Jaime Avilés y la ética de la irresponsabilidad

Babel

Javier Hernández Alpízar

Cuando en una argumentación lógica se aceptan las premisas y se niega una conclusión que se sigue lógicamente se incurre en una contradicción, en una incongruencia. Pero cuando las premisas y conclusiones de la argumentación tienen una implicación ética, en lo que se incurre en un intento (fracasado) de negar la responsabilidad. Se incurre en una irresponsabilidad en el sentido de no querer hacerse responsable de lo que sin remedio se es responsable. De la responsabilidad no se zafa el negador, pero el intento lo hace.
Esa clase de malabarismos ilógicos y antiéticos tendrán que hacer cada vez más los cómplices de la política antizapatista en la que el PRD y AMLO vienen incurriendo desde hace varios años.
Para muestra, un botón: Jaime Avilés, el autor de la columna “Desfiladero”, de La Jornada (“Chiapas: elecciones, marines y rebeldías”, del 6 de octubre de 2007), quien, ante pruebas irrefutables de la complicidad del PRD con el paramilitarismo en Chiapas, no puede negar la información vertida por Luis Hernández Navarro en su artículo “Chiapas: el partido de los paramilitares”.
En su columna (La Jornada, 2 de octubre de 2007), Hernández Navarro da los nombres de paramilitares y represores, cuyas víctimas hace años fueron incluso perredistas de base, quienes en las elecciones de ayer domingo fueron candidatos del partido negro-amarillo.
Rafael Ceballos Cancino, quien formó, financió, protegió y fue investigado por ello por la PGR, el grupo paramilitar Los Chinchulines, mencionado por Hernández Navarro como autor de más de 50 asesinatos, entre ellos perredistas de base, y actual coordinador del programa Convenio de Confianza Agropecuaria del gobernador priista- perredista Juan Sabines Guerrero. Rafael Ceballos es el quinto lugar en la lista plurinominal del PRD.
Además, José Uriel Estrada Martínez, candidato perredista a la presidencia de Simojovel, considerado (por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos) responsable de la detención ilegal, tortura y ejecución extrajudicial del campesino Reyes Penagos Martínez.
Otro candidato es Mariano Rosales, aspirante a la alcaldía de Villaflores por el PRD, quien, siendo titular de la dirección de protección ciudadana y vialidad municipal de San Cristóbal, amenazó de muerte a la periodista Concepción Villafuerte.
Hernández Navarro no se niega a concluir lo que las evidencias señalan sobre el PRD en Chiapas y escribe: “En sus listas abundan responsables de reprimir a organizaciones populares, torturadores y políticos que han amenazado de muerte a periodistas.”
Por ello, con firmeza, concluye su artículo diciendo: “El PRD pactó un matrimonio de conveniencia con Juan Sabines. Acogió como su familia a la escoria de la clase política local, a paramilitares, torturadores y caciques. (…) Para vergüenza de sus muertos y de los luchadores honestos que militan en sus filas, en el estado el PRD es partido de los paramilitares, torturadores y caciques. Punto.”
Jaime Avilés reconoce en su columna Desfiladero, desde las cabezas, que “tres paramilitares” son “candidatos del PRD”. Ante la irrefutabilidad de la información vertida por Hernández Navarro no tiene más remedio.
Además “agrega el nombre de José Pérez Conde, candidato del PRD por un distrito de los Altos (que abarca partes de los municipios de Chamula, Zinacantán, Chenalhó y Pantelhó), responsable de las continuas agresiones de los indígenas perredistas contra los indígenas zapatistas de Zinacantán”. Avilés cita como fuente a Hermann Bellinghausen.
Pero se niega a asumir la conclusión que Hernández Navarro sí acepta: que en Chiapas el PRD es el partido de los paramilitares, o al menos uno de los tres partidos de los paramilitares.
Jaime Avilés escribe: “No me interesa en absoluto defender al PRD, pero la paramilitarización es un proyecto del Estado mexicano, apoyado por la cúpula del Ejército y financiado por la presidencia de la república (y muy pronto también por el gobierno de Estados Unidos…)” De lo cual concluye: “sin atenuar la gravedad de los hechos, resulta exagerado afirmar que en Chiapas el PRD es el partido de los paramilitares”. No atenúa la gravedad ni la exagera, sino todo lo contrario.
