxaqueña. Son 36 barrios, nueve agencias municipales y una sola presidencia municipal en Copala, en la Trique Baja, más fértil, con las mejores tierras y, por tanto, con mayores conflictos. Pero Copala, por su autonomía, no recibe ningún recurso del estado, sobre todo porque el MULT, su archienemigo, participa en el cabildo de Juxtlahuaca, donde se deciden las partidas presupuestarias.
Catorce comunidades se alinean con el MULT-UP y 18 con los autónomos. Los cementerios de cada pueblo reciben, de tanto en tanto, los cuerpos de nuevas víctimas, de uno y otro bando, caídas en las temibles emboscadas que perpetran pistoleros a sueldo, con cuernos de chivo. El MULT original, que nació en 1981 después de un largo proceso de resistencia y organización contra los caciques, pagó, en su momento, una muy alta cuota de sangre.
Francisco López Bárcenas, abogado mixteco y autor de numerosas investigaciones sobre el proceso de resistencia de esa región, recuerda que la última gran marcha del movimiento triqui, antes de la ruptura, fue en 1987. Al año siguiente, con el gobierno estatal de Heladio Ramírez, llegaron grandes sumas de dinero a despertar el apetito de sus dirigentes. A finales de la década se registra una violencia inédita en los pueblos y sus veredas, sobre todo violaciones tumultuarias contra mujeres.
El ala oficialista decide, en 2000, formar un partido político, Partido de Unidad Popular (PUP). Los enconos empiezan a provocar choques violentos. En 2005 son asesinados dos muchachos que trabajaban –como miles de jóvenes triquis y mixtecos– en Estados Unidos y que habían llegado a celebrar las fiestas patronales. Eran los hijos de los dirigentes Timoteo Alejandro Ramírez y de José Albino, que acusaron a la corriente del PUP de encubrir a los pistoleros. En marzo de 2006 se hace pública la ruptura.
El camposanto de San Juan queda en la ladera de un cerro con pinos, pasando el río. Las tumbas de las señoritas Teresa y Felícitas aún tienen frescas las flores. En una hay, todavía, plumas y rastros de sangre de una gallina sacrificada. Unos dicen que es una costumbre local, para que el mal no se lleve el alma de la difunta. Otros murmuran, por lo bajo, que los restos del sacrificio denotan la promesa de una venganza.
http://www.jornada.unam.mx/2008/04/21/index.php?section=politica&article=048n1pol
Cumplir el derecho indígena a la comunicación, meta de La voz que rompe el silencio
Como a las triquis ultimadas, amenazan a periodistas comunitarios de otras latitudes
Blanche Petrich /II y última (Enviada)
San Juan Copala, Oax. El idioma triqui nunca había sonado en las ondas radiales, de cerro en cerro, cubriendo a decenas de pueblos, hasta que se fundó La voz que rompe el silencio, transmitida en la frecuencia 94.9 FM. Las locutoras Teresa Bautista y Felícitas Martínez habían formado un grupo de 60 muchachos del occidente de Oaxaca –mixes, mixtecos, triquis– que se incorporaron al programa del Centro de Apoyo Comunitario Trabajando Unidos (Cactus) para la creación de radios comunitarias. A lo largo de 2007 se capacitaron, desarrollaron redes y contactos para adquirir sencillos transmisores y consolas, e instalar sus cabinas.
Pretendían cumplir de ese modo con el derecho de los pueblos indios a la comunicación, uno de los acuerdos de San Andrés Larráinzar (1995) que caminan por propio pie desde hace años en varios territorios indígenas a pesar del incumplimiento del gobierno. “Es –explica Beatriz Cariño, promotora del proyecto de radios comunitarias de Cactus– una forma de continuar, con otra estrategia, la lucha interrumpida que se desarrolló en 2006 en el estado, en el seno de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO)”.
Ella recuerda que durante los meses de las barricadas en la capital del estado, la zona mixteco-triqui solía aportar decenas de miles a las megamarchas. “Formábamos caravanas de 400, 450 camiones. Cuando se hacían caminatas la carretera se veía toda roja por los vestidos de las compañeras”.
Con el repliegue del movimiento, mixtecos y triquis pusieron en la balanza los errores y aciertos. Reconocieron que las radios tomadas fueron clave para la vitalidad de la APPO y decidieron construirlas a escala regional.