Luego reconoce otro hecho innegable: “Jaime Sabines llegó al poder con el apoyo de López Obrador y de los tres partidos que integran el Frente Amplio Progresista (PRD- PT- Convergencia) pero también y, sobre todo, con los votos corporativos del ex gobernador priista Roberto Albores Guillén”. Y como si eso le quitara un gramo de responsabilidad a López Obrador, señala que hoy Sabines se acerca Calderón.
Señala, la columna Desfiladero, que el anterior gobernador de Chiapas “el priista- panista- perredista Pablo Salazar Mendiguchía” aplicó la política de la Cocacola en la entidad, siguiendo a Fox. E inmediatamente de la acumulación de hechos comprobables públicamente: La complicidad del PRD con Salazar Mendiguchía a quien hizo gobernador en alianza con el PAN; y de AMLO y el PRD con Sabines Guerrero, a quien hicieron gobernador en alianza con el PRI. Y de los paramilitares que ahora cobija el PRD en Chiapas. Después Jaime Avilés desliza una calumnia: que Salazar Mendiguchía gobernó “con la anuencia del EZLN”. Nunca, por ningún lado, da una prueba de su aserto, simplemente lo dice, como si por decirlo él no tuviera que pedirse prueba de ello.
Finaliza con una evaluación de “la línea de Marcos” después de 2001. ¿Piensa que los demás zapatistas sólo son un decorado folklórico, que nadie piensa en el EZLN sino Marcos? ¿Y las duras críticas de los comandantes zapatistas y las Juntas de Buen Gobierno al PRI, el PAN y el PRD? Jaime Avilés cree que son un montón de muñequitos que siguen acríticamente a Marcos. Y sigue con el manido reproche de que Marcos “apoyó a Calderón contra AMLO” y según Jaime Avilés “se volvió comparsa del fraude”.
La Jornada en todo caso sería más responsable de ello, porque cada vez que Marcos criticaba a AMLO lo destacaba en primera y hacía un escándalo, pero las no menos duras críticas de Marcos, del EZLN y de la Otra Campaña al PAN y al PRI, siempre salen perdidas en interiores. Recordemos solamente en la Otra Campaña, cuando eran anfitriones los indígenas de Xi Nich, en Chiapas, Marcos dijo que los indígenas debían mandar al carajo al PRI, partido que se ha hecho poderoso matando indígenas. Estas declaraciones jamás las destacó La Jornada. ¿Quién protegió al PRI? Quien minimizó la declaración.
“La línea de Marcos”, según el autor de Desfiladero, inicia en 2001, “tras el fracaso de la Marcha del Color de la Tierra”, y desde entonces Marcos “bajó el telón para que dejáramos de ver a las comunidades indígenas en rebeldía”.
Lo que hace el columnista es inventar hechos y no aportar ni indicios que los hagan siquiera verosímiles. Calla que lo que el llama el “fracaso de la Marcha del Color de la Tierra” es la no aprobación de los Acuerdos de San Andrés con la complicidad de los tres poderes de gobierno y entre ellos, los legisladores del PRI, el PAN y el PRD. Calla que esa traición a los acuerdos de San Andrés significó matar el proceso de diálogo. Calla el hecho de que algunos de quienes hicieron fracasar el proceso de diálogo son hoy parte del grupo cercano a AMLO: Arturo Núñez, actual senador por el PRD, y Gustavo Iruegas, del gabinete “legítimo” de AMLO.
Hay preguntas que Jaime Avilés no se hace: ¿Por qué López Obrador dejó el plantón antifraude en el DF para ir a pedir el voto por Juan Sabines? Hay dos explicaciones posibles. Una es que AMLO no sabía qué clase de fichita era su candidato en Chiapas. Lo cual deja muy mal parado a AMLO, ¿cómo va a pedir el voto por gente que no sabe quién es? Y en todo caso, sería responsable de su ignorancia. ¿Quién puede confiar en un “líder moral” que apoya a desconocidos, sólo porque llevan el sellito del PRD?
La otra opción es que AMLO sí sabía quiénes son Juan Sabines y los priistas a quienes él fue apoyar directamente a sus mítines de campaña, y entonces López Obrador es responsable de lo que está pasando hoy en Chiapas.