El primero de enero de este año, los del municipio autónomo de San Juan Copala estrenaron su radio, al tiempo que celebraban el primer aniversario del ayuntamiento. Para entonces ya estaban al aire, entre otras, La voz del monte, La voz de las nubes, Ecos de la montaña, Radio Ayuuk, Radio Huabe, Radio Stereo Lluvia, Radio Arcoiris y varias más que incluso hacían enlaces los días de las fiestas patronales, desde las sierras mixteca y triqui hasta el istmo, la costa y el sur de Veracruz.
Las pioneras
Detrás del micrófono, Teresa y Felícitas fueron las pioneras. De la inseguridad pasaron en pocos días a conducir, con profesionalismo, programas de rescate cultural; talleres de música tradicional y del vestuario triqui, noticiarios con información de las comunidades y mesas redondas sobre salud, educación, derechos de la mujer y autonomía.
Fueron tiempos de perderle miedo al micrófono, de crecer, de descubrir que el mundo es mucho más vasto que los secos paisajes de los caminos que llevan a Huajuapan. Más ancho que la mismísima Oaxaca. Las dos muchachas salían comisionadas a los talleres que se hacían en Texuatlán de Segura y Luna, en Guadalupe Chicahuaxtla, Niumi, San Sebastián del Monte. Incluso Teresa le llegó a comentar un día a Beatriz Cariño. “Esto no está fácil. Son muchas las cosas que no entendemos. Por ejemplo, coyuntura, qué palabra tan rara”. Y Felícitas se reía. “Ahora nadie se va a querer casar con nosotras. Dicen que sabemos mucho”.
Jorge Albino, coordinador de comunicación del municipio autónomo, recuerda: “El periodismo lo llevaban en la sangre”. Lo subraya porque desde la radioemisora comercial La sensacional, que transmite en el 1020 del dial desde Huajuapan de León, y cubre buena parte de las sierras Mixteca y Triqui, se califica a las radios comunitarias de “piratas”. Por tanto, sus locutores, que tienen obligadamente que comentar el asesinato de las comunicadoras Felícitas Martínez y Teresa Bautista, dicen que las triquis no merecen ser consideradas ni periodistas ni locutoras, sino “piratas”.
Por eso han pedido que la Procuraduría General de la República intervenga por conducto de la fiscalía de atención a delitos contra periodistas.
Asimismo, invitaron a San Juan Copala a los visitadores de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos Arturo Pech y Sandra Salinas, del programa de agravios contra periodistas.
Albino recuerda también que, al principio, La voz que rompe el silencio tuvo un teléfono en la cabina para que los radioescuchas pudieran llamar desde sus comunidades y comentar en vivo en los programas. Pero junto con ellos empezaron a comunicarse los enemigos de la autonomía y la radio empezó a recibir más amenazas que llamadas amistosas. Amenazas de muerte.
“Parece que fuera delito comunicar”
Amenazas que experimentan también comunicadores de otras latitudes. Lucía Antonio, locutora de Radio Ayuuk, que transmite des- de Guichicovi, la zona de la Mixe Baja, expresa: “Parece que fuera delito comunicar. Lo que las compañeras estaban haciendo, y nosotros, en nuestra región, es un esfuerzo digno por fortalecer a nuestras comunidades a través de la comunicación popular, resistir el despojo y la imposición. Pero parece que hay intereses que se sienten intocables y que les estorbamos. Por eso, desde que tenemos nuestras radios, sabemos que hay patrullas militares que monitorean nuestros pasos, que intervienen nuestros teléfonos y correos”.
Lucía habla en nombre de la Red de Radios del Sureste, Istmo y Sur de Veracruz. Ha hecho un viaje largo por las carreteras de Oaxaca, las mismas donde ocurren, de vez en cuando, emboscadas como la de Llano Maguey, donde cayeron las locutoras triquis. “A veces no sabemos ya ni cómo defendernos. Pero no nos queda más que llamar para que cada vez seamos más mujeres las que tomamos el micrófono y cada día, al empezar a transmitir, sólo decir: ‘buenos días’, y ahí les vamos. Ahora sabemos que también nos pueden matar”.
http://www.jornada.unam.mx/2008/04/22/index.php?section=politica&article=018n1pol