El mal argumento de Jaime Avilés es que la paramilitarización de Chiapas y contra los zapatistas es una línea del gobierno federal. La pregunta entonces es: ¿qué hacen López Obrador y el PRD solidarizándose y haciéndose cómplices de esa política antizapatista del gobierno federal? ¿No se dicen enemigos jurados del PRIAN, por qué entonces en Chiapas son sus aliados?
La toma de posición del PRD y también de AMLO en contra del EZLN se prueba con muchos hechos públicos: Su complicidad en la traición a los acuerdos de San Andrés; su apoyo a connotados paramilitares en Chiapas; su apoyo a la oligarquía chiapaneca antiindígena y antizapatista, representada y hoy encabezada por el candidato de AMLO y el PRD Juan Sabines. Esos son hechos, públicamente corroborables, no conjeturas ni insinuaciones maliciosas.
Y esos hechos explican el alejamiento de los zapatistas del PRD y de AMLO, hasta ahora perredista (aunque el subtexto de Jaime Avilés apunta a una ruptura de AMLO con el PRD, ¿para fundar un nuevo partido?), alejamiento que data desde 2001, cuando legisladores perredistas votaron contra los acuerdos de San Andrés. Y ya que Jaime Avilés recuerda a los paramilitares perredistas de Zinacantán, no está de más fechar la agresión a balazos contra una marcha zapatista desarmada y pacífica que llevaba agua a indígenas zapatistas a quienes el presidente municipal perredista de Zinacantán le había cortado el suministro: fue en 2004, hace tres años.
Lo que no se pregunta Jaime Avilés, como sí lo han hecho las perredistas Adriana Parra Luna, Carlota Botey y Alicia Torres es: “¿Por qué entonces se espera que el EZLN apoye las campañas de quienes los agreden?” (Carta publicada en el Correo Ilustrado el 3 de octubre de 2007)
Dos de las razones que los zapatistas (no sólo Marcos) adujeron para no apoyar a AMLO y el PRD fue su traición a los Acuerdos de San Andrés y sus paramilitares perredistas y en las redes de AMLO en Chiapas. AMLO y el PRD callaron, hasta ahora que el tema resurgió con la actual ofensiva coordinada del gobierno federal panista, el gobierno estatal perredista y autoridades municipales priistas y perredistas, con paramilitares del PRI, el PRD y el PFCRN.
Alguna vez Jaime Avilés le contestó a un lector crítico que su permanencia en el movimiento por el bien de AMLO dependía de que no fuera candidata la derechista Ana Rosa Payán. Hoy suma a esa precandidatura una que desconocíamos, fue precandidato perredista Carlos Hank Rhon.
Hubo quienes le contestaron a Jaime Avilés que ya antes de Ana Rosa Payán, AMLO se habían ligado a gente de la derecha más recalcitrante: Rudolph Giulianni, represor de la policía de Nueva York importado para diseñar la política represiva del gobierno del DF, hoy representada por otro candidato de AMLO: Marcelo Ebrard, junto con su asesor Pedro Aspe Armella, figuras recicladas del salinismo.
Pero a Jaime Avilés no le importó. Porque rehúsa hacerse las preguntas y sacar la conclusiones (y la responsabilidad ética y política que conllevan): ¿Por qué AMLO y el PRD hacen alianzas con semejante gente, los hacen sus precandidatos, sus asesores y sus candidatos?
La respuesta la han dado algunos críticos muy bien informados del PRD, como Adolfo Gilly, porque se desdibujó el proyecto de izquierda y entonces el PRD y AMLO hicieron alianzas con quien fuera: expanistas, exfoxistas, exsalinistas, expriistas y en muchos casos con gente que antes reprimió a las bases perredistas. Por eso Adolfo Gilly dijo que por respeto a sus muertos no podía apoyar a AMLO y el PRD. Pero a Jaime Avilés no le importó, y su respuesta ha sido escribir y divulgar calumnias contra el EZLN, de las que no da ninguna prueba. “Calumnia que algo queda”. Jaime Avilés es, en sí mismo, una buena razón para tomar distancia de la pejemanía.

